martes, 29 de septiembre de 2009

Guzmán '' el Bueno''



Hoy, hace unos ochociento años, tuvo lugar una gesta propia de un pueblo como el español. Hace ochocientos, un hombre, sacrificó lo que más se quiere, un hijo, en aras del deber para con su rey y patria. Hoy en día nadie lo recuerda, como tampoco se recuerda a muchos otros grandes héroes de esta nación. Estoy hablando de Guzmán ''el Bueno''.

Durante el cerco de tarifa, por las hordas moras, su hijo fue usado por el infante Don juan como chantaje emocional para que rindiera la plaza, sino la rendía vería morir a su hijo. Haciendo uso de una estoicidad digna de un pupilo de Séneca, lanzó su propia ''misericordia'' a los moros para que mataran con esa misma arma a su segundo hijo. Cosa que hicieron. Las trops de Guzmán aguantaron el sitio hasta que llegó la ayuda castellana. Aquella gesta bélica, recorrió toda España hasta convertirse en un orgullo nacional. Pocas naciones tienen hombres que sean capaces de sacrificar un hijo.

No podemos olvidar, no podemos perdonar.

¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA!

sábado, 26 de septiembre de 2009

"La burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia"

La burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia", una de las frases el último discurso radiado de Durruti en Barcelona.

No, no pretendo hacer de un revolucionario un profeta, pero si existen o han existido, es por esas pequeñas casualidades de la vida. Este puede ser el caso, pero ¿podemos hacer un paralelismo de la antigua burguesía con las modernas empresas y corporaciones? Creo que por herencia y métodos, si. Quizá estemos más cerca de esa "última fase de nuestra existencia" de lo que pensamos.




Sobre nosotros como "sociedad masa"
Nuestra sociedad ha degenerado. No hay pensamiento alternativo, y eso que vivimos en la sociedad de la información, y la circulación de esta no se limita. Puede ser incluso este el problema, ante tal océano de datos que nos ofrecen las nuevas tecnologías, preferimos quedarnos con las ya existentes, como la radio y la televisión, que nos brinda pequeños resúmenes informativos, escupimos lo que nos dicen estas sin darnos mucha cuenta de que cada una de ellas, baila al son que le marca la empresa o corporación que es poseedora de la misma.

La TV ha cambiado nuestras vidas, nos ha "relajado", pero no sólo ha sido culpa de esta, también es nuestra. Trabajamos a cambio de un salario, de una pequeña porción de lo que las empresas y corporaciones manejan, aceptamos su juego a cambio de lo que se nos prometió, de lo que traería consigo la liberalización de mercados, riqueza global, bienestar, democracia paz... pero nada de esto se ha cumplido. Actualmente mueren a la semana más de 600.000 personas (sólo de hambre) en el mundo, el 2006 terminó con una cifra record de empobrecimiento, alcanzando a final de año el 50% de la población mundial que vive con menos de 3 dólares al día, y vivimos las guerras más descaradamente egoístas e hipócritas de nuestra historia. ¿Dónde está lo prometido? ¿Sigue "en proceso"? ¿Y mi libertad para decir "no quiero jugar a esto"?

Sin embargo, en el caso de la sociedad española, parece estar más pendiente de las comedias de nuestros políticos nacionales, futbolistas y famosillos casposos, mientras que los problemas graves están ahí fuera, y los que mueven los hilos, hace mucho que dejaron de ser los políticos que elegíamos cada 4 años para ser los empresarios y accionistas, que no elegimos. Si no actuamos es por que no lo vemos, y si no lo vemos, es por que no queremos.

La liberación de mercados, que tan bonito sonaba, está arruinando el mundo. El ejemplo más claro es la crisis Argentina, un gobernante "socialista" liberalizó legal y ¿democráticamente? las compañías de agua, transporte, teléfonos, petrolíferas y de gas, que otras compañías extranjeras se adjudicaron por menos de su valor real. La riqueza del país más rico de latinoamérica se volatilizó igual que su clase media, millones de personas quedaron en el paro y se arruinaron por que no pudieron acceder a los ahorros de toda su vida, el estado en nombre del "equilibrio capitalista" se los negó. La gente de dinero se sostuvo bastante bien en esa crisis.

