sábado, 19 de septiembre de 2009

Apología de la Hispanidad.

Introducción

Nunca, en funciones de orador, me sentí sobrecogido como en estos momentos. Me encuentro como desplazado, porque todo aquí es para mí nuevo: el sitio, un teatro fastuoso en vez de un templo; un auditorio cultísimo, en que se concentra la flor de una civilización; el tema, que deberá versar sobre la raza, y que sólo de lejos podrá rozarse con las doctrinas del magisterio episcopal, y, sobre todo, el enorme desnivel entre esta asamblea y este orador. Porque yo he venido aquí sin el bagaje de un ideario que pueda llenar las exigencias de vuestro pensamiento, sin esa autoridad que sólo puede dar un nombre especializado en cuestiones de americanismo o consagrado por la elocuencia, y sin lo que en estos momentos se requiere para dar tono a un discurso: una palabra rica para reproducir, como un arpa, los movimientos del espíritu o el relampagueo de una imaginación que no tengo; cálida, para que produzca en los corazones el entusiasmo o la emoción; fuerte, intencionada y dúctil, para fundir en uno vuestro pensamiento y el mío que en todo esto consiste la elocuencia, y ésta, la soberana de las almas, fue siempre más propicia a los jóvenes que a los viejos, para quienes, dice Cicerón, naturaleza ha reservado los dones pacíficos y lentos del buen juicio y del consejo.

Pero no me arredra este cúmulo de factores adversos. Son más y de mayor fuerza los que me alimentan. Es la invitación, llena de fraternal afecto, del señor arzobispo de Buenos Aires, que, interpretando el sentir hispano de este gran pueblo, del que es pastor insigne, llama al primado de España para que interprete el sentido de hispanidad de esta fiesta de la raza y evoque, por unos momentos, nuestra unidad de origen, de historia y de destinos, en la caduca Europa y en esta América, lozana y pujante. En esta lengua, vuestra y mía, que acá injertaron los españoles en los pueblos aborígenes y que dentro de un siglo será el vínculo social de cien millones de seres humanos. Es el alma latina, y especificando más, el alma española, asiento de hidalguía, madre de la claridad espiritual meridiana, que ha llenado ambos mundos con el hábito del amor que funde y con este sentido cristiano que acá y allá forma el subsuelo de la vida. En esta fe de Cristo, que empujó a nuestros mayores a salvar el Atlántico; que arrancó de la idolatría a los viejos pobladores de América; que realizó la visión de Miqueas, porque de ella pudo levantarse, en todo meridiano, la hostia pura y blanca, oblatio munda, desde las bajas Antillas a los Andes, de la tierra de Magallanes a Behring, y desde la que hoy es el Amor de los Amores, vuestro Jesús y mi Jesús, ha dominado inmensas multitudes, fundido el pensamiento en el mismo digma y el corazón en la misma caridad. Es la misma autoridad espiritual, el gran papa Pío XI, que ha querido dar a este congreso eucarístico un sello particular de unidad, enviándole la representación más alta y más identificada con él, el cardenal Pacelli, a quien todos, vosotros y yo, rendimos el homenaje de nuestra admiración, por ser quien es, y de nuestro rendimiento, por lo que representa.

Y en esta unidad múltiple yo no puedo sentirme ni desplazado ni aturdido, porque me encuentro como en mi patria y entre hermanos, y sé que se me oirá, no como se oye con alma escrutadora la disertación fría de un sabio, si yo pudiera serlo, sino como se escucha a un hermano o a un padre que habla con el corazón y los brazos abiertos. En ellos os estrecho a todos, y ello me da, desde este momento, derecho a vuestra benevolencia.

Os la pido y la espero hasta para el mismo tema que voy a exponer. Porque pudiesen no coincidir nuestros pensamientos. Aunque atados, vosotros y yo, por estos vínculos de unidad de que os hablaba, no todos pensamos ni sentimos igual en las cosas que Dios ha dejado a las disputas de los hombres. Españoles, americanos de veinte naciones, hijos de Portugal, Francia o Italia, rendimos culto a unas palabras que són como el denominador común que nos hace vibrar al unísono a todos: cristianismo, progreso, cultura, patriotismo, tradición y otros conceptos que son como el ideal de todo pueblo; y estas cosas que concretan más el sentido de esta fiesta: la hispanidad, la raza, el americanismo...

