domingo, 8 de noviembre de 2009

Memento mori.




¿Macabro? Así le parece al hombre moderno todo recuerdo de la muerte. Sin embargo, traerla asiduamente a la memoria, cuánto bien hace a los espirituales. Consideramos la fealdad de nuestros pecados, y ansiamos vernos liberados de ellos por el Sacramento de la Penitencia. A María Santísima, Medianera de todas las Gracias, le rezamos: "
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén". Es el mes de Noviembre. Recordamos a los Santos y a los Fieles Difuntos. Nuestra religión no sólo es la verdadera -la única verdadera-, sino que también es la más bella de las religiones. Por el maravilloso y hermosísimo Misterio de la Comunión de los Santos, la Iglesia Militante (nosotros: los católicos que combatimos en este mundo por el Reino de Cristo) comunicamos con las Benditas Ánimas del Purgatorio (ofreciéndole a Dios sufragios para que se acelere la purificación de esas almas que padecen pena temporal, y así permitirles cuanto antes el gozo celestial.) Es la Iglesia Purgativa, que limpia sus culpas en el Purgatorio. También comunicamos con la Iglesia Triunfante (la de los Santos que alaban a Dios en los Cielos.) Mejor que leer libros de esos que llaman de "autoayuda" será volvernos a nuestros clásicos ascéticos y morales. Siendo el mes de Noviembre, repaso y medito las viejas páginas de un tratado antiguo de ascética, cuyo autor es mi venerado P. Juan Eusebio Nieremberg (S.J.). En este libro estoy encontrando magníficos tesoros aliviaderos de toda pena y adversidad. Mientras lo leo, pienso en la Compañía de Jesús -en esa pudiéramos decir que Orden Religioso Militar fundada por el aguerrido guerrero vasco Nuestro Padre San Ignacio de Loyola. Magnífico ejército pontificio de sacerdotes, teólogos y filósofos, que dio la batalla a la herejía protestante (mal llamada "Reforma" por la jerga revolucionaria: propongo restituirle el nombre que le cuadra: "Revolución religiosa".) ¡Qué grandes hombres dio la Compañía de Jesús! ¡Qué grandes santos! Otro día trataremos aquí en LIBRO DE HORAS de los jesuitas. Sin más dilación, aquí dejo unas onzas de oro viejo español... Extraídas del libro del P. Nieremberg. Que sean de provecho espiritual e intelectual a nuestros lectores. MEMENTO MORI
"Asimismo grandes monarcas usaron de la memoria de la muerte por antídoto de su fortuna, para que no fuese peor su vida que su prosperidad. El rey Felipe de Macedonia tenía mandado á un paje que le dijese cada mañana: "Felipe, hombre eres"; acordándole que había de morir y dejarlo todo. El emperador Maximiliano I, cuatro años antes de morir, mandó le hiciesen su ataud, el cual llevaba consigo dondequiera que fuese, para que siempre le acordase otro tanto, y estuviese con voz muda diciendo: "Maximiliano, piensa que te has de morir y dejarlo todo."
También los emperadores del Oriente, entre otras insignias de la majestad, traían en la mano izquierda un libro con las hojas de oro, al cual llamaban "Inocencia", y estaba todo lleno de tierra y polvo, en significación de la mortalidad humana, para acordarse con esto de aquella antigua sentencia: "Polvo eres, y en polvo te convertirás." No fué sin mucha conveniencia estar en forma de libro este recuerdo de la muerte; para dar á entender de cuánta enseñanza y doctrina sea su memoria, y que ella sola es escuela de grandes desengaños. También tenía misterio ser de oro, y traerlo en la mano izquierda, que es la que está más junta al corazón; para notar cuán precioso es este desengaño, y cómo le hemos de tener esculpido en nuestra alma. Llámase con razón aquel libro "Inocencia", porque ¿quién se atreverá á pecar que sabe se ha de morir?" Estos jesuitas son los que nos hacen falta.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Soy carlista.



Soy carlista con honra y sin tacha

Requeté de indomable valor

yo no sé tener miedo a las balas

ni me asusta el rugir del cañón.

Mis heridas son rosas de sangre

que le ofrezco a la Patria y a Dios

pues la Muerte pensando en España

es un timbre de gloria y honor.