El mundo se está deteriorando de muchas formas, se divide definidamente en ricos y pobres, se arrasan paises enteros con guerras absurdas, se deteriora irremediablemente la naturaleza. El mundo se va al carajo de tantas maneras pero tan sutiles, que parece que no nos damos cuenta.

La semilla de la decadencia germina, el apogeo de nuestra civilización ha pasado y el bajón generalizado está mas cerca. De como venga un cambio, o como pase, no me atrevo a pensarlo, no soy profeta, pero me da que por esas casualidades de la vida, no voy desencaminado al predecirlo. Hay pistas de sobra para empezar a pensar que nos hemos equivocado, y que debemos de empezar a pensar en otras soluciones, que compatibilicen la vida, la libertad, el equilibrio mediambiental...La solución está en la Tradición.




O
18 de Julho de 1936 segue sendo uma data chave e, por conseguinte desencadeante. A folha do calendário que marcava o dia, o mês e o ano, foi despreendida, mas o acontecimento que moldurava continua vivo, porque foi transcendente, saltando a fronteira temporal de um moment fugitivo. Iniciava-se o “Alzamiento” militar na Espanha. Tinha um respaldo civil importante. Respondia a uma exigência biológica nacional. Contava com uma doutrina e um programa político entranhado na História e com prejeção de futuro. Não foi um pronunciamento castrense ao estilo século XIX, nem uma luta entre facções que aspiravam a conquista do poder. Não foi uma guerra civil quimicamente pura. Foi o projeto beligerante e castrense de um combate ideológico no qual se debatia o substancial, no qual ser tornou necessário e urgente, como havia dito José Antônio Primo de Rivera, dar a existência para salvar a essência. Por isso a disputa espanhola ficou “ab initio” desenfreada. Desenfreada, porque adquiriu dimensões universais; e não só pela presença em uma e outra frente de voluntários não espanhóis, senão porque em cada nação do planeta o enfrentamento se produziu à nível de simpatia e até de ajuda a um ou ao outro grupo em questão. Desenfreada, porque os valores em jogo, os que haviam informado a Cristandade, como manifestação política do Cristianismo, elevaram a luta à categoria de Cruzada, como a Igreja a qualificou reiteradamente.
Fé e Pátria, Altar e Família, foram, em síntese, as idéias que mobilizaram uma das melhores gerações espanholas de todos os tempos a empunhar as armas ou a morrer, sem uma queixa, vitimada em parte pelos inimigos, nas imediações dos cemitérios, nos porões dos navios de carga, nas desembarcações dos portos, no rocondito das minas, na beira dos caminhos. Esses ideais tornaram possível manter nossas constantes históricas, como a resistência de Numancia e Sagunto, renovadas no Santuário da Virgen de la Cabeza e no Alcazar de Toledo, o a do patriotismo sacrificado que espreita a voz e o instinto do sangue, como o de Guzmán o Bom, atualizado pelo Coronel Moscardó. Com essa armadura espiritual se explicam os heróis e os mártires, e os processos de beatificação e canonização das Carmelitas de Guadalajara e os Passionistas de Daimiel, entre tantos outros. E a eles seguem e seguirão os milhares que aguardam ainda a pública e solene proclamação oficial de suas virtudes exemplares.
O Estado que começou a construir-se a partir do “Alzamiento”, que foi gestando-se na tensão guerreira da Cruzada e que se aperfeiçoou em decorrência da vitória de 1º de Abril de 1939, quis inspirar seu ordenamento jurídico no Evangelho, e transformar a vontade do espanhol de tal maneira, que esquecera aquela frase decadente e pessimista de Cánovas del Castillo, “espanhol é o que não pode ser outra coisa”, e assimilar até a medula a de José Antônio Primo de Rivera: “ser espanhol é uma das poucas coisas sérias que se pode ser no mundo. Uma e outra frase simbolizam a geração resignada e chorona de 1898 – por muitos que fossem seus méritos literários – e a geração otimista e empreendedora de 1936.
Espanha surgiu da miséria material e moral. O país foi reconstruído e “mudou de pele”. A revolução industrial se fez com êxito, não obstante seu atraso e o cerco exterior, injusto e imposto pelo triunfo aliado e sua debilidade ante a pressão comunista. Os espanhóis se reconciliaram e um largo período de paz interior, pouco corrente em nossa História, surpreendia a um mundo que olhava com assombro – amor, inveja, ódio – a força operativa de uma Espanha que havia reencontrado a si mesma. Não quero comparar essa Espanha com a Espanha de hoje. A análise de uma mudança profunda para pior, como a que agora está se produzindo, e que incide por sua gravidade na subsistência da Espanha como ser coletivo, o estudo das causas que tem conduzido a esta mudança e a contemplação dos grupos e forças – não só políticas – que a respaldaram e respaldam, exigiria um trabalho mais extenso que não passa, sem embargo, o terreno do esquecimento.
A Cruzada espanhola, a última cruzada, está ai – em que pese a manipulação intencionada – como um ponto de reflexão intelectual, mas também como uma bandeira alçada ou uma convocação viril para os homens que não querem converter-se em marionetes ou para as pátrias que se negam a converter-se em colônias.

