sábado, 13 de marzo de 2010

El mundo de habla española.





Europa, especie de península occidental del Continente asiático, ha sido la gran plataforma de los hombres en cuanto se refiere a la significación de su cultura. En la estructuración humana, la savia de la Europa formada (no la de la Europa en formación) ha tenido y tiene importancia muy principal.

La Etnografía, ciencia muy reciente, nos da a conocer los distintos grupos más o menos importantes de la Humanidad, y nos permite describir en breves renglones la formación de Europa.

Dos individualidades étnicas se encuentran en los comienzos de la historia de su población: la aria y la indogermánica. Después, influida por Oriente, aparece la cultura griega. A continuación llega el florecimiento del Imperio romano, que interviene en el desarrollo del celtismo y del germanismo; más tarde irrumpe éste y, con los pueblos letoslavos, cristaliza la Europa actual en el primer milenio de nuestra era.

Esto han venido diciendo los sabios años y años, hasta que hace poco, y con motivo del descubrimiento revolucionario de Glozel, esos mismos sabios se han insultado de una manera vergonzosa, llegando a decir algunos de ellos, entre mil cosas rectificativas y nuevas, que la civilización pasó de Europa a Asia; debido a lo cual, un escritor respetable ha manifestado, con muy buen juicio, que en Prehistoria la «verdad» es una mentira de la víspera.

A través de etapas históricas, largas y convulsionadas y después de suplantaciones presididas por políticas rígidas, van apareciendo los estados nacionales y se va produciendo la división etnográfica de Europa. Intercalados en el grupo románico, figuran los Estados español, francés, italiano y portugués, de idioma y costumbres diferentes y con una separación más acentuada entre sí, a pesar de estar en un mismo grupo, que la que puede existir por ejemplo entre ingleses y escoceses o entre alemanes y holandeses, que están en grupos diferentes.

Ahondando en los estudios etnográficos llegamos a las culturas matriarcales y patriarcales; la tometista, la americana emparentada con la tometista, la malayopolinesia, la indogermánica y la de los pastores. Y así, estudiando e investigando, al alejarnos del momento del descubrimiento de América, nos perdemos y divagamos, porque tales son los arcanos de la historia y más aún los de la prehistoria, que ambas juntas podrían llamarse «la ciencia de la rectificación».

Por otra parte, mucho más que la Historia puede la Infrahistoria y en virtud del dinamismo de ésta las influencias extrañas tallaron poco el alma española. En todo el Continente americano tendría fuerza la propia Infrahistoria si los indios diversos no hubieran desaparecido en casi su totalidad; pero como desaparecieron, la Infrahistoria que allí gravita es la de la raza colonizadora que fue de Europa. En una parte grande del norte, Historia e Infrahistoria inglesas; en el resto, el Centro y el Sur, Historia e Infrahistoria españolas.

Abandonando el tronco para subir por las ramas, en alguna de ellas llegaremos a encontrarnos con los latinos, de igual modo que persistiendo en tales rutas arbóreas y aéreas nos encontraríamos todos en la civilización cuaternaria. Pero eso no es más que rebuscar y extraviarse, y a cambio de tal extravío nos hallaremos en sitio de claras orientaciones si nos circunscribimos al tiempo antes citado, al del descubrimiento de América. Ese es el momento espectable (tras de otros precursores) en que los nexos de unión que de grupos afines hacen un pueblo formaron definitivamente el español en el mismo solar, de idéntica religión, de lengua y destinos comunes, de cultura y convivencia iguales. Ese pueblo, o sea España, sintió la conciencia de sí mismo, que es lo que da la fuerza definitiva a los pueblos; y, alejado de todo estatismo, formó un estado fuerte, un pueblo robusto y bien definido que desarrolló su actividad histórica en valerosa expansión por el mundo. Y así llevó su sangre y su idioma, o sea su raza, a Méjico, a una parte de los Estados Unidos del Norte, al Centro y Sur-América, a las Islas Canarias, Filipinas y Marianas, sin perjuicio de dominar en vastas zonas europeas de otras razas, como ser los Países Bajos, Italia, parte de Francia, Portugal y algo de Africa. Debido a esto se acercan actualmente a cien millones los seres que en el mundo hablan el idioma español (contando los judíos de Oriente y una pequeña parte de los referidos Estados Unidos).

El momento del descubrimiento de América señala la cristalización de la raza hispana, acentuada y desarrollada después en forma asombrosa, en el doble Continente americano.

España terminó la reconquista de su tierra obedeciendo a una obra política y nacional más que a una obra religiosa.