Soy carlista, soy carlista, (estribillo)

soy cristiano y español

sé rezar como un cruzado

y luchar como un león.

Soy carlista, soy carlista,

solo tengo una ambición:

el gritar en la batalla

entre el fuego y la metralla:

¡Viva España! ¡Viva Cristo Emperador!

Por la Patria y por la Fe,

adelante el Requeté.

Cuando un día la Patria angustiada

a sus hijos valientes llamó

a la arena saltamos a miles

los soldados de la Tradición.

Aunque rujan las bombas de fuego

aunque silbe el traidor proyectil

allá va el Requeté valeroso

por España a vencer o morir.

Soy carlista, soy carlista…… (sigue el estribillo).

Dominus vobiscum.



El Zoco-el-Arbáa ha sido testigo de muchas acciones legionarias, heroicas, ingeniosas... Pero lo más gracioso que se pudo ver en este zoco fue la singular manera de ayudar a misa por un legionario. Era día de fiesta, y las Compañías, al toque de escuadra, pasaban en los dormitorios la revista que precedía a toda formación. De pronto apareció un Cabo que preguntó: ¿hay alguien que sepa ayudar a misa?. Como un meteoro cruzó el Cabo el frente a la Compañía sin que ninguno de los oyentes se decidiera a realizar una misión tan sencilla. Indudablemente debió ocurrir lo mismo en las restantes Compañías de la Bandera pues al poco rato volvió el mismo Cabo reiterando desesperadamente la petición de voluntarios para ayudar a misa. Un legionario, Antonio Galván, de la 9ª Cía, animado por sus compañeros dio un paso al frente. De su nuevo cometido no tenía más noticias que las obtenidas de los legionarios que estaban más cerca: Haz cuanto veas hacer al sacerdote.

Sonó el toque de llamada y sobre la misma carretera formó la Bandera con esa exactitud, brillantez y prestancia que sólo pueden encontrarse en la Legión. En el altar, al lado del Capellán, surgió la picaresca figura de Galván, más firmes que un palo. Y así iban las cosas hasta que el oficiante bendijo por primera vez al público y dijo Dominus vobiscum, momento en que Galván se adelantó hacia las tropas –cansado sin duda del modesto papel desempeñado hasta entonces - y con el brazo en acción de bendecir a los fieles, exclamó, muy serio y con voz estentórea y potente: Dominus vobiscum. Ni la rígida disciplina legionaria, ni la seriedad del acto, fueron suficientes para contener la más homérica carcajada que resonó jamás en Zoco-el-Arbáa. Nadie pudo reprimirla, ni los mismos Oficiales, siendo al final el propio Jefe quien terminó de ayudar la misa.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Venganza y guerra.






Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes pendones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

(...)

Aquel genio de ambición
que, en su delirio profundo,
cantando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!

La virgen, con patrio ardor,
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y, cuando calmado está,
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!"

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!

¡Mártires de la lealtad,
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad,
¡en la tumba descansad!
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que, hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Allí estaré.







