sábado, 2 de enero de 2010

Formas más eficaces de hacer raza y trabajar por la hispanidad


Perdonadme que reitere la palabra y el concepto de hispanidad, porque todos los valores espirituales de la América latina son originariamente españoles; porque estos valores han sido sostenidos durante tres siglos por la acción política y administrativa de España, y más aún por la acción misionera de España; y porque si los siglos pasados señalan a los pueblos sus caminos, faltaríamos a nuestra misión histórica si no hiciéramos hispanidad.

Cierto que otras naciones europeas han aportado a la América latina, sobre todo en el último siglo, su caudal de sangre, de esfuerzo, de civilización peculiar. Pero todas ellas no han dejado más que un sedimento superficial en la gran masa de la población americana; algo más denso en las modernas ciudades cosmopolitas. Pero las capas profundas de la civilización secular de estas Américas las pusimos nosotros, con la erección de sus más famosas ciudades, que se construyeron al estilo español; con los obispados y misiones, que irradiaron la vida espiritual de la Metrópoli hasta el corazón de las selvas vírgenes; con esos Cabildos o Municipios, a los que se concedieron iguales privilegios que a los de Castilla y León, institución de derecho político que no ha sido igualada en ningún país de Europa; con las Universidades, que lograron tanto lustre como las de Europa y que difundieron aquí la cultura en el mismo nivel que en el mundo viejo; en las encomiendas y reducciones, sobre todo las asombrosas reducciones del Plata, que llevaron a estos pueblos a ser tan felices como pueda haberlo sido pueblo alguno de la tierra, pudiendo parangonarse las instituciones de derecho civil y político de estos países con las conquistas de la moderna democracia, sin los peligros de la atomización de la autoridad. Sobre estos pilares se levantó la civilización americana, que, o dejará de ser lo que es, o debiera seguir por los caminos de la hispanidad.

Lo primero que hay que hacer para que España y América se encuentren y se abracen en el punto vivo que les es común, que [216] es su propia alma, es destruir la leyenda negra de una conquista inhumana y de una dominación cruel de España en América. Lo pide la verdad histórica; lo exigen las últimas investigaciones de la crítica, hecha sobre documentos auténticos del Archivo de Indias por historiadores que tal vez fueron a bucear allí para sacar testimonios contra España; lo reclama la justicia, porque la leyenda negra es un estigma que no sólo deshonra a España, sino que puede perjudicarla en sus intereses vitales –iguales, a lo menos, a los de todo el mundo– sobre estas tierras que descubrió y civilizó y de las que tal vez se la quiera desplazar.

Valen en este punto todos los recursos que no se apoyen en una falsedad o en una injusticia. Las naciones no están obligadas a la ley del Evangelio que nos manda ofrecer la mejilla sana cuando se nos ha herido en la otra. Verdad contra la mentira; la vindicación legítima contra la calumnia villana; el sol entero de nuestra gloria en América para disipar los puntos negros de nuestra gestión.

No hace mucho que en un libro publicado en una nación hermana para promover la más grande obra de civilización, que es la acción misional católica, se nos marcaba a los españoles al fuego con esta afirmación tremenda: «Acaso jamás llevó nadie el nombre de cristiano y de católico más indignamente que los conquistadores de la península Ibérica, que fueron los usurpadores y perseguidores despiadados, hasta exterminarlos, de los pobres indios. La mancha de sus nefandas empresas, no se lavará nunca.» ¿Que no se lavará? ¿Que no la ha lavado toda esta literatura abrumadora de historia, de política, de psicología, con que hombres como Humbolt, Pereyra, André, Bayle y otros cien, han pulverizado las mentiras de los adversarios del hombre español que, al decir de Nuix, coinciden todos en su animadversión contra el catolicismo? Este libro era denunciado por un eximio Prelado español al jesuíta y gran americanista Padre Bayle, y al disparo desafortunado de pobre arcabuz ha respondido el insigne escritor con el libro que acaba de salir de prensas, España en Indias, en que dispone en serie todas las baterías de la verdadera historia logrando no sólo restaurar la vieja justicia, sino que, valiéndome de sus palabras mismas, anula los nuevos ataques con las nuevas defensas.