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Al finalizar el siglo XV estaba en su gran período, el asiento de la raza hispánica. Hasta la dinastía era genuinamente española, indígena, aragonesa y a la vez catalana y castellana. Si el príncipe Don Juan, a quien antes aludimos, no hubiese muerto prematuramente en Salamanca, no se hubiera interrumpido tampoco lo castizo de la dinastía española. Pero, a pesar de todo, la raza no se alteró en su esencia, [14] aunque más tarde vinieran Habsburgos y Borbones a regir los destinos del pueblo español. Ese pueblo recio, caballeresco, indómito, soñador y en su gran mayoría sano de alma, fue el que descubrió, pobló y civilizó América. La civilización que allí encontró de los aztecas y los incas fue muy grande; pero esa civilización tenía una laguna terrible, una quiebra lamentable, la de los sacrificios humanos que se hacían por millares. La civilización cristiana, reputada como la mejor del mundo, fue la que allí enseñaron los españoles.

Si es cierto que los muertos mandan, en España los tenemos imperiales, empavesados en sus sepulcros irradiantes, hablándonos de nuestra unidad y de nuestro origen definitivo. Esos muertos-guías, muertos-antorchas que han formado nuestro techo nacional, que lo han imbricado tan fuertemente que las tejas no se han roto ni separado, pueden visitarse, sabemos quiénes son y dónde están. Colocaron las últimas tejas del gran cobertizo, tanto en el orden moral como en el material, suprimiendo los toldos y pabellones que antes se encontraban en el suelo de España dividiéndolo y subdividiéndolo en enconadas y sangrientas luchas.

Granada y Alcalá de Henares guardan los sepulcros principales. Isabel, Fernando, Cervantes.

La capilla Real de Granada, sepulcro de los Reyes Católicos, sintetiza con su belleza plástica el momento histórico del descubrimiento de América. Ternura y fuerza; confianzas terrenales y sobrehumanas; temperamento fraternal todavía no agriado por la guerra de las Comunidades en Castilla.

Todos los españoles pudientes debieran de peregrinar un día de su vida a ese monumento gótico y con ellos los americanos de origen español, porque aquella capilla que guarda tan emocionante mausoleo, guarda también la síntesis de nuestra raza, el timón del arado que, ajustado a una nueva civilización, empezó a labrar la tierra americana.

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Yo creo que es fácil hacerse cargo de casi todo lo que precedió al descubrimiento de América; pero lo que no se puede comprender ni saber, por más que se estudie y por mucha que sea la imaginación que se tenga, es todo lo que pasó durante los primeros cincuenta años del dominio español en las dilatadas tierras de la confederación azteca y del imperio incásico, donde tan grande y prodigiosamente actuaron Cortés y Pizarro.

Nada fue lo que lucharon los españoles con los millares de indios, ni con las fieras, ni con las condiciones climatológicas del Nuevo Mundo, ni con las distancias espantables, ni con el suelo ignoto y pavoroso en su extensión y variedad, ni con las enfermedades; nada fue, digo, eso (unido y aun ampliado), al lado de las luchas de toda clase que sostuvieron entre sí.

Los buenos historiadores de ahora eliminan todo prejuicio de índole religiosa, política y nacional, y, dentro de las mejores normas, prescinden de sus ideas modernas y se adaptan al medio en que actuaron los personajes que estudian.

El juzgar aquellos tiempos desde los nuestros es muy difícil. Nuestro ambiente nos perturba, nos ofusca, nos llena de soberbia estúpida. Pero si libres de todo prejuicio y dentro de una justedad perfectamente equilibrada entramos a analizar aquellos tiempos, tenemos que justificar muchas cosas que el vulgo repudia y condena, sobre todo el vulgo extranjero.

De acuerdo con esto cabe pensar que si por ejemplo el lobo Lope de Aguirre hubiera nacido en estos tiempos de cinematógrafos, bares, teatros, automóviles, cabarets y campeones de baile, quizá se hubiera quedado en perro de policía; así como, de haber nacido entonces, es posible que hubieran sido lobos muchos de los que hoy no pasan de ser perros falderos.

Lope de Aguirre era hijodalgo, hijo de señores vascos, oñacinos, y se fue a América, como se fueron en aquel entonces otros cientos y otros miles.

Iban los segundones nobles, iban los bandidos de peor laya, los buenos y malos soldados, los grandes y los mediocres capitanes; iban los ambiciosos, los patriotas, los amantes del rey, los enemigos del rey, los que habían simpatizado en Castilla con los comuneros, los que los odiaban y querían a los alemanes; iban los curas sin conciencia y los curas virtuosos; iban los criminales que andaban huyendo de la justicia. Iba todo y en ese todo había de todo: patriotismo, nobleza, ansias de gloria, amor a la quimera del oro y la maldad, eterno baluarte esta última, donde se han atrincherado y se atrincheran los desheredados rebeldes que son perversos.