CONMEMORACIÓN
DEL 8º CENTENARIO (16 DE JULIO DE 1212) DE LA BATALLA DE LAS NAVAS DE LA LOSA EN EL AÑO 2012 Una de las grandes acciones que han movido la historia en un sentido definitivo ha sido castellana, la movilización de gentes de Castilla para una lucha en campo abierto contra las tropas islamistas africanas del imperio Almohade en tierras ibéricas. El hecho en sí fue extraordinario, tras la llamada de un Rey de Castilla a reyes, nobles y ciudadanos de Iberia y del resto de Europa, pero más extraordinaria fue la respuesta de los ciudadanos castellanos a dicha llamada. Las milicias concejiles, constituidas por ciudadanos de pleno derecho sujetos a Fueros democráticos, dieron cumplida respuesta a la llamada a la hueste del rey de Castilla y fueron, especialmente en esta batalla, decisivas para la consecución de una victoria militar en una batalla campal que cambió la historia de Europa occidental. Parece lejano, pero es poco lo que queda para el 16 de julio de 2012, cuando habrán pasado 800 años del encuentro militar en que, como castellanos, aseguramos definitivamente nuestra libertad como pueblo. Aunque muchos cambios políticos se han producido desde entonces, incluido el nacimiento de España como nación con sustrato histórico y popular en Castilla, estos cambios nada han de significar a la hora de respetar el pasado y a nuestros antepasados. Por ello, os convoco, como representantes modernos de aquellos municipios que aportaron milicias populares a la hueste de Castilla, o peones bajo mando de Órdenes Militares, o Nobles de cualquier tipo u hombres libres, a que toméis en consideración (tras consulta a vuestros ciudadanos) la participación, al menos, en un acto de homenaje y recuerdo a todos aquellos de nuestros antepasados que acudieron a las Navas, a todos aquellos que murieron por nuestra futura libertad durante siglos de subsistencia y lucha por la tierra, por un modo de vida y por la libertad. Dejar lejos de vuestra mente los prejuicios y los condicionantes ideológicos modernos y, siendo honestos con los huesos de las tumbas sitas en vuestros concejos y municipios, si recuperáis la memoria cierta de los que fabricaron y vieron los capiteles de vuestras iglesias románicas podremos rendirles homenaje en fecha tan señalada (16 de julio de 2012). Si lo deseáis y os comprometéis a ello, podremos entre todos los castellanos preparar un acto altomedieval (siglos XII y XIII) en el campo de batalla en recuerdo de aquellas mujeres y hombres cuyo sacrificio nos dio las libertades que hoy día disfrutamos. El verdadero pendón de Castilla y, tras él, todos los pendones de vuestros concejos con mil peones equipados sintiendo amor por su tierra sería un verdadero homenaje a todos nuestros antepasados. El honor volvería al campo de batalla y Castilla saldría de este terrible sueño del olvido de siglos de abandono. Conmemoremos en Las Navas todas las batallas perdidas y ganadas, honremos a nuestros muertos. Salgamos del sueño del olvido. Si lo deseáis nos veremos, hablaremos y organizaremos, comunalmente unevento sin más interés que honrar a los muertos, nuestra historia y a nuestras tierras:Aragón, Castilla y Navarra.

Simbolización del estilo español.