Oración paracaidista.




¡ SEÑOR DIOS Y JEFE NUESTRO!

Ante el puesto difícil
que elegimos voluntariamente,
venimos a Ti.
Porque, queremos ser
el mejor soldado de la Patria;
porque tenemos sentido del riesgo,
cara a la muerte.
Porque nos sacude el alma,
ante un abismo abierto
con su ingrata incertidumbre.

¡ Te pedimos Señor!

Luz para proyectarla
sobre el auténtico valor de la vida,
cuando se gane o se pierda
en aras del deber.

Serenidad que sujete nuestros ánimos
ante el vértigo del instinto y del mundo;

Optimismo espiritual
para conseguir que sean nuestros
el Valor,
Amor al sacrificio,
Dureza,
Fortaleza,
Generosidad
y auténtico Compañerismo .

viernes, 25 de septiembre de 2009

Sí, soy español

soy un español por qué...

  • creo en Dios sobre todas las cosas
  • estoy en contra del aborto y eutanasia
  • estoy en contra de la investigación con embriones y celúlasmadre
  • soy católico
  • soy patriota y amo a mi patria España
  • solo hay un matrimonio, el que existe entre un hombre y una mujer
  • creo que la familia es el pilar básico de la sociedad y debe ser defendida
  • no dialogo con terroristas y asesinos, deben ser encarcelados
  • estoy en contra totalmente de las drogas
  • me siento orgulloso de nuestra historia y de nuestro ejercito
  • existe la verdad absoluta, el relativismo moral es absolutamente falso
  • toda región de España debe tener los mismos derechos y obligaciones
  • creo en el derecho de los padres en educar a sus hijos, ese derecho nunca debe ser del estado

  • estoy orgulloso de ser español aunque a veces sea duro
  • respeto y creo en los símbolos patrios, bandera, himno etc
  • creo que los terroristas no deben tener más privilegios que sus víctimas
  • creo en el honor, la lealtad, la fidelidad, amor, honestidad y la integridad de la persona
  • creo en la unidad de España y no en su fractura y nacionalismos extremistas
  • creo que mi vida no es más importante que unos ideales superiores, Dios, patria, familia
  • creo que la educación, cortesía, pensar en los demás antes que en uno mismo, caballerosidad no son cosas de siglos pasados
  • honro la memoria de todos aquellos que dieron su vida por España
  • respeto y obedezco al Papa, la Iglesia y antepongo esto a cualquier político
  • admito a los inmigrantes que vienen a trabajar, pero en ningun caso a los que vienen a delinquir, pandilleros o a no colaborar por la construcción de España
  • no llevo tatuajes, ni piercings, ni greñas, cuido mi ciudad, mi país, obedezco la ley, respeto a la autoridad
  • simplemente cumplo con mi deber, con mi trabajo, mi familia, mi iglesia sin desear mal a nadie, siempre dando gracias a Dios por todo
  • Respeto a las personas por el mero hecho de serlo, un respeto añadido a los mayores
  • creo que Franco hizo cosas muy buenas y aunque como humano cometió errores, sus aciertos los eclipsan, gracias a el España se libró de la tiranía comunista y puedo profesar mi fe en paz sin ser perseguido.
  • creo en el codigo de la caballería y del honor, para mi la palabra de un hombre vale tanto como el.
  • creo en Dios sobre todas las cosas
Por esto y por muchas cosas más soy un español, un reaccionario, un retrogrado, un anticuado, un carca, etc..., para todos aquellos que no toleran esta forma de ser, estos principos, estos valores.