La vida de un hombre entonces no valía nada. Los escrúpulos nacidos de civilizaciones posteriores no existían. El fuerte era el que mejor triunfaba. En esa fortaleza encontraba necesario asiento la crueldad. El que era fuerte, si al par era muy bondadoso, sucumbía. De las cuestiones religiosas se valían los políticos, de las cuestiones políticas valíanse los religiosos, de ambas cosas se valían los guerreros. Imposible era deslindar tales campos en la Europa de entonces. En ella hubo, en la primera mitad del siglo XVI, una brillante alborada muy favorable a la actividad de la civilización, que fue interrumpida en Francia por el furor y el odio sañudo que tan incomprensiblemente despiertan las cuestiones religiosas, ya que debieran ser siempre sencillos derivados de amor y paz. Las matanzas más horribles, los asesinatos más crueles, los incendios más injustos, todo un desgarramiento doloroso, enemigo hostil de principios vivificadores, invadió Francia, llevando sus coletazos hasta la colosal monarquía española. De ahí muchas de las injusticias, a veces crueles, cometidas en América, hijas de una generación torpe que, especialmente en Francia, condujo a exacciones tiránicas, a presiones abusivas y a devastaciones crueles. Es frecuente atribuir esto a España solamente, cuando su actuación en tal sentido ha sido secundaria, aunque después de empezada esa etapa de represalias odiosas se prolongase más en España que en los otros países.

Para darse ligera idea de cómo andaban las cosas en aquellos tiempos, por ejemplo en Inglaterra, baste saber que Enrique VIII mandaba matar a todo el que negase que eran legítimos los hijos bastardos que él tenía.

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En América, los encomenderos del Perú se convirtieron en señores feudales. El ansia de libertad de los comuneros de Castilla contra la absorbente autocracia austríaca se manifestó en América entre los descontentos, que hasta llegaron a hablar de hacer Rey del Perú a Pizarro y a D. Sebastián de Castilla; y por último en el espíritu de los insurgentes, a cuyo frente, de un modo más o menos falseado, se puso Lope de Aguirre.

En breves líneas he aludido al estado social de Europa y América en el siglo XVI, como marco necesario para toda descripción pequeña o grande que quisiera hacerse del prólogo de la vida hispanoamericana.

Al aludir a la Independencia de América y a sus preliminares, los recuerdos históricos iluminan las figuras de Bolívar, San Martín, Sucre, Miranda y Nariño; pero su luz no llega a Lope de Aguirre, y, sin embargo, el documento que él y sus doscientos marañones firmaron el 23 de Marzo de 1561, fue el acta primera de independencia americana, según yo creo y hube de recordar en un ensayo que publiqué el 20 de Enero de 1927 en el suplemento literario de La Nación, de Buenos Aires, titulado «El primer separatista de América».

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Los caciques indios ofrendaban perlas y oro a los españoles en señal de amistad. Uno hubo que ofreció a Vasco Nuñez de Balboa su propia hija, la princesa de Coiba, y el ilustre adelantado, prendado de su belleza, la tuvo por compañera y fue leal amigo y aliado de su suegro. Este insigne capitán español, valeroso, noble y camarada, como ningún otro, de sus hombres de guerra, tiene un puesto importantísimo en la historia de América debido a sus grandes hechos, entre los que culmina el descubrimiento del Océano Pacífico, que logró hacer presa de la más grande emoción, emoción que revive en todos los que ahora, después de más de cuatrocientos años, leemos lo que aquel capitán dijo, tremolando el pabellón de España, desenvainado el acero y entrando a pie por aguas del Pacífico hasta que éstas le cubrieron el pecho.

En actitud dramática, con la fuerza de un romanticismo epopéyico, así conminó:

«¡Vivan los muy altos y poderosos reyes de Castilla, los más grandes de la Tierra, D. Fernando de Aragón y doña Isabel de Castilla!... ¡Yo, Vasco Nuñez de Balboa, en sus nombres y en el de la Corona de Castilla, tomo real, corporal y actual posesión de estos mares, tierras, costas y puertos, con las islas del Sur y todo lo anexo a ellas! ¡Y si cualquier príncipe o capitán, cristiano o infiel o de cualquier ley o secta, sea la que fuere, alegase pretensión o derecho a estas tierras y mares, reinos y provincias que les pertenezcan o puedan pertenecerles, estoy pronto y preparado para defenderlas y mantenerlas en nombre de los soberanos de Castilla, presentes y futuros, los cuales ostentan imperio y dominio sobre estas Indias, islas y tierra firme del Norte y del Sur, sobre todos sus mares y entrambos polos ártico y antártico, y en ambos lados de la línea equinoccial, dentro o fuera de los trópicos de Cáncer y Capricornio, ahora y siempre, mientras el Mundo dure y hasta el día en que sea llamado a juicio todo el género humano!...»