Vale, contra las negras imputaciones, hasta el recurso del [217] «Más eres tú». Porque no basta descubrir en la historia de nuestra gestión en América el garbanzo negro, hablando en vulgar, de unos hechos que somos los primeros en condenar, sino que hay que atender a la naturaleza de la conquista, en que no pocas veces nos tocó la peor parte; al principio general de no hay guerra sin sangre, como no hay parto sin dolor: al principio más profundo de derecho, sostenido por nuestro gran Vitoria, que es lícito guerrear contra el que se opone al precepto divino de predicar el Evangelio a toda criatura, y, sobre todo, hay que comparar nuestra acción colonizadora con la de otros Estados y de otras razas.

¡Que España llevó a las Américas la violencia y el fanatismo, e Inglaterra exportó acá la libertad! ¡Qué nuestras colonias americanas vivieron entecas y pobres y las inglesas son vigorosas, hasta aventajar a la madre que las dio a luz! La historia tiene sus revueltas, y hay que esperar que diga la última palabra en cuanto al éxito definitivo de las civilizaciones del norte y del sur de América. Cuanto a procedimientos, que es lo que aquí interesa, nos remitimos a la historia de los Pieles Rojas y a la trama de La Cabaña del Tío Tom, al Memorial del P. Vermeersch, que con mejor juicio que nuestro Las Casas denuncia los abusos del Congo Belga, y a lo que nos cuentan las historias de Virginia, California y el Canadá. Y, como trabajo de síntesis, nos remitimos al capitulo XIV de la obra del Padre Bayle, titulado: «El tejado de vidrio.» Todos lo tenemos quebradizo, con la ventaja, por nuestra parte, de que no es nuestro el adagio inglés que dice que «no hay indio bueno sino el indio muerto», y que nosotros encontramos una América idólatra y bárbara y se la entregamos, entre dolores de alumbramiento, a la civilización y a Dios.

Esto, sin acrimonia. Y haciendo en nombre de España y de la verdad un llamamiento a la fraternidad hispanoamericana, pido a los hermanos de América que eliminen sin piedad de la circulación literaria todo lo que denigre sin razón a mi patria; que depuren los textos de historia de sus Centros de enseñanza; que borren de sus himnos nacionales –ya sé que lo ha hecho la República Argentina– todo concepto de tiranía que la vieja Metrópoli ejerciera en estas tierras y que no tiene razón de ser sino en momentos de exaltación patriótica, que ya debieron pasar con el logro de la independencia política. A los españoles, les digo que [218] aprendan de los mismos extranjeros, que están ya de vuelta y han desmentido la fábula de nuestra barbarie. Y a los extranjeros que puedan oírme, que si dan crédito a las exageraciones del Obispo de Chiapa, no repudien los testigos de descargo, ni cierren los ojos a esta luz de civilización que al conjuro de España se levantó y brilla hoy radiante en esta tierra bendita de América. Y, a lo menos, que paguen con la admiración nuestra paciencia, porque ningún país del mundo hubiese consentido, como España, vivir cuatro siglos abrumada por la calumnia.

Destruído el prejuicio de las falsas historias, hay que revalorizar el espíritu netamente español en las Américas.

