viernes, 2 de octubre de 2009

Los almogávares.

Los últimos cruzados de la cristiandad

Los almogávares fueron una aguerrida hueste del ejército aragonés que actuó en el Mediterráneo en tiempos de las Cruzadas. En 1302, respondiendo el llamado de auxilio del emperador Andrónico, acudieron a Oriente para abatir a los turcos en decenas de batallas pero, víctimas de una vil traición, arrasaron los Balcanes fundando, posteriormente, los ducados de Atenas y Neopatria, que pusieron bajo la
soberanía del reino de Aragón

Guerreros españoles partiendo hacia oriente

Lejos de lo que se supone, la octava cruzada que capitaneó el rey San Luis de Francia en 1270 no fue la última.

En 1302, guerreros españoles que combatían en Sicilia para sostener el dominio de don Fadrique II, nieto de Pedro III el Cruel, rey de Aragón, embarcaron rumbo a Bizancio en apoyo de aquel último vestigio del Imperio Romano de Oriente, amenazado por el incontenible avance de las hordas turcas en Anatolia. Esos guerreros, violentos y salvajes, eran conocidos como “almogávares”, habitantes de las montañas de Aragón, extremadamente valerosos y violentos, que habían obrados hazañas impresionantes durante la Reconquista española.

Combatientes invencibles

Se trataba de individuos altos, fornidos y curtidos en la vida al aire libre, enemigos de todo placer y confort y siempre ávidos de entrar en batalla. De ellos se dijo alguna vez que no había guerreros más feroces en toda Europa.

Su punto de encuentro antes de partir a la batalla era el Monasterio de San Juan de la Peña, en los Pirineos hispanos, lugar sagrado desde donde, capitaneados por bravos caudillos montañeses, partían al combate lanzando gritos de guerra y loas al Señor. Se cubrían con pesados yelmos, corazas y pieles de animales salvajes que ellos mismos cazaban, blandían el hacha y la espada como ninguno, dormían a la intemperie y comían carne de venado, hierbas y pan negro.

Al momento de entrar en combate aullaban como lobos y era tal la fuerza con la que arrojaban lanzas y dardos, que atravesaban escudos y armaduras con extrema facilidad.

Su nombre deriva de la expresión “al-mugawar” que en árabe significa “el que realiza correrías”. Y ese fue el tipo de actividad que llevaron a cabo cuando los aragoneses, impulsados por el desarrollo comercial catalán, se lanzaron a la conquista del Mediterráneo.

La llamada de Bizancio

Tras combatir exitosamente en Sicilia, los almogávares embarcaron hacia Constantinopla en 1302, contratados por el emperador Andrónico II Paleólogo que, amenazado por el arrollador avance musulmán, veía peligrar la existencia misma de ese último foco de cristiandad en Oriente.

Entrada de Roger de Flor en Bizancio

Cuatro mil guerreros almogávares (aragoneses, catalanes, valencianos y mallorquíes), embarcaron en 49 naves y al mando de Roger de Flor, antiguo caballero templario, partieron hacia la capital del Imperio Romano de Oriente ávidos de batallas y aventuras.


Roger, nacido en Brindisi, Italia, en 1266, era hijo de un halconero alemán del emperador Federico II (Ricardo Blume, que en lengua germana significa “de Flor”) y de una noble dama de aquella ciudad. En la última Cruzada se había destacado por su arrojo durante la evacuación de los últimos cristianos de San Juan de Acre, Palestina y al ser expulsado de la Orden, acusado de sustraer sus tesoros, se convirtió en mercenario, pasando a servir a diferentes señores.

Ya en tierras de Bizancio, Roger de Flor recibió el título de Megaduque del Imperio y tras expulsar a los genoveses de la antigua capital, cruzó el Bósforo y penetró en Anatolia, para iniciar una campaña tan violenta que, al cabo de unos meses, los mismos musulmanes solicitaron la tregua.

Arrasando Anatolia


En 1303 los almogávares aplastaron a los turcos en la isla de Ceos y regresando a tierra firme, los aniquilaron en Nicea, Artecios, Magnesia, Filadelfia, Efeso y Tirra, arrasando toda la Turquía asiática desde el Bósforo hasta Lidia a través de Bitinia, Ankara e Izmir, deteniéndose para invernar muy cerca de las ocultas ruinas de Troya. Tan tremenda fue su campaña de saqueos, destrucción y matanzas, que los descorazonados turcos, buscando refugio, se vieron obligados a retirarse en masa a las montañas de Taurus desde donde solicitaron la paz. Nunca el Islam había experimentado castigo semejante en su propio terreno.