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Espíritus de gallardía, romanticismo y valor como el de Vasco Nuñez de Balboa; espíritus de rebeldía y peregrinación como el de Aguirre el loco o el lobo, no se apartaron aún de la tierra americana. En ella encarnaron frecuentes veces en los gauchos legendarios, fieros, fuertes, altivos, dignos, sin disciplina posible, tan pronto feroces como los lobos, tan pronto nobles como los perros. Montoneros de arrogancias singulares, son hombres de hierro, verdaderos sagitarios en sus caballos criollos. Sus arneses son de cuero y plata, sus chambergos los llevan puestos como para requebrar mocitas, ya que en ellos va una flor; sus estribos son argentados y las botas de cuero terminan en espuelas de gran espiga y mucho ruido. Detrás, en la cintura, llevan la daga grande, o sea el facón que en la lucha manejan sonrientes hasta morir si es preciso para su honor y valor; para morir riendo, como si amasen una muerte bella. Los pocos gauchos que ahora quedan son caballeros de otros tiempos, son aventureros de las Pampas, disfrazados de buscadores de nuevos rumbos; son nietos de aquellos españoles que fundaban pueblos, de paso que la Quimera los empujaba.

Pero, tristeza da el decirlo si se piensa con romanticismo, a sus caballos criollos los van barriendo los caballos de los motores de los automóviles, y a ellos, a los simpáticos gauchos, cuatreros en el buen sentido de la palabra, pintorescos y bravos, los barren, en sus ricas llanuras, olas humanas nada simpáticas, olas turcas, olas rusas, olas judías, olas de gentes antípodas de ellos y de sus intrépidos ascendientes, aquellos bravos soldados y a la vez padres navegantes, como con tan amoroso acierto los designa el muy ilustre argentino Ricardo Rojas.

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Para conjeturar algo acertado referente a la cultura que a América pudieron llevar los españoles en los primeros cien años de su conquista, basta dar una ojeada a la cultura española de entonces, y de ésta, en particular, a la sevillana, ya que Sevilla fue la madrina de América en los comienzos de la colonización hispanoamericana.

Tres bibliotecas particulares había entonces en Sevilla, iguales a las mejores del mundo y no superadas por otra alguna de igual carácter: la de don Fernando Colón, hijo del gran almirante; la del duque de Alcalá y la del doctor Luciano Negrón.

El ansia de cultura era tan grande entonces, la afición a saber tan desmedida, que en estas bibliotecas, de fácil acceso al público, estaban los libros o atados con cadenas o puestos tras de fuertes rejas de alambre, a través de las cuales podía entrar una mano para hojear y consultar; pero de allí no podía salir el libro, pues, de otro modo, se los llevaban.

Esto algunos lo consideraban como falta de cultura y yo entiendo que era ansiedad de ella, por lo mismo que la adquisición de los buenos libros de ciencias, letras y artes, era entonces muy difícil y costosa.

El Renacimiento se extendió por Europa en los comienzos del siglo XVI, llegó a las comarcas españolas y transformó el mundo viejo en otro totalmente nuevo. Surgió el entusiasmo por las investigaciones y estudios de las épocas antiguas, y a su calor fueron apareciendo anticuarios, humanistas, jurisconsultos, eruditos y poetas, que dieron forma a una conveniente y nobilísima emulación entre los hombres y muy especialmente entre italianos y españoles, en los ramos del saber y de las artes.

Entre tal ebullición del intelecto, las carabelas españolas llevaban a América hombres de ciencia, artistas, capitanes, literatos, artesanos y soldados. Mucho han comentado y exagerado las lacras de tales muchedumbres; en cambio su acción benéfica en aquellas tierras donde todo estaba por hacer, se estudió menos o se elogió con sordina. Ahora, por fortuna, la Justicia mundial alborea. La crítica, manejada por hombres ilustres de todas las razas, va cambiando en nuestro favor. No somos ni fuimos bárbaros ignorantes, ni crueles, como cosa excepcional y tal como hasta ahora se vino diciendo sistemáticamente.

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De un acertado ensayo de José María Salaverría, lleno de justedad, como todos los suyos, hablando. del famoso Conde Keyserling, uno de los sabios que más interés despiertan en la época moderna, tomo los párrafos siguientes:

«Por lo que nos interesa a los españoles, tenemos que reconocer que la fortuna, por el momento, se inclina de nuestra parte. Los más destacados de estos sabios a la moderna atribuyen a España una consideración a la que no nos tenían habituados los grandes intelectuales extranjeros. No es sólo consideración, sino preocupación trascendente, y además una honda simpatía. Cuantas veces tiene que hablar Oswaldo Splenger de algún punto de la Historia de España, lo hace con un acento grave y respetuoso; Waldo Frank se interesa por España profundamente, y Keyserling, de modo extraordinario.

Lo singular en este caso es que el motivo de la nueva estimación se basa en virtudes que hasta hoy eran consideradas como negativas. Es decir que lo español tiene un valor por lo que menos se podía esperar: por su sentido antiindustrialista, antiprogresista, antieficacista de la existencia. Con lo cual una vez más se nos demuestra que nada hay menos fijo y consecuente que las ideas; las teorías vienen, van, vuelven con la inestabilidad con que se conducen toda las cosas en un mundo expuesto a eternas sorpresas Nos hallábamos, en efecto, los españoles situados en una posición como de excluidos; es decir, fuera de la cultura. El siglo XVIII, y luego con redoblada insistencia el siglo XIX, afirmaron que el espíritu español, el sentido español de la vida, era positivamente adversario de la civilización.