Lo digo con pena, pero no diré más que lo que está en el fondo de vuestro pensamiento en estos momentos: España está depreciada ante el mundo, y es inútil pedir paso libre a la hispanidad si España no puede llenar honrosamente su misión. El gran Menéndez y Pelayo, que tanto trabajó en la restauración de los valores patrios y que no ha tenido aún sucesor de la envergadura de él, se lamentaba, en el Congreso de Apologética de Vich, en 1911, de que España contemplara estúpidamente la disipación de su patrimonio tradicional. Más que disiparlo, lo que ha hecho España es dejarlo abandonado; que el ser y el valer de una gran nación no se aventa en unos lustros de incomprensión de sus hijos. Dios nos ha deparado coyunturas históricas, hasta en lo que va de siglo XX, en que cualquier nación hubiese podido dar un aletazo por encima del peñascal que cayó sobre Europa y que arruinó al mundo, y las hemos desaprovechado. Más aún: cuando los pueblos europeos empiezan a resurgir de sus ruinas, nosotros hemos cometido la locura de entrar en el mar agitado de una revolución que pudo ser una esperanza, pero que de hecho ha sido la vorágine en que pueden hundirse los valores más sustantivos de nuestra historia: el sentido religioso, el de justicia que sobre él se asienta, la cultura integral, desde la que se ocupa en las altas especulaciones de la filosofía hasta las ciencias aplicadas que dan a los pueblos lustre y provecho; el culto a la autoridad por los de abajo y el sentido de paternidad en los de arriba; la hidalguía, la fidelidad, todo aquello, en fin, que constituyó el patrimonio espiritual de España en los siglos pasados.

Todo esto debemos revalorizarlo, no sólo sacando de los viejos [219] arcones de nuestra historia los altísimos ejemplos que podemos ofrecer al mundo, sino trabajando con inteligente abnegación sobre nuestro espíritu nacional para desentumecerlo y devolverle el uso de su fuerza y de sus aptitudes y virtudes históricas, sin dejar de incorporarnos todo lo legítimo de las corrientes que de afuera nos lleguen. Los tiempos son propicios para ello, a pesar de la dispersión de nuestras energías al salir de la corriente de nuestra Historia, y a pesar de que nuestro esfuerzo mental se prodiga estérilmente en el complicado juego de la vida moderna, en los escarceos de la baja política, en la hoja diaria voraz y en los temas múltiples y triviales que plantea la curiosidad insana del espíritu.

Y son propicios los tiempos porque, como ha notado Maeztu, «el sentido de cultura de los pueblos modernos coincide con la corriente histórica de España; los legajos de Sevilla y de Simancas y las piedras de Santiago, Burgos y Toledo, no son tumbas de una España muerta, sino fuentes de vida; el mundo, que nos había condenado, nos da ahora la razón», y es de creer que España, que se ha deshispanizado en estos dos últimos siglos, volverá a entrar en el viejo solar de sus glorias, después que, nuevo hijo pródigo, ha corrido esas Europas viviendo precariamente de manjares que no se hicieron para ella.

Cuique suum. Europa empieza a hacernos justicia: ayudemos a Europa a hacérnosla. Felipe II ya no es el «Demonio meridiano», sino el Rey Prudente y el político sagaz. El Escorial ya no es una mole inerte, esfuerzo de un arte impotente para inmortalizar un nombre y una fecha, sino que es un monumento en que Herrera aprisionó de nuevo la serenidad y armonía del genio griego. América ya no es el viejo patrimonio de ladrones, aventureros y mataindios, sino una obra de conquista y civilización cual no la hizo ni concibió pueblo alguno de la historia. Así, paulatinamente, se revalorizará el arte, la teología, el derecho, la política, todo lo que constituye el patrimonio de la cultura patria; e injertando en el viejo tronco de nuestras tradiciones lo nuevo que puedan asimilarse, ofreceremos al mundo la España viva y gloriosa de siempre, inaccesible a esta corriente de trivialidad, de extranjerismo, de fatuidad revolucionaria que nos atosiga.