Decíamos ayer que la nación no es ninguna cosa material de las que hay en la naturaleza. No es una raza, ni una sangre. No es un territorio, ni un idioma. Tampoco, como creen algunos pensadores modernos, puede definirse como la adhesión a un determinado pasado o a un determinado futuro. La nación, por el contrario, es algo que comprende por igual el pasado, el presente y el futuro; está por encima del tiempo; está por encima de las cosas materiales, naturales; por encima de los hechos y de los actos que realizamos. La nación es el estilo común a una infinidad de momentos en el tiempo, a una infinidad de cosas materiales, a una infinidad de hechos y de actos, cuyo conjunto constituye la historia, la cultura, la producción de todo un pueblo. La nación española es, pues, el estilo de vida que ostentan todos los españoles y todo lo español, en los actos, en los hechos, en las cosas, en el pensamiento, en las producciones, en las creaciones, en las resoluciones históricas. Ahora bien; ¿en qué consiste ese estilo propio de España y de lo hispánico? ¿Qué es la hispanidad? Tal fué el problema que dejamos planteado ayer para la conferencia de hoy: el de evocar -puesto que definir no es posible- ante ustedes la esencia del estilo español. Y digo que un estilo no puede definirse, porque el estilo no es un ser -ni real, ni ideal-; no es una cosa, no es un posible término ni de nuestra conceptuación, ni de nuestra intuición. Hay cosas que no pueden definirse -como por ejemplo, un color-, pero que son objeto de intuición directa. El estilo no es tampoco de estas cosas; porque el estilo no es cosa, sino «modalidad» de cosas; ni es ser, sino «modo» de ser. No es un objeto que nosotros podamos circunscribir conceptualmente, ni señalar intuitivamente en el conjunto o sistema de los objetos. El estilo no puede, pues, ni definirse ni intuirse. Entonces, ¿qué podemos hacer para conocerlo? ¿Cómo podremos formarnos alguna noción, o idea, o evocación, o sentimiento, de lo que es el estilo hispánico? Lo mejor que podríamos hacer sería, sin duda, entrar en trato profundo y continuado con ese estilo; sumergirnos durante largas semanas y meses en el estudio de la historia de España; estar con los españoles, que fueron, en un largo comercio de íntima familiaridad; recorrer la península ibérica; contemplar sus paisajes; visitar sus ciudades, sus pueblos, sus aldeas; conversar con sus habitantes; admirar los cuadros que los españoles han pintado, las estatuas que han labrado y los edificios que han construído; leer las obras de su literatura y de su ciencia; oír sus cantos y sus músicas; mirar sus bailes; en suma, convivir real e intuitivamente con todas las manifestaciones de su vida pasada y presente. Y, al cabo de esa larga y variada convivencia con todo lo hispánico, con todas esas cosas en que está impreso el estilo, el modo de ser hispánico, tendríamos en nuestro espíritu una noción clara, precisa, intuitiva, aunque inefable e indefinible, del estilo español. Pero este camino sería extraordinariamente largo y sólo practicable para contadísimas personas. Hay, pues, que buscar un sustituto. ¿Cuál? El único que en este caso se ofrece a las posibilidades humanas: la simbolización. Busquemos un símbolo, esto es, una figura que descifre y evoque todo ese montón de formas, esas modalidades en las cuales el estilo de la nacionalidad española se documenta. Cuando algo no puede ni definirse ni señalarse con el dedo; cuando algo no tiene posible concepto ni posible intuición, entonces la única manera de descifrarlo y evocarlo consiste en descubrirle algún símbolo adecuado. Símbolo es una figura real -objeto o persona- que, además de lo que ella es en sí y por sí misma, desempeña la función de descifrar y evocar algo distinto de ella. La bandera es un símbolo. La balanza de la justicia es un símbolo. De igual manera, ¿no podríamos descubrir alguna figura de cosa o de persona que nos empujase irremediablemente hacia ciertos pensamientos, ciertos sentimientos, ciertas emociones e intuiciones similares o idénticas a esa «modalidad» del ser hispánico? Intentémoslo y preguntemos, ante todo: ¿en qué figura podría simbolizarse lo español, el estilo de la hispanidad? No podrá, desde luego, simbolizarse en una cosa. Para simbolizar un modo de ser viviente, una cosa inánime no sirve. La figura simbólica tendrá, pues, que ser figura de persona viva, un ser humano, un hombre. Puesto que lo que se trata de simbolizar aquí es un estilo de vida, el camino para hallar el símbolo no podrá ser otro que el de buscar en el arsenal de nuestra historia y de nuestra cultura españolas alguna figura humana que sea típica y que, sin ser real -pues sería entonces harto limitada-, designe en su diseño psicológico, con amplitud suficiente, la modalidad particular del alma española. ¿Dónde encontraremos semejante figura, que no siendo real se aplique, sin embargo, a la realidad hispánica y que no caiga en el peligro de la fría abstracción y del mero esquema? Lo primero en que se nos ocurre pensar es el arte. En las producciones del arte tenemos, efectivamente, un buen repertorio de figuras irreales y, sin embargo, concretas, y bien llenas de espiritualidad y de estilo hispánicos. Una solución muy atractiva sería, por ejemplo, la de simbolizar el estilo español en las figuras de Don Quijote y Sancho. Encontraríamos, sin duda, en ellas, un gran número de alusiones y evocaciones de la eterna hispanidad. También podría elegirse la figura artística del Cid. Acaso, igualmente, alguna traza sacada de un cuadro español famoso. Así no sería mal símbolo del estilo español la figura central del cuadro de Velázquez denominado las Lanzas. En esta escena vemos a Espínola recibiendo con gesto de suprema elegancia y benevolencia las llaves que entrega el burgomaestre de la ciudad de Breda. El contraste entre los dos personajes es notabilísimo. Velázquez ha sabido, con intuición genial, cifrar en esas dos figuras los estilos de dos pueblos completamente dispares. También el retrato del Greco, conocido bajo el nombre de «el caballero de la mano al pecho», nos proporcionaría quizás un elocuente símbolo de la humanidad española.