Y ahora es cuando el pensamiento extranjero da la vuelta y se decide a resaltar ciertas virtudes españolas que antes se tenían por vicios o errores. No habrá sido pequeño el asombro de muchos españoles cultos cuando hayan oído decir al conde de Keyserling que la civilización que España formó en América es superior a la que los ingleses y demás pueblos septentrionales establecieron en los Estados Unidos, y esto porque nuestra civilización se fundó sobre el espíritu profundo y permanente de la tierra, al revés de los norteamericanos que no sienten la tierra, que no estiman la tierra más que como un mero valor industrial. Después de haber soportado durante tanto tiempo una opinión completamente contraria, puesto que se acusaba a la colonización española de no buscar más que el oro y de desdeñar la agricultura, esta versión del filósofo báltico suena con un tono de incomparable reconciliación.»

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Poco hacía España en América tendiente a formación y desarrollo de factorías comerciales, que es lo que hicieron y aun hacen otros países que van en la vanguardia de la vida moderna. No cimentaba España factorías, cimentaba naciones, como más tarde se vio en el nacimiento de diez y nueve de éstas. Hizo allí verdaderos ciudadanos libres, siendo el primer protector de los indios el mismo Felipe II que hasta prohibió que los curas pudieran heredar a aquéllos para evitar de tal modo presiones odiosas en los últimos momentos de la vida de los indígenas, quienes por este y otros hechos quedaban amparados de tal modo que, cuando llegó el momento para entrar en la categoría de ciudadanos y hombres civiles con patria propia, estuvieron perfectamente capacitados para ello, aparte de las naturales convulsiones que surgen siempre de las pasiones desatadas y de las ambiciones humanas.

Por esto, si España ha perdido las colonias materiales, las espirituales las conserva, y ahí está, para probarlo, el recuerdo de la emocionante Exposición Hispano-Americana de Sevilla.

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El aporte cultural de España a aquellos países, en lo que a las artes industriales se refería, fue muy grande. Llevó todo lo suyo, mucho de otros países europeos y perfeccionó lo que encontró. Los misioneros, los artistas y los artesanos de los distintos gremios fueron los que dieron tal impulso, al cual contribuyeron poderosamente los Cabildos allí instituidos, con sus ordenanzas y reglamentos, que, en definitiva, no eran otra cosa que verdaderos tratados de procedimientos industriales. Merced a éstos se fueron fabricando telas, joyas, cerámicas, libros, grabados, armas, esculturas, navíos, &c. El día que España se resuelva a hacer un museo, que ningún otro país podrá tener, «Museo Colonial Americano», si se hace con acierto y riqueza, se probará al mundo de modo convincente lo mucho que valió y pesó la Civilización Española en las Indias.

Como datos luminosos y para muestra, recordaremos que en el año 1535, instaló España una imprenta en la Ciudad de Méjico, y, catorce años después fundó la Universidad de Lima.

Los capitanes españoles, exploradores y fundadores, al par que guerreros, en aquel continente inmenso no reconocido aún ni sondeado en su totalidad, a pesar de los siglos que han pasado, venteaban el porvenir con un sentido y un acierto tan prodigiosos casi siempre, que hoy impresiona el estudiarlo y así advertirlo.

En el sitio que juzgaban más apropiado (y hay que ver las cosas que se han de tener presentes al fundar una ciudad) clavaban una gran estaca. Era este el primer monumento, el más significativo, el más transcendental, la base de toda sociedad bien organizada, el árbol donde se hacía justicia. Después y poco a poco iban creando los órganos vitales de todo pueblo: el Fuerte, el Hospital de Caridad, la Iglesia Matriz, el Cabildo, la Aduana, la Casa de Gobierno, el teatro, los cafés, los hoteles, los comercios, las mansiones solariegas y no solariegas, todo ello con calles que, entonces y relativamente, eran mucho más de lo que hoy son los mejores bulevares de las capitales modernas. Y así empezaron ciudades como la de Buenos Aires, que, en la actualidad se acerca a dos millones y medio de habitantes y tiene las perfecciones y los refinamientos de las mejores capitales modernas.

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De los hombres que España tenía entonces a su servicio para su medro mejor y su mejor triunfo en la siempre difícil política internacional, dan una idea los tres notabilísimos que en Italia poseía en tiempos de Felipe II. En Nápoles el Duque de Osuna, hombre de visión genial y que como pocos conocía la ciencia de las fuerzas materiales y morales. En Venecia el Marqués de Bedmar, de extraordinaria inteligencia y táctica sutilísima y en Milán el Marqués de Villafranca, enérgico, sin dejar de ser astuto, prudente y previsor. Unidos estos tres grandes hombres, como en efecto lo estaban, hacían temible la política de España en Europa. Entonces la nación española tenía, como siempre tienen los países fuertes, el hombre que para cada cosa le era necesario, y así, con toda la energía, la firmeza y el poder resultantes de la suma de las distintas cualidades a que he aludido, fue inyectando paulatinamente vida europea en las dilatadas regiones americanas.