¿Que le voy a hacer? Si esto es ser un facha, entonces...

¿Por qué faltan poetas y guerreros?





A todos aquellos guerreros que mataron y muriendo vienda la cara del enemigo.


La poesía y la guerra nacieron juntas. Cuando el hombre tantea la muerte, siente indefectiblemente la necesidad de vincularse a algo más elevado que él mismo, superándola. Los pueblos indoeuropeos nos han dejado extensos testimonios de ese intento. El Bhagavad Gita, la Ilíada, las Sagas, el Ciclo del Grial, los Cantares de Gesta. Todo forma parte de un intento de superación de la muerte mediante símbolos estéticos, que son también símbolos sagrados.
En el instante extremo del combate es muy poco lo que puede considerarse esencial. Los antepasados y los dioses se convierten entonces en parte del guerrero. Viven ya en un mismo mundo, definitivamente, aunque el guerrero se mantenga todavía con vida.
Por eso van juntas la poesía y la guerra, porque los valores del último instante son de algún modo absolutos, y porque la muerte material debe ser superada por un alma inmortal que se lo ha ganado en la batalla.
No hay nada más poético que la muerte de un guerrero. Esa muerte implica un cambio en el universo mismo, en la sucesión de la sangre, en la comunidad que lo ha engendrado y seguramente también en los mundos invisibles donde viven los guerreros que lo han precedido.
No hay guerra sin poesía. La muerte convierte al caído, ipso facto, en un superhombre. No importa que un poeta no cante esa muerte en particular. Podría decirse que no hay muertes particulares cuando se ha ingresado como ciudadano en esa república aristocrática de la muerte con honor.
Existe, sin duda, una gloria común a todos los leales. Y dos veces benditos son los que además de pelear sinceramente, lo hacen por una causa justa. Los sinceramente equivocados tendrán también su paraíso, pero los sinceros de justas causas se elevarán sin duda a la categoría de semidioses.
En la entrega de la sangre está seguramente la estética absoluta de un espíritu poético, porque la sensibilidad del poeta y del guerrero son similares. Sólo es diferente su forma de atravesar la realidad, en un viaje hacia una realidad superior y pura, luminosa y fatal. Sobrehumana, en el sentido nietzscheano.
A medida que la edad oscura avanza, resulta más extraño encontrar una expresión o una acción heroica. Ya casi no hay poetas ni guerreros. Se han convertido en parte de una realidad extemporánea. Los hombres de esta época se mueren de forma intrascendente.
La degradación torna difícil la poesía, que desaparece como va desapareciendo la guerra en el sentido antiguo. Muy pocos hombres comprenden hoy el sentido primordial y sagrado de la poesía y de la guerra.
Algún día, pasados milenios de milenios, ese sentido sacro de las cosas volverá, para expresarse nuevamente en su real dimensión. Mientras tanto, siempre hay un pequeño espacio y un breve instante donde la estética y el pensamiento atraviesan la oscuridad. Es un punto a veces mínimo, pero a través de él podemos atravesar la eternidad, como nuestras abuelas enhebraban el hilo de coser en una aguja.

martes, 22 de septiembre de 2009

DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA

Diez galeras tomó, treinta bajeles,

ochenta bergantines, dos mahonas;
aprisionóle al turco dos coronas
y a los corsarios suyos más cueles.

Sacó del remo más de dos mil fieles,
y turcos puso al remo mil personas;
y tú, bella Parténope, aprisionas
la frente que agotaba los laureles.

Sus llamas vio en su puerto la Goleta;
Chicheri y la Calivia saqueados,
lloraron su bastón y su jineta.

Pálido vio el Danubio sus soldados,
y a la Mosa y al Rhin dio su trompeta

Ley, y murió temido de hados.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El precio del honor.






¡Magnífico señor este don Pedro III el Grande, Rey de Aragón! Considerándose con derecho a la corona de Sicilia, hacia sus costas encaminó sus naves levantinas.

