martes, 27 de abril de 2010

La falta de ideal.



Lo esencial es que aquel relámpago sea, a la vez, la chispa mística en que el alma se siente liberada del mundo, es decir, de la sensualidad y de sus halagos y unida al Espíritu. Bergson ha escrito que la religión es a la mística lo que la vulgarización es a la ciencia. ¿Qué pensaría de este concepto nuestro padre Arintero, que dedicó la vida a pregonarlo? En su "Evolución doctrinal" está dicho: "Hay una luz (sobrenatural) de Dios que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Joan,I,9); y a todos se dirige la palabra de llamamiento: Sto ad ostium, et pulso (Apoc, 3, 20). Así, no hay proposición teológica más segura que esta: "A todos, sin excepción, se les da -proxime o remote- una gracia suficiente para la salud..." El versículo del Apocalipsis dice: "He aquí que estoy a la puerta, y llamo: si alguno oyere mi voz, y me abriere la puerta entraré a él, y cenaré con él y él conmigo". Esa Voz no se oye, si acaso, sino en raros momentos de aflicción profunda o de completa abnegación, cuando por una u otra causa nos despegamos de todos los bienes y goces de la vida y sentimos que el alma nuestra queda libertada de sus prisiones, y al encontrarse libre se identifica con la Cruz. Ello ocurre cuando no se es santo, en instantes tan efímeros como un abrir y cerrar de ojos, pero que nos iluminan largos trechos de vida. Y me parece muy difícil que pueda sentir con plenitud la Hispanidad el que no sepa, de experiencia propia, que sólo la Verdad nos hace libres. Otros patriotismos podrán desligarse de la fe. En muchos casos viene a ser el patriotismo el sustituto de la religión perdida. El de la Hispanidad no puede serlo. La Hispanidad no es en la historia sino el Imperio de la fe.

Lo que sí se puede separar es la fe del patriotismo. La apostasía de parte de la aristocracia de España en los reinados de Fernando VI y Carlos III tuvo que sembrar en los espíritus piadosos el germen de una desconfianza invencible respecto de los poderes temporales. Por lo mismo que había puesto la Iglesia en la Monarquía Católica de España, su desilusión debió de ser proporcionada al ver que sus gobernantes no se cuidaban sino de entrar a saco en los bienes eclesiásticos y de apartar a España de la tutela espiritual de Roma, porque pensaban, como gráficamente dijo en 1753 el embajador Figueroa, desde el Vaticano, en carta dirigida al marqués de la Ensenada: "Que es más conquista apartar a los romanos de España que la expulsión de los moros", y respecto al concordato de aquel año, que: "En dos siglos nadie tuvo espíritu para emprender esta redención del Reino. V. E.lo pensó y consiguió en dos años y medio". Al Concordato de 1753 fueron siguiendo el comienzo de la desamortización, los cambios en la orientación de la enseñanza, la infiltración y propaganda de las ideas revolucionarias, la expulsión de los jesuitas, etc.. No es extraño que tantas almas escogidas, que son precisamente las que han sentido la independencia de su yo interior respecto de los bienes del mundo, hayan vuelto la espalda a los vaivenes de los Gobiernos temporales, para fijar sus miradas en lo alto. Pero con ello se olvidan de que el alma consiste en haberse abandonado el gobierno de los pueblos a las ideas de la revolución y de que debe de haber alguna razón de orden superior, para que esta alma nuestra, independiente como es de todo el resto de la creación, no nos haya sido dada para vivir fuera del mundo, sino para actuar en el mundo y reformarlo, por lo que es deber suyo ejercitar su libertad, independencia y soberanía en disputar el régimen de los Estados a la revolución y restablecer la norma de los principios que hicieron grande a España y a los que tendrán que acogerse cuantos pueblos aspiren a salvarse.

Es evidente que todos nuestros males se reducen a uno sólo: la pérdida de nuestra idea nacional. Nuestro ideal se cifraba en la fe y en su difusión por el haz de la tierra. Al quebranto de la fe siguió la indiferencia. No hemos nacido para ser kantianos. Ningún pueblo inteligente puede serlo. Si la chispa de nuestra alma no se identifica con la Cruz, mucho menos con ese vago Imperativo Categórico que sólo nos obligaría a desear la felicidad del mayor número, aunque el mayor número se compusiera de cínicos e hijos del placer. A falta de ideal colectivo, nos contentamos con vivir como podemos. Y así se nos encoge la existencia, al punto de que han dejado de influir nuestros pueblos en la marcha del mundo.¿Qué podemos esperar de gentes que contemplan impávidas la quema de conventos, como si no les fuera nada en ella? Lo mismo que de las aristocracias que se gastan sus rentas en el extranjero o de los intelectuales que viven de prestado, sin preguntarse nunca si tienen algo propio que decir. Esta España no es excusable, aunque sí explicable. Su flojera es hija de la falta de ideal, o cuando menos, de su relajamiento. "No está en forma",como dicen los deportistas, y es que para estar en forma tendría que proponerse algún objeto. Y no se lo propone, porque se siente desnacionalizada.

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