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Poco enaltecernos los españoles aquella época y aquella epopeya de proyecciones nunca bien estudiadas ni descritas. Hasta encontramos ridículo el hacerlo, sin pensar en que si otros hubiesen realizado hechos tan rutilantes (los más grandes como influyentes en la Historia y en la Civilización) no cesarían de contarlos, escribiendo su canto con letras de oro.

Hemos callado mucho tiempo, o mejor dicho, hemos hablado muy poco, y los de afuera para inutilizarnos de todas las maneras, porque éramos muy fuertes, acecharon nuestras faltas, las agrandaron, las pusieron al sol e hicieron sonar los clarines para que el mundo las supiese y nos obsequiase con su bilis negra.

En el momento en que en la vida surge un gran hombre o pasa un hecho extraordinario, la leyenda se apodera de ellos, los barniza, los amplía, los disloca, y la humanidad vacua disfruta pasando el goce de generación a generación, eternamente. Pero la leyenda, hembrita dócil y muchas veces malintencionada, sirve también de cómplice a los aviesos y envidiosos, y, obediente a los mismos, abrillanta por los siglos de los siglos las calumnias más infames.

Menos mal que ahora, como antes dije, los estudiosos de casi todos los países que van a la cabeza, sacan de los arcanos nuestras glorias olvidadas, las bordan, las pulen y las glosan. ¡Secundémosles los españoles, o, por lo menos, recojamos el eco de su admiración y contribuyamos a expandirla por el mundo! [28]

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Del poder material y espiritual de aquellos españoles, noblemente aventureros, aun se habla hoy en los grandes acontecimientos mundiales. Así, con motivo del viaje de Mr. Herbert Clark Hoover a los países hispanoamericanos, díjose en Norte-América que, aunque el Presidente electo de los Estados Unidos se embarcaba en el gigantesco acorazado Maryland, orgullo de la flota del Pacífico, iba en condiciones parecidas a las de Francisco Pizarro y otros conquistadores españoles, que fueron en débiles carabelas, con la diferencia de que la conquista iniciada ahora por Hoover, sólo tenía un carácter de buena voluntad. En esta cita y en el parangón que ella encierra hay un contraste de gran humorismo y es que la conquista material de América la hicieron unos cuantos españoles en zuecos de hadas, y la conquista moral de la misma la preparó ahora Mr. Hoover, en dos formidables acorazados, el Maryland del Pacífico y el Utah del Atlántico.

El ilustre ciudadano de vida pública excepcionalmente meritoria, el honrado nieto de cuáqueros, que manejó, con el mejor acierto, nueve mil millones de dólares durante la gran guerra en compra y venta oficial de víveres, quiere hacer en la América española una conquista espiritual. Quizá le acompañe una buena fe; pero antes que él, con él y después de él, estuvo, está y estará la famosa doctrina de Monroe, interpretada de mil modos diferentes, o sea, como mejor convenga. (Hablando del águila yanqui y de sus codicias imperialistas, ha publicado un libro bien documentado, que se titula «Yanquilandia Bárbara», el escritor argentino Alberto Ghiraldo.)

Son incompatibles con los sentimientos amistosos ofrecidos por Hoover a las naciones hispano-americanas, las intervenciones de los Estados Unidos en Nicaragua y Haití y el envío a otras repúblicas hermanas de oficiales y soldados norteamericanos para organizar fuerzas militares y navales. Tal anacronismo patentiza la falta de sinceridad en todo lo que al respecto se anunció y prometió. Así lo declaran también algunos pacifistas yankis, como por ejemplo, la sociedad de esa índole llamada Peoples Lobby.

Entró España en la arcaica existencia americana, quedando maravillados los españoles de la cultura bárbara que hallaron en Méjico y en Perú, como antes se dijo. Los libros españoles de Oviedo, Pedro M. de Anglería, Colón, Padre C. Molinos, Padre J. de Acosta, Padre Avendaño, B. Ribera de Sahagún, F. Ximénez, Cieza de León, Garcilaso de la Vega, Padre R. de Aganduru y otros, así lo pregonan.

Estas declaraciones conscientes y de tan marcada autoridad, hacen honor a la justicia y a la cultura hispánicas de aquellos tiempos.

El esfuerzo de los descubridores hacia todos los ámbitos, su vida quimérica llena de grandes virtudes en los más y de grandes vicios en los menos, vida de grandes aciertos y de grandes errores, produce asombro.

No es justo aludir a tales tiempos y omitir la cita de aquellos a quienes Ricardo Rojas, el gran pensador argentino, pensador y poeta, dio como ya se dijo, el nombre eminente y emocional de «padres navegantes». Cortés, Pizarro, Elcano, Lagazpi, Urdeneta, Almagro, Valdivia, Balboa, Ponce de León, Solís, Irala, Garay, Loaysa, Saavedra, Grijalba, Gaytán, Mendaña, Quirós, Torres, Meneses y Lazcano.