Pero dejad que formule unas preguntas, ante las que forzosamente se diversificará el sentir de este auditorio: ¿Qué parte tuvo España en el descubrimiento de América? ¿Llevó bien o mal la obra de la conquista y colonización? ¿Sacó España de su obra todo el partido a que tenía derecho? O, por el contrario, ¿fue una codiciosa explotadora de lo que la casualidad, más que su valer, pusiera en sus manos?

Más: las naciones americanas se independizaron de España; ¿qué parte tuvo la madre en la acción de sus hijas? ¿Es que fue madrastra durante siglos, o tirana, o inepta? España, en las historias que han predominado, durante siglos, sobre su actuación en América, desde Las Casas hasta un libro reciente que nos llena de afrenta, ¿ocupa el lugar justo que le señalan los hechos, no las malas voluntades, o, por el contrario, son la exageración, la mentira, la calumnia, las que la han desplazado, deshonrándola? Son múltiples las cuestiones que el americanismo suscita: ¿Tiene que retirarse Europa de América? ¿Es España la que tiene mayores destinos en ella? Los pueblos latinos de Europa y de América tienden a solidarizarse; ¿qué pensamiento debe predominar en esta gran solidaridad, qué ideal: el religioso, el económico, el social o político?

¿Qué denominación es la más adecuada, en esta solidaridad, la de pueblos latinoamericanos o hispanoamericanos? ¿Es la historia, es la etnografía, es el espíritu donde hemos de buscar la convergencia de los hechos y su empuje a un ideal?

Ramiro de Maeztu acaba de publicar un libro en Defensa de la hispanidad, palabra que dice haber tomado del gran patriota señor Vizcarra, y que ha merecido el placet del académico don Julio Casares; pero ¿podemos levantar bandera de hispanidad a la faz de Europa, del mundo entero, enamorado, lleno de codicias, como está, de todas estas Américas opulentas? Para los mismos españoles, ¿cuál deberá ser lo que diríamos forma sustancial de la hispanidad? ¿Qué dósis de religión o de laicismo, de autoridad o libertad, de sangre o pacto, de pensamiento social o político debe entrar en el concepto de hispanidad para que nos dé una fórmula eficaz de utilidad y progreso, de elevación solidaria a las alturas del espíritu, que debe tener la supremacía en toda civilización digna de tal nombre, y que debe ser el alma de todo progreso y bienestar material?

Ya veis que no oculto nada en el vasto panorama, ni hurto el cuerpo a ninguna de las cuestiones gravísimas que suscita el problema americanista. Inútil, por otra parte, empeñarse en echar a vuelo todo el enjambre de ideas que en ellas se encierran. Mejor será tomar un concepto de línea simple y clara, agrupar a su rededor por afinidad, las ideas de orden secundario que pueden robustecerlo y desechar aquellas otras que no tengan valor lógico o histórico.

Y esto sí que, en esta fiesta de la raza, quiero hacerlo con lealtad de caballero español y con celo de obispo, que en todo debe procurar el esplendor de la cruz que lleva sobre el pecho y la glorificación de Jesucristo, de quien es apóstol. Mi tesis, para la que quiero la máxima diafanidad es ésta:

América es la obra de España. Esta obra de España lo es esencialmente de catolicismo. Lugo hay relación de igualdad entre hispanidad y catolicismo, y es locura todo intento de hispanización que lo repudie.

Creo que ésta es la pura verdad. Si no lo creyera, no rompería por ella una lanza. Ahora sí: cuantas esten a mi alcance. Y, Quijote o no, a su conquista voy, alta la visera, montado en la pobre cabalgadura de mis escasos conocimientos y de mi lógica, pero sin miedo a los duendes del laicismo naturalista, a los malandrines de la falsa historia o a los vestigios envidiosos de la grandeza de mi patria.

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