sábado, 15 de mayo de 2010

El día que 180 españoles rindieron un imperio.



Quiero agradecer a Ordóñez que me haya dado a conocer este texto.

Si había una civilización admirada y temida en América del Sur, antes de la llegada de los españoles, esa era la civilización Inca. Dominaban desde lo que hoy es Ecuador hasta Argentina. Sus guerreros eran despiadados y habían aterrorizado a todas las tribus del sur.


Algo de esto había oído Francisco Pizarro cuando llegó con su expedición en enero de 1531. Hacía ya cinco años que aquellos trece de la fama (que en realidad fueron catorce, con Bartolomé Ruiz) cruzaron la línea que el Trujillano dibujó con su espada en la arena diciendo:

"Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere".

Y después de cinco años viajando, preparando la expedición y solicitando a Carlos V (en realidad a su mujer Isabel, porque el Emperador andaba por Italia en ese momento) los títulos pertinentes, en caso de consumar la conquista, allí estaba él. Él y apenas 180 hombres más, alcanzando las murallas de Cajamarca aquel 16 de noviembre de 1532.

Pizarro había aceptado la sibilina invitación de Atahualpa, el Gran Inca, adorado por sus súbditos como si de un dios se tratase. El pobre Atahualpa no sabía que aquella trampa se volvería contra él. Había infravalorado a los conquistadores.

Así que don Francisco dio orden de esperar a la Comitiva Real dentro de los edificios que rodeaban la plaza central de Cajamarca. Las fuerzas españolas contaban con 63 jinetes, 93 infantes y ballesteros, 4 artilleros, 2 arcabuceros y 2 trompetas. Sin contar al fraile, los intérpretes y los pocos esclavos que les acompañaban.

El campamento inca establecido en el exterior de la ciudad contaba con 40.000 efectivos. La escolta que accedió al interior de la muralla ascendía a más de 5000 guerreros. La guardia pretoriana de Atahualpa. Delante de la litera de oro que portaba al Gran Inca, un séquito de 1000 personas alfombraba con pétalos de flores el suelo por el que estaba a punto de pasar su líder.

Cuando Atahualpa llegó al centro de la plaza, pensó que los barbudos habían huido. Hasta que vio acercarse a un hombre blanco que llevaba una cruz en una mano y un libro en la otra, al que acompañaba un indio.
Una vez el fraile alcanzó la litera real, el indio que le acompañaba sirvió de traductor en una surrealista conversación acerca de la identidad del verdadero Rey de Reyes.

Obviamente Atahualpa mantenía que ese era uno de sus títulos y, claro, esto a los españoles les sentó fatal. Porque en esa época soltar ocurrencias como esa estaba muy mal visto. Y no contento con eso, le pidió la Biblia al fraile, porque no había entendido bien eso de que la Biblia dice que la fe en Jesús es la fe verdadera, fundamentalmente porque los incas desconocían la escritura. Así que cogió la Biblia y se la acercó a los oídos, y la agitó, y como el libro sagrado no le decía nada, pues lo tiró al suelo.

¡Para qué queremos más!

Pizarro dio la orden de atacar y al grito de "¡Santiago!" cargaron los 180 españolitos.

Cuando estalló la primera explosión, los indios pensaron que acababan de llevarse el mayor susto de su vida... hasta que cargaron contra ellos los 63 jinetes. Eso sí que los dejó espantados. Habían oído hablar de las bestias que llevaban los barbudos, y algunos no tenían muy claro si jinete y caballo eran dos seres independientes o se trataba de alguna mutación diabólica. Así que echaron todos a correr despavoridos.

Los españoles atacaron con tal ferocidad que, en apenas unos minutos, las pilas de cadáveres formaban barricadas en las entradas de la ciudad. Los incas que aguardaban en el exterior para atacar a los barbudos, se estremecieron al ver cómo la muralla temblaba por la intensidad del combate que libraban en Cajamarca; y contemplaron horrorizados la desolación que había dejado la furia española: en la ciudad sólo quedaba miedo y muerte.

En esto, Pizarro ya había alcanzado la litera de Atahualpa, que se había quedado estupefacto con la reacción de aquellos gigantones... ¡sólo por tirar un libro al suelo!

Y para evitar que el Gran Inca muriera a manos de su infantería, gritó:

"¡Nadie hiera al indio so pena de la vida!"

Pero Alonso de Mesa estaba cegado por la ira y cuando reparó en las palabras que acababa de pronunciar su Gobernador, ya había descargado una cuchillada hacia la cabeza de Atahualpa, a quien habían despojado de su corona. De no ser por la rapidez de reflejos de Francisco Pizarro, que protegió con su antebrazo al Gran Inca, ese hubiera sido el final de Atahualpa.

De manera que, paradójicamente, el único herido en las filas españolas había sido el mismísimo Pizarro, y por proteger a su enemigo.

Muchos tratan hoy de minimizar la gesta de Pizarro y sus hombres. Pero, por muchas vueltas que intenten darle, aquel día, 180 españoles derrotaron al mayor imperio de América del Sur en menos de una hora. Aunque los indios no llevaran armas de fuego (las pocas que llevaban los españoles no eran, precisamente, armas automáticas), aunque un caballo pueda resultar aterrador para quien nunca ha visto ninguno (sólo eran 63 caballos contra 5000 guerreros), aunque quieran pintarnos a los incas como un pueblo tierno e inocente (ya venían de una cruel guerra civil y habían guerreado y vencido a todas las demás tribus de su territorio), aunque quieran que nos avergoncemos y que olvidemos el combate librado en Cajamarca, su Plaza de Armas todavía tiembla al recordar el nombre de Francisco Pizarro.

Ana Pavón

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