La conciencia hispánica de aquel entonces, sus hombres de letras, sus capitanes y descubridores, su fuerza expansiva en fin, acusan un vigor perfectamente concentrado, no un vigor derivado de nada ni de nadie, vigor de una raza, de un pueblo típico, inconfundible, definido: pueblo español.

Fuentes de libertad son las organizaciones municipales españolas transplantadas a América y fuentes de libertad son las leyes españolas de Indias, fórmulas legales que ninguna civilización superó, ni aun igualó. Después, las obras del eminente y hoy admirado en todos los países civilizados, Francisco de Vitoria, fundador del Derecho internacional. Hombres civiles como Don Félix de Azara cuya figura gloriosa veneran los intelectuales americanos. Don Félix de Azara, geógrafo, geodesa, gran colonizador y político, que, en lo tocante a la posesión de la tierra, quería resolver en el siglo XVIII problemas hondos que aun hoy no están resueltos en los países más cultos y avanzados.

¿Qué participación tiene Latio en todo cuanto se deja dicho? Esta breve digresión sirve para demostrar que, en el momento de descubrir y poblar América, España tenía una raza totalmente suya. La calidad de ese linaje ha venido perpetuándose de generación en generación. Podrá España haber desaparecido un tiempo de la vanguardia humana por cansancio, pero no por haber degenerado. La cita de varias opiniones de extranjeros, emitidas al respecto, darán más fuerza a este aserto que cualquiera otro razonamiento propio o nacional, por muy bien argumentado que él estuviera.

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Un escritor portugués, Agostinho de Campos, dijo que lo que han padecido los españoles ha sido «Gigantismo», no decadencia, y lo demuestra en esta forma: «España tuvo la desgracia de ser durante el siglo XVI, señora de media Europa. En virtud de su propia energía y auxiliada por otras circunstancias, España pasó los mares y fue señora de medio mundo. Para no decaer nunca, después de todo esto, hubiera sido necesario que conquistase y conservase la otra mitad de Europa y la otra mitad del mundo. En lugar de esto, España salió de donde había estado pero quedó donde siempre estuvo.»

El Ministro de Marina de la República Francesa, Mr. Georges Leygues, hablando una vez de España y dirigiéndose al Rey Alfonso XIII y a su Gobierno, ha dicho, entre mil cosas bellas, lo siguiente: «Ninguna raza es más altiva, más cortés, más enérgica ni más valiente que la vuestra. Ningún país tiene como España un pasado tan rico en actos caballerescos y en intrépidas aventuras. Ha sido España la que constituyó el primer gran Imperio después de la caída del Imperio romano. Estos grandes recuerdos llevan consigo la promesa de un futuro lleno de brillantez y prosperidad, cuyo renacimiento saludamos ya con admiración. ¡Tierra de epopeya y de grandeza tal es la España que yo veo y comprendo!»

Un ilustre escritor checoeslovaco, Mr. Vlatismil Kybal, ha publicado un libro sobre España titulado «Ospanelsku», en el cual, entre muchos párrafos halagadores para el amor propio español, elijo uno solo referente a la raza. Dice: «los españoles han realizado en la historia una labor gloriosa y la historia de ellos es la historia de una gran nación. La gloria española ha abarcado no solamente Europa, sino el globo entero, y existen hoy casi cien millones de habitantes de la tierra que hablan la lengua de sus descubridores. Los mismos españoles tienen una viva conciencia de la grandeza de su nación y una fe firme de su digno porvenir. La España moderna, progresiva, ilustrada, laboriosa y rica, está llamada a desempeñar un gran papel, no sólo en la Península Ibérica, sino también en Africa.»

Casi todo el mundo ignora la relación que Mister Evans, primer comandante del Yowa, buque de la escuadra norteamericana, hizo del combate de Santiago de Cuba. En su relación afirma que jamás se dieron iguales ejemplos de heroísmo y de fanatismo por la disciplina militar; que en las páginas de la historia nada hay registrado semejante al valor y a la energía de que él fue testigo, y, refiriéndose a alguno de esos actos, manifiesta que sólo puede definirlos llamándolos «actos españoles».

Un marino argentino, Costa Palma, Comandante de «La Sarmiento», dijo en Sevilla que la raza hispanoamericana tiene una gran misión que cumplir y que esa misión la cumplirá para glorificarse y demostrar sus altos designios. Y lo dicho en la misma ciudad por el eminente embajador argentino Enrique Larreta, llega a producir en los españoles la más grande y duradera de las emociones gratas.

Los americanos de origen hispano son de su hora sin dejar de ser de su estirpe, pero mucho más de aquélla que de ésta. Los españoles son de su estirpe primero y de su hora después. Mas no se crea que esta pequeña diferencia en el ritmo intelectual y sentimental de tales hermanos perjudica a la raza, no, más bien la favorece, llevándola a un sano equilibrio.