El caballero cristiano





Pero todas estas figuras, tomadas del tesoro artístico de España, tienen un grave inconveniente: su excesiva determinación, su adscripción marcada a un momento, a un lugar o a una esfera de la realidad vital. Y esta determinación excesiva les impide desempeñar con plenitud de valor la función de símbolos de la hispanidad integral. Podrán, sin duda, plasmar con acusado relieve, en trazos inolvidables, una o dos o tres cualidades de la índole hispánica; pero no es fácil que tengan la universalidad que para nuestro intento se requiere. Nuestro intento, efectivamente, no es sólo de evocación concreta, sino también de sugestión amplia; es, a un tiempo mismo, sentimental, intuitivo e intelectual, discursivo. Los símbolos procedentes de esferas demasiadamente acusadas y de concreciones demasiadamente limitadas, correrían el riesgo de reducir con exceso el área de su vigencia y aplicación. Más que una figura, lo que necesitamos, pues, para simbolizar la hispanidad, es un tipo, un tipo ideal; es decir, el diseño de un hombre que, siendo en sí mismo individual y concreto, no lo sea, sin embargo, en su relación con nosotros; un hombre que, viviendo en nuestra mente con todos los caracteres de la realidad viva, no sea, sin embargo, ni éste, ni aquél, ni de este tiempo, ni de este lugar, ni de tal hechura, ni de cual condición social o profesional; un hombre, en suma, que represente, como en la condensación de un foco, las más íntimas aspiraciones del alma española, el sistema típicamente español de las preferencias absolutas, el diseño ideal e individual de lo que en el fondo de su alma todo español quisiera ser. Los antiguos griegos, para representar plástica e intuitivamente el estilo de su nación, forjaron el término bien expresivo de kalós kai agathos ; el hombre bello y bueno. La síntesis de esas dos virtudes, material y corpórea la una, moral y cordial la otra, simbolizan perfectamente el ideal humano, que, más o menos claro, se cernía ante la mirada de todos los griegos clásicos. Del mismo modo, el ideal humano, que los romanos clásicos aspiraban a realizar, puede también condensarse o simbolizarse en los dos términos famosos del otium cum dignitate , que dibujan inequívocamente la gravedad honorable del patricio, alejado de todo negocio ( nego otium ) y exclusivamente dedicado a la administración de sus bienes, de la república y de la honra personal y familiar. Y para no citar sino un solo ejemplo de naciones modernas, recordad la significación de infinitas resonancias que tiene para los ingleses la palabra gentleman , donde se concreta y a la vez se condensa toda una ética, una estética, una sociología y, en suma, la manera misma de ser típica del pueblo inglés.
Pues bien, yo pienso que todo el espíritu y todo el estilo de la nación española pueden también condensarse y a la vez concretarse en un tipo humano ideal, aspiración secreta y profunda de las almas españolas, el caballero cristiano. El caballero cristiano -como el gentleman inglés, como el ocio y dignidad del varón romano, como la belleza y bondad del griego- expresa en la breve síntesis de sus dos denominaciones el conjunto o el extracto último de los ideales hispánicos. Caballerosidad y cristiandad en fusión perfecta e identificación radical, pero concretadas en una personalidad absolutamente individual y señera, tal es, según yo lo siento, el fondo mismo de la psicología hispánica. El español ha sido, es y será siempre el caballero cristiano. Serlo constituye la íntima aspiración más profunda y activa de su auténtico y verdadero ser -que no es tanto el ser que real y materialmente somos, como el ser que en el fondo de nuestro corazón quisiéramos ser. Vamos, pues, a intentar un análisis psicológico del caballero cristiano, de ese ser irreal, que nadie ha sido, es, ni será, pero que -sépanlo o no- todos los españoles quisieran ser. Vamos a intentar describir a grandes rasgos la figura del caballero cristiano, como representación, símbolo o imagen del estilo español, de la hispanidad. ¿Qué siente, qué piensa, qué quiere el caballero cristiano? ¿Cómo concibe la vida y la muerte? ¿Cómo cree en Dios y en la inmortalidad? ¿Cuál es el matiz de su religiosidad? ¿Cuál es, en suma, su sistema de preferencias absolutas? Esta descripción interior del caballero cristiano es la única manera posible de determinar -en cierto modo- la esencia de la hispanidad, el estilo de la nación española.