Firmada la paz y asegurados los territorios orientales, Andrónico mandó llamar a los españoles y premió a Roger ofreciéndole por esposa a su hija María (para algunos autores era su sobrina y para otros su nieta). Pero no todo el mundo se hallaba conforme. Los aragoneses eran un elemento temible y su jefe cobraba cada vez más fama y poder, sobre todo después de entroncarse con la familia imperial.

Infame traición

Movido por el rencor y la envidia, Miguel Paleólogo, hijo y sucesor del emperador, tramó un golpe apoyado por un importante número de cortesanos y por los mismos genoveses, deseosos de recuperar las posesiones perdidas en manos del guerrero.

Siguiendo un siniestro plan trazado por el príncipe heredero, el 5 de abril de 1305 se organizó un banquete en honor de Roger al que se invitó a todos sus oficiales. Y durante el transcurso del mismo, el jefe almogávar y ciento treinta de sus capitanes fueron salvajemente ultimados, lo mismo que muchos de sus soldados apostados en las inmediaciones.

El proceder de los bizantinos fue brutal, pero mucho más lo fue la reacción almogavar.

Los mercenarios ibéricos, enceguecidos por la furia, designaron comandante al catalán Berenguer de Entenza y se lanzaron a una terrorífica campaña de saqueos y destrucción tanto o más sangrienta que la de Anatolia, arrasando e incendiando villas, pueblos y ciudades hasta la misma Constantinopla. Grecia entera tembló y los Balcanes fueron testigos de las más atroces tropelías a las que ni mujeres, niños y ancianos lograron escapar.
En su intento por contenerles, el emperador bizantino llamó a los alanos, bravos germanos que ya habían asolado el imperio en tiempos de las invasiones bárbaras y los lanzó en su contra con el objeto de aniquilarles. Pero los españoles los masacraron degollando y mutilando a sus 9000 efectivos.

Los aragoneses llegaron a ser más temidos que los turcos y fueron necesarios ingentes esfuerzos e incluso la intervención papal, para detenerles y hacerles entrar en razón.

Las últimas campañas

Los almogávares, valerosos cruzados de España, tan vilmente traicionados, se enfrascaron en guerras internas, tanto en Bizancio como en los Balcanes, sirviendo como mercenarios a diversos señores de la región. Finalmente, tras derrotar al duque franco Gauthier de Brienne que los había contratado para combatir a Tesalia pero luego no les pagó las cantidades estipuladas (batalla del río Cefis), conquistaron Atenas y anexaron Neopatria, fundado un ducado que pusieron bajo el dominio de Aragón.

Un poderoso ejército franco fue enviado contra ellos con el objeto de recuperar esas tierras pero acabó aniquilado. Y con la llegada de los navarros a las comarcas de Albania, se reforzó la presencia española y cristiana en una región que, al cabo de unos años y con su desaparición, caería inexorablemente en las garras del Islam, que las mantendría en su poder hasta bien entrado el siglo XIX.

Impulsados por su sangre hispana y su fervor cristiano, los almogávares obraron en Oriente las mismas proezas que en sus tierras de España y en la isla de Sicilia, aterrorizando a sus enemigos y castigando a los traidores con una saña tal que, a partir de sus correrías, famosa se hizo en Europa la frase “Venganza catalana te alcance”. Y lejos de lo que aconteció con los ejércitos franceses, alemanes e ingleses que marcharon a Tierra Santa, jamás conocieron la derrota por parte del infiel. Con esa misma gente, España conquistaría el mundo y llevaría la fe de Nuestro Señor Jesucristo a los más apartados rincones de la Tierra.


Cifras escalofriantes

Las campañas de los almogávares en la península de Anatolia acabaron con la vida de 31.000 turcos, 18.000 de ellos tras el desastre del monte Tauro. Allí un ejército de 40.000 efectivos de infantería y caballería abandonó el campo de batalla dejando a sus espaldas 18.000 muertos y centenares de heridos. Durante su incursión punitiva por la península balcánica, tras el asesinato a traición de Roger de Flor, masacraron a 26.000 griegos y 9000 mercenarios alanos que envió contra ellos el emperador. Si a ello agregamos los 3000 genoveses que perecieron a su llegada a Constantinopla, el ejército del duque Gauthier que derrotaron a orillas del Cefis y el ejército franco que despachó desde Europa el rey de Francia para recuperar sus posesiones, las cifras se tornan espeluznantes.

Los Almogávares tenían por costumbre no hacer prisioneros mayores de diez años.

¿Volverá a oírse si grito de guerra una vez más en España?

3 comentarios:

  1. Claro que sí.
    Yo lo grito muy a menudo

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  2. Una pregunta:
    Alguien tiene datos sobre lo de que el rey Fernado el católico usó a los alogávares licenciados de las guerras granadinas para montar con ellos el embión de los Tercios?

    Gracias

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  3. Yo, por lo menos, no. Es la primera vez que oígo esa historia. Me voy a poner a buscar información.

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