jueves, 23 de septiembre de 2010

Aragón y la tauromaquia.





Voy a hacer un pequeño guiño a mi patria chica con este artículo:

Los pueblos, todos sin excepción, son depositarios de una herencia secular que está siempre en las mejores manos para que no se pierda, las de la tradición, que es trasunto del alma popular, fiel a un pasado que le pertenece y al que no quiere renunciar, porque la simple renuncia significaría tanto como perder las propias señas de identidad.

Las tradiciones taurinas aragonesas están firmemente arraigadas en el alma de cada pueblo. Muchas de esas tradiciones son compartidas por comarcas enteras. En su mayor parte datan de la Reconquista, lo que hace crecer la duda, nuevamente, sobre un posible origen árabe de la fiesta de toros, algo que no parece posible porque el supuesto se re­siste al más somero análisis. Sí hay que admitir, en cambio, la integración musulmana en el espectáculo y su participación en determinados casos.

No estará de más recordar que el Fuero de Sobrarbe. del siglo XII, establece ya ciertas nor­mas para «correr los toros», a fin de que éstos no produzcan daños. El artículo 293 del cita­do Fuero advierte que «si conduciendo por el pueblo al matadero alguna vaca o toro, causa­re daño a las personas, pierda la bestia su dueño, pero que si el daño se causare al correr la vaca o el toro ensogados, con ocasión de boda o misacantano, no debe imponerse pena, a no ser que los que tiran de la cuerda la aflojasen o la soltasen por hacer daño o escarnio». Este documento revela la antiquísima tradición del toro ensogado, entre nosotros, vigente to­davía en la actualidad.

También el Fuero de Albarracín, en los ini­cios del siglo XIII, ilustra sobre los festejos de toros y da instrucciones sobre la construcción del tablado, «que no podrá levantarse en cual­quier lugar, sino únicamente en el centro de la plaza de la villa». Dicta normas asimismo sobre la costumbre de «bohordar» (el bohordo era una varita o caña de seis palmos y de cañutos muy pesados, utilizada en los juegos de cañas y ejercicios a la jineta), suerte que se ejecutaba con ocasión de una boda o de fies­tas varias, entre las que había cuatro de carácter fijo: el Nacimiento de Nuestro Señor, Resurrección, Quincuagésima y San Juan Bautista. Si la lidia se celebraba fuera de las fiestas prefijadas, se castigaba a los lidiadores si cometían «homicidio». El propio Fuero especificaba las formas de toreo: corrida a caballo con asta (lanza) o con escudo. Si ocurría algún accidente en el curso del festejo, no se pagaba pena alguna, salvo que hubiera intencionalidad y lo jurasen así doce vecinos.

En siglos sucesivos continuó la tradición taurina aragonesa, pionera en muchos aspec­tos. Vicente de la Fuente cuenta en su Historia de Calatayud que «en el arreglo de la carnice­ría de 1550 se estipuló que los arrendadores hu­biesen de dar a la ciudad francamente tres toros bravos para las fiestas de la Virgen de Agosto, de la Feria y Corpus Ghristi. Si se dejaba correr algún toro, el arrendador abonaba a la ciu­dad quince florines».

No es extraño que la realeza se sintiera familiarizada, desde el principio, con el espectáculo taurino. Por eso, una de las primeras corridas reglas de que habla la historia fue la celebrada en Zaragoza, en 1328, con motivo de la coronación de Alfonso IV de Aragón. También fue notoria la afición taurina de Juan I. De este monarca se dice que el 19 de abril de 1387 hizo preparar en Fraga toros «dels pus braus que puxen trovar» para probar unos alanos que le habían llegado de Castilla. Y a mediados de junio de aquel mismo año pedía a los jurados de Zaragoza dos «matatoros» (nombre popular que se dio a los primeros toreros de a pie) para celebrar un festejo público en Barcelona. Dos años más tarde, el 21 de abril de 1389, manda­ba buscar desde Monzón un par de toros para otra fiesta, en carta dirigida a don Artal de Alagón: «Como nos fagamos aquí venir dos toros por el portador de la present, rogamos vos que le emprestedes un moço e dos vaqueros e vacas cuantas se haruán mester, con los cuales pueden bien venir los ditos toros».

Domínguez Lasierra (Los orígenes de las fiestas taurinas», revista Turia, 1992) relata al­gunas tradiciones taurinas zaragozanas y la incidencia de la fiesta en la capital del Reino. «Ocho toros encascabelados, que con alquitra­nados jubillos, entregados al infatigable vulgo, corrieron ensogados por diversas partes, pro­duciendo gran regocijo público en las fiestas zaragozanas por la promoción, en 1616, del inquisidor general de España, el aragonés fray Luis de Aliaga; como hubo toro encohetado en la visita de Felipe II, en 1626, a esta capital».

Empero, no todos los grandes príncipes estuvieron de acuerdo con la fiesta de toros, y ésa es la razón de que no se celebrara la córrida programada cuando el príncipe Baltasar Car­los juró los Fueros el 20 de agosto de 1645, «por ayer entendido que Su Majestad no admitía esa fiesta».

«Fue especialmente lucida —describe Juan Domínguez— la fiesta de toros que la Imperial y Siempre Augusta Zaragoza celebró en 1662, con motivo de la consagración como mártir de Pedro de Arbués, festejo taurino que ilustró con su destreza don Francisco Pueyo y Herrera —nombre pionero de nuestra particular histo­ria taurómaca—, que para aquel evento sacó la­cayos vestidos a la manera turca, quebró muchos rejones e hizo uso de su espada en dos rigurosas ocasiones de desempeño, datos que nos hablan de que la fiesta empezaba a complicar sus suertes. Con desigual fortuna, don Francisco Pueyo y don Antonio de Luna lidia­ron en otra ocasión dentro de aquellos festejos religiosos-profanos».

No faltan referencias y testimonios que ava­lan la tesis mantenida desde el principio en esta obra: la importancia, en muchos aspectos decisiva, que Aragón tuvo en la fiesta de toros, desde su inicio.

Se utilizaron toros bravos, ya en los más re­motos tiempos, para lanzarlos contra el enemi­go y hacer que se batiera en retirada. Muchas de las tradiciones tienen esa procedencia, la conmemoración de triunfos guerreros o de acontecimientos sobresalientes. La tradición no es historia, pero sí puede adjudicarse la parte de ella que pasó por alto a los historiadores, porque se hallaba sumergida en la noche del pueblo y estaba aguardando el alba de éste para resucitar.

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