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El ir recopilando los relatos y comentarios honrosos para España, que en una y otra ocasión fueron haciendo hombres ilustres de todos los países, daría un resultado fatigoso.

Todo esto y mucho más del tiempo nuevo unido a lo del tiempo viejo, mantiene el alma de España en América; acusa la raza que, tras la investigación, brilla como brilla al sol la roca con hojuelas de mica. Es el espíritu fuerte de la estirpe afincado en el Escorial, en la Alhambra, en las fábricas vascas, en la industria catalana y de otras regiones, en la agricultura de Valencia, Cataluña y Castilla, en un rincón sagrado valenciano, Sagunto, donde frente a la tradición y a la historia está una de las fábricas de hierro americano más importantes del mundo. Es el espíritu de la raza guardado en la obsequiosidad andaluza y levantina, en los campos de sus tierras plenos de frutas y flores; en el vigor, honradez, laboriosidad e inteligencia que distingue a los de la región gallega; en el noble trigal castellano, en la serena sobriedad de sus colonos y amos, en las cepas jerezanas y otras cepas, en el tesón aragonés aplicado a las actividades de la inteligencia humana y que produce ejemplares como Ramón y Cajal y Joaquín Costa. Está ese espíritu en el litoral español, único en el mundo, por bañarlo tres mares muy diferentes, a pesar de estar unidos, lo cual crea características múltiples y pintorescas. Está en Don Quijote y en Toledo, Compostela, Avila, Granada, Salamanca, Segovia y Burgos. Con objetos sacados de los archivos, catedrales y casas particulares de esos y otros pueblos se formó ha poco en la Exposición Internacional de Barcelona «El Pabellón Nacional», que, a poder conservarlo tal como fue, llegaría a clasificarse como uno de los mejores museos del mundo. Esas ciudades españolas no son camaranchones de trastos viejos, sino cámaras cuidadas de magníficos recuerdos históricos. En ellas todos los hombres estudiosos y muy especialmente los americanos cultos encuentran la vida del tiempo viejo, vida de místicos, de estudiosos, de pícaros, de soldados, de aventureros, de tapadas y de galanes, vida de arte, de ciencia y de sensualidad. Allí el alma española compleja, contradictoria, ruidosa, original; allí el misticismo, la picaresca, el humorismo y la pasión, el realismo y la caballería. El misticismo ha quedado en lienzos, maderas y pergaminos; la sensualidad murió, volvió a nacer, volvió a morir y está viviendo porque tantas veces como muere nace. Merced a este espíritu fuerte y de raíces muy hondas, España puede ofrecer al mundo su vino diciéndole: «tú que tanto me has calumniado, bebe, mi vaso no es de aluminio ni de asta, es de oro viejo, labrado por caballeros de aquí y de América en siglos de ensueño y de gloria».

Todo esto empieza a tener un gran valor moral en América, ya que sirve para fijar y acentuar el nacionalismo en sus repúblicas patriotas, amenazado por peligros modernos.

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Para justificar el aserto antedicho elegimos uno de los países sudamericanos, por ejemplo, la Argentina, y nos referimos a su momento actual.

Hasta antes de la gran guerra la inmigración en la República Argentina estaba alimentada casi exclusivamente por españoles e italianos. El capital extranjero que allí llegaba para empresas grandes era inglés. Así se fue formando durante un siglo la gran República del Plata, con un nacionalismo fuerte, claro, mantenedor de las virtudes de la raza originaria. Terminada la guerra mundial, las cosas cambiaron en todos los órdenes y en todas partes: en la Argentina también. Ya no llegan allí en gran número solamente españoles e italianos, van también otras razas, van rusos, eslavos, polacos, servios, escandinavos, checoeslovacos y rumanos. Antes de la guerra los escritores argentinos eran hijos de españoles, eran hijos, nietos o biznietos. La oriundez estaba clara y visible; actualmente tiende a ser grísea, porque muchos de esos escritores tienen una ascendencia muy diferente de la anterior. El capital que ahora invade la América española es yanki. Los Estados Unidos llevan colocados en ella dos mil doscientos millones de dólares y quieren colocar muchos más. Con todo esto la Argentina teme que su nacionalismo se altere y para evitarlo vuelve los ojos a la cuna que tuvo, a su origen, y estudia con interés, casi con amor, la historia, las tradiciones, las costumbres. la arquitectura, las artes y la ciencia de España. Las estudia como cosa propia. Busca en el tronco progenitor la savia que pueda contribuir a autorizar su nacionalismo, batido por un oleaje peligroso. Acude a su raza, mantiene su raza, no latina ni ibera, sino española. Cultiva un hispanoamericanismo consciente y sabio que le permite seguir en el camino de engrandecimiento que tan felizmente lleva emprendido, sin que se pierdan ni se alteren las virtudes de su pueblo.

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