Vosotros, americanos de sangre española, debéis ayudarnos en este trabajo ímprobo. Vuestras son las ejecutorias de la grandeza [220] de España, porque son de vuestra Madre. Las fuerzas de conquista del mundo moderno están, con las de España, alineadas ante esta América para el ataque, llámense monroísmo, estatismo, protestantismo, socialismo o simple mercantilismo fenicio. Escoged entre la madre que os llevó en sus pechos durante siglos o los arrivistas de todo cuño que miran a su provecho. Rubén Darío, apuntando a uno de los ejércitos permanentes que nos asedian, arrancaba a su estro sonoro esta estrofa, colmada de espanto y de esperanza en España:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

Aquí está España, que quiere rehabilitarse ante vosotros y que os pide en nombre de la vieja común historia, que unáis otra vez a ella vuestros destinos.

Libres de los prejuicios de la leyenda negra y rehechos nuestros valores espirituales, unámonos en la obra solidaria de la cultura, entendida la palabra en su sentido más amplio y profundo. Cultura es cultivo: como estamos obligados a cultivar la tierra para que nos dé el sustento de cada día, así tenemos la obligación moral de cultivar la vida humana personal y socialmente, para lograr su máximo rendimiento y esplendor. Los pueblos sin cultura sucumben, porque son absorbidos o anulados en su personalidad histórica por los más cultos. La infiltración de la cultura de un pueblo en otro es el preludio de su conquista moral, especie de anexión de espíritus que importa como una servidumbre, que es desdoro para quien la presta.

Cierto que la cultura es patrimonio circulante, a cuya formación contribuyen y de que participan a su vez todos los pueblos. Pero hay pueblos parásitos que viven de la cultura ajena y pueblos fabricantes y exportadores de su cultura específica. Estos son los que imponen al mundo la ley de su pensamiento, en el orden especulativo, y acaban por imponer las ventajas de sus inventos científicos y los productos de sus fábricas.

No seamos parásitos ni importadores de cultura extranjera. Tenemos alma y genio que no ceden a los de ningún pueblo. Tenemos un fondo de cultura tradicional que el mundo nos envidia. [221] Tenemos una lengua, vehículo de las almas e instrumento de cultura, que dentro de poco será la más hablada de la tierra y en la que se vacían, como en un solo troquel, el pensamiento y el corazón de veinte naciones que aprendieron a hablarla en el regazo de una misma madre. Y, sobre todo, tenemos la misma formación espiritual, porque son idénticos los principios cristianos que informan el concepto y el régimen de la vida.

¿Cómo fomentar esta obra solidaria de cultura? Españolizando en América y americanizando en España. Cuando dos se aman, piensan igual y sus corazones laten al unísono. Amémonos, americanos, y transfundámonos mutuamente nuestro espíritu; nos será más fácil entendernos que con otros, porque tenemos el paso a nivel de una misma tradición y de una misma historia. La depuración de la lengua, el intercambio de libros y periódicos, la voz de España que se oiga en los Círculos y Ateneos de América y la voz de los americanos que resuene en España, para repetirnos nuestras viejas historias y proyectar, acá y allá, las luces nuevas del espíritu. Contacto de maestros y juventudes en Colegios y Universidades, con las debidas reservas para que no se deforme el criterio de nuestra cultura tradicional; coordinación de esfuerzos acá y allá, entre los enamorados del ideal hispanoamericano, para abrir nuevas rutas a nuestra actividad cultural y canalizar las energías hoy desperdigadas. Un gran centro de cultura hispanoamericana en España, en comunicación con otros análogos en las naciones de habla española en América, podría ser el foco que recogiera e irradiara la luz homogénea del pensamiento de aquende los mares.

Y todo ello sin recelos, hermanos de América, sin recelos por nuestra aparente inferioridad; que todavía le queda cerebro y médula al genio español, que iluminó al mundo hace tres siglos; y menos por la autonomía de vuestro pensamiento y de vuestra cultura propia, porque España no aspira al predominio, sino a una convivencia y a una colaboración en que prospere y se abrillante el genio de la raza, que es el mismo para todos.

