miércoles, 11 de noviembre de 2009

Primer día de imperio.




Sé que lo cuelgo con retraso. Hasta el día de hoy no he podido acceder al texto que, estimado lectores, voy a poner en Tercio Hispano.

Era nuestra Granada.

Isabel y Fernando –Yugo y Flechas– habían cerrado con la cristianización de los minaretes de la ciudad mora, el broche de la reconquista que iniciara Pelayo en Covadonga.

España era nación, apretada en su unidad de destino.

La judería cruza las fronteras, o inclina su perfidia siónica ante la Cruz.

Los nobles comienzan a sentir su auténtica nobleza dentro de la órbita de una patria en la que anochece el feudalismo.

Cisneros canta a España por las tierras de Africa. El Mediterráneo es para nosotros y suena en el viento la gloria del Gran Capitán.

Nuestro destino está trazado y perfilada en la Historia nuestra razón de ser.

Agoniza el siglo XV. La antorcha civilizadora empieza a deslumbrar las conciencias dormidas de hierro y Edad Media, y es precisamente entonces, cuando el visionario Cristóbal Colón, cuenta a la Reina Católica sus sueños de horizontes y lejanías.

El orbe de la cristiandad que más tarde tendrá su centro espiritual en Valladolid con el César Carlos y en El Escorial con el Rey Felipe, siente paroxismo de Imperio, voluntad de expansión y ansia de almas y horizontes para la Justicia y para Dios.

Pero el mar es la frontera que rodea nuestra sed de infinito.

Ya no hay Santo Sepulcro que conquistar en Oriente, se han vencido los símbolos islámicos en el Continente; el Mediterráneo es pequeño para las pupilas de nuestros navegantes y en las tierras de Europa que más tarde cruzarán en triunfo los estandartes del César, no hay empresa universal que cumplir.

España, ecuménica, imperial y romana, sólo tiene abierta una ventana grande a la altura de sus destinos: el azul sin fin del océano, tras el que todas las auroras los sueños de Colón, ven desde los alféizares granadinos, abrirse nuevas rutas de luz para la Historia.

Isabel, guerrera y santa, vende sus joyas de reina pobre y abre con el sacrificio las puertas del más allá para la gran empresa de España.

Hay quehacer en las dársenas de los armadores, recluta de navegantes audaces, hondos suspiros de esperanza brava en los pechos morenos de los Pinzones y un constante bisbiseo que corre por todos los labios de la Península: «Por orden de la Reina se va a buscar un nuevo camino de las Indias.»

El ansia popular se va incorporando a nuestra primer aventura imperial.

España ha comenzado su quehacer y un buen día, nublado de interrogantes en el cielo y de rumores de despedida en la tierra, los baupreses de tres carabelas, que danzan sobre las aguas andaluzas, enfilan azules marineros, hacia las tierras del Imperio que todos presienten en la alegría de las entrañas desde los ventanales góticos de nuestra Rábida que hoy está de luto.

Y allá van, los precursores de Elcano –«Primus circundidiste mihi»– dueños de la esfera sobre la teoría del mar, a crear nuestra gloria que nadie en el planeta podrá igualar ya nunca. España va a descubrir tierras que luego conquistará para la Raza.

Marchan día y noche con el alma despierta; una incertidumbre y una esperanza en cada suspiro. Bajo los cielos inmensos del Atlántico, Flechas y Yugos, junto a la Cruz de la Victoria, abren frente hacia el «Plus Ultra» desde la majestad hinchada de las lonas que no rondan gaviotas.

Sobre el mar y bajo el cielo, les acompaña sólo Dios.

Hasta que al fin, un 12 de Octubre, Este dispone que sea el primer día del Imperio.

Las primeras islas de las costas americanas, se perfilan ante sus ojos, y es un mundo inmenso y único el que Dios ofrece a los héroes de la Reconquista. Para los que alzaron la Cruz por los riscos astures de Covadonga ocho siglos atrás, para los héroes de Las Navas de Tolosa, para los conquistadores de la Alhambra, un premio divino: América.

Hay concierto de fieras y pájaros entre la flora extraña de sus selvas perfumadas. Los aborígenes hincan en tierra la rodilla ofreciendo sus frutas y metales, hay un temblor de advenimiento en toda la increíble geografía, y en medio de este apoteosis triunfal, Colón el visionario clava la cruz entre las flores de canela y toma posesión de aquella tierra virgen en nombre de sus Reyes y para España y Dios.

Fue aquél, el primer día del Imperio.

12 de Octubre de 1492.

* * *

Más tarde, el triunfo rotundo de la Cristiandad. Marcha la Historia y el esfuerzo heroico de la Raza va haciendo brotar aureles frescos en cada rincón del mundo.

En América se habla castellano desde California a la Tierra de Fuego. Las espadas de nuestros capitanes se han encargado de ello. Pizarro, Almagro y Hernán Cortés hablan como en Castilla, y así han de cantar sus glorias los incas y los aztecas.

Viene oro y savia joven del otro lado del mar y también extendemos nuestra influencia por el viejo mundo.

Alba en Flandes, San Francisco Javier en el Japón y en China, Carlos V en Italia, Francia y Africa, y los Jesuítas en el Paraguay, completan después nuestra misión y la luz eterna de España llena el mundo al salir el sol cada mañana.

La Raza ha cumplido su misión y el Cristianismo impera, defendido por el Yugo y las Flechas en todos los meridianos.

Frente a éste, la acción de todas las fuerzas enemigas de nuestra Catolicidad, empieza una lucha sorda desde la cloaca masónica, a la que llegan ensordecedoras, las exigencias de nuestra fe racial.

Pasan los siglos y el Imperio va demoliéndose, a falta de Reyes auténticos, de Césares geniales y de Capitanes cristianos.

Fuerzas extrañas a la raza van ahogando su razón de ser y desviando la senda de su destino, y el Imperio se hunde en lo visible, en lo geográfico y en lo económico.

Pero no importa.

Aires saturados de constituciones, enciclopedismos, teorías roussonianas, mitos liberales, órdenes secretas, cuevas masónicas y traiciones de lesa patria, no han podido hacer mella en el imperio espiritual de la Raza.

España ha sabido esperar a su joven César, y otra vez tras el Yugo y las Flechas de la Conquista, ha iniciado su reconstrucción imperial.

Vuelve América sus ojos a nosotros mientras el Pilar de la Virgen se afirma en Zaragoza ante la bárbara embestida, los cimientos del Kremlin se tambalean, en Moscú como un día los templos de Moctezuma en México.

Los ejércitos de Franco alzan la cruz en Covadonga y en Granada, y desde el otro lado del Atlántico, como entonces, hay rodillas hincadas en la tierra por el triunfo de España. La Raza ha oído otra vez la voz de Dios, y la hispanidad sabedora de su misión histórica está nuevamente en pie tras las banderas de la Cristiandad.

En este II Año Triunfal de España en que se cumple el 445 aniversario del primer día de nuestro Imperio, todos los hispanos extendemos nuestros brazos, a ambos lados del mar, en el saludo que nos impone nuestra unidad de destino, porque la Raza está en peligro, y para salvarla, el joven César y capitán cristiano Francisco Franco, nos llamó a todos en aquel atardecer del 18 de Julio, que fue también el primer día de un nuevo y transcendental ciclo histórico.

El de la reconstrucción de nuestro Imperio, que es el de la Hispanidad y el de Dios.

Vértice. Revista Nacional de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S., Número 5, septiembre-octubre del año 1937, II año triunfal.

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