¿Quién gobernaba Sicilia? El príncipe francés Carlos de Anjou. Éste se echó a reir, cuando se enteró de que iba contra él la flota aragonesa; pero ya no se rió tanto cuando en tierras sicilianas desembarcaron las tropas del rey don Pedro.

Tal miedo infundían a los franceses que bastaba el grito de "¡Aragón!" para que las huestes de Carlos de Anjou huyeran despavoridas. Don Pedro trituró a sus enemigos y se hizo dueño de Sicilia, y entonces, el de Anjou, ardiendo en ira, le retó a un desafío personal.

Quedó asombrado el rey don Pedro. ¡Un desafío! Pero ¿puede desafiar un hombre vencido, que además huye cobardemente?. Los nobles caballeros de don Pedro le aconsejaban a éste que no hiciera caso de semejante bravata; pero el rey aragonés, que no quería que se le motejase de temeroso, aceptó el reto, y le mandó recado a Carlos de Anjou a fin de que él mismo eligiese terreno para la lucha. Carlos eligió los alrededores de Burdeos, en Francia.

Estaba don Pedro en Sicilia, al sur de Italia; tenía que abandonar el reino, las tropas, los familiares y emprender un viaje larguísimo...sin embargo, no dudó. Tenía un concepto tan elevado del honor que, haciéndose acompañar de dos caballeros, emprendió el camino de Francia.

El mismo día designado por ambas partes para la lucha, se personó en el palenque de Burdeos. Iba disfrazado con un capuchón, y una vez en medio del palenque se quitó el disfraz. ¡Allí no había nadie! Subió al caballo, tomó la espada en la diestra y puesto en el centro del campo gritó:
- ¡Yo te conjuro, Carlos de Anjou, a que comparezcas en este palenque que tú mismo has elegido para medir tus armas con el Rey de Aragón, Cataluña y Sicilia!
Y seguidamente dio la vuelta a todo el campo. ¡Nada!. Por tres veces repitió su reto. Y en vista de que Carlos de Anjou no hacía acto de presencia, mandó que se levantase acta de la defección de su rival.

Y luego clavando su espada en medio del campo, y dejándola allí como testimonio de que él había comparecido y Carlos no, se volvió tranquilamente a Sicilia.

Elegância

A elegância não se pode explicar. Como a beleza, só se pode mostrar. Não é codificável. Não se pode elaborar um «calhamaço» a que se queira recorrer em caso de dúvida; a pessoa elegante encontra em si própria o modo de vestir-se e de comportar-se.

É, não obstante, um pequeno código de conduta pessoal que se alimenta da experiência, da memória, da tradição pessoal; é algo que se nutre a partir da percepção interior do belo, a partir do costume pessoal do gosto pelo belo. Trata-se, pois, de um pequeno código de conduta que, a cada dia que passa e com a devida medida, se vai renovando.

Não é elegante aquele que se veste sempre do mesmo modo, repete sempre os mesmos gestos e se comporta sempre da mesma forma, independentemente das circunstâncias. É-o verdadeiramente quem, na presença de novas circunstâncias, sabe encontrar um novo modo de comportar-se; aquele que se renova, que se adapta a situações novas. A elegância move-se, então, entre o ritmo tradicional e as exigências que resultam da novidade.

A elegância no vestir tem como pressuposto basilar que o traje escolhido corresponda à idade, personalidade e características físicas de quem o leva e, além disso, se encontre em harmonia com o lugar e a circunstância específica em que está a pessoa que o leva. A elegância preocupa-se, também, com os mais mínimos e, à primeira vista insignificantes, detalhes; é a síntese de poucos e pequenos elementos: uma jóia, um sinto, um par de sapatos, uma mala, um penteado, etc.

Estar na moda nem sempre é sinónimo de se ser elegante. Muito frequentemente, a moda é um factor de… falta de elegância, se não é filtrada pelos critérios estéticos pessoais: um depósito de moda que consiste na própria essência, a forma de apresentar-se, agir, mover-se e vestir-se, que criaram em cada um o seu próprio estilo pessoal.

Se aquilo que está na moda é por si mesmo elegante, mesmo quem não partilha