Si no desdijese de mis hábitos episcopales y de esta cruz pectoral, que recuerda lo espiritual y sobrenatural de mi misión, yo os diría, americanos, sin que nadie pueda recelar de propagandas ajenas a mi oficio: Unámonos hasta para el fomento de [222] nuestros intereses económicos. ¿Por qué no? El hombre no vive de sólo pan, cierto; pero no vive sin pan, y tiene derecho a su conquista, hasta donde pueda convenirle para vivir prósperamente. La decadencia económica va casi siempre acompañada del decaimiento espiritual; la prosperidad colectiva, mientras se conserven en los pueblos las virtudes morales, es estímulo social de progreso.

Ni es ajeno al oficio sacerdotal el de buen patriota que quiere para su pueblo la bendición de Dios de pinguedine terrae. ¿No fueron los misioneros los que trajeron de España acá aperos y semillas y abrieron escuelas de artes y oficios? No había en América más que una espiga de trigo que tenían en su jardín los dominicos de la Española; cuando el Obispo Quevedo se queja a Las Casas de que no hay pan, contesta indignado el celoso misionero: ¿Qué son estos granos del huerto de los frailes? Y en América hubo pan: al mísero cazabe sustituyó el pan candeal, el de los pueblos civilizados; este pan de Melquisedec y del Tabernáculo mosaico y de los altares cristianos en que Dios ha querido fundar el sacrificio, que es la salvación del mundo.

Pan copioso debemos pedirle a Dios y a nuestro mutuo esfuerzo, y con él toda bendición de la tierra.

Hace pocas semanas que la Unión Ibero-Americana circulaba en España una comunicación en que se quejaba de la decadencia del comercio español con las Américas, de la competencia ruinosa de otras naciones, de los errores cometidos por los exportadores nacionales, de lo difícil que será recobrar para España lo que por su culpa se perdió, e invitaba a las entidades del comercio español a una conferencia para el presente otoño. Señores: si cupiese en los ámbitos de mi jurisdicción, yo diría a la Unión Ibero-Americana: os envío mi bendición de Obispo español y quisiera que ella fuese prenda de todas las bendiciones del cielo, para España y para América, en orden a la conquista legítima de los bienes de la tierra. Y ojalá que al conjuro de esta bendición surgieran de nuestros arsenales las escuadras pacíficas de los trasatlánticos y de los zepelines que, en su ir y venir de un mundo a otro, ataran las naciones de la hispanidad con el hilo de oro de la abundancia, y, al par que vaciaran en los puertos de ambos mundos los tesoros de sus entrañas, estrecharan cada día más los lazos espirituales que unen los pueblos de la raza. Qué también en los banquetes, [223] en que se refocilan los cuerpos, se comunican los espíritus y se fundan amistades duraderas.

Yo quería hablaros de las características de esta colaboración de España y América en la obra de la hispanidad: del espíritu de continuidad histórica, porque la historia es la luz que ilumina el porvenir de los pueblos, y si rechazan sus lecciones dejarán de influir en lo futuro, pues, como dice Menéndez y Pelayo, ni un solo pensamiento original son capaces de producir los que han olvidado su historia; de otro espíritu de disciplina, sin el que no se concibe una sociedad bien organizada ni el progreso de un pueblo; porque la disciplina de Reyes, hidalgos y misioneros, cualesquiera que sean las fábulas sobre nuestra colonización, supo imprimir el sello intelectual y moral de sus almas bien formadas; y de este otro espíritu de perseverancia tenaz, sin el que sucumben y fracasan las empresas mejor concebidas y empezadas y que, en una elocuente parrafada, negaba nuestro Costa al genio español.

Pero prefiero hablaros, para terminar, de lo que es todo esto junto, historia, disciplina de cuerpo y alma, perseverancia secular; que es la razón capital de la intervención de España en América y, por lo mismo, la razón de la historia hispanoamericana, y que no podemos repudiar si queremos hacer hispanidad verdadera. Es el catolicismo, confesado y abrazado en todas sus esencias doctrinales y aplicado al hecho de las vidas en todas sus consecuencias de orden moral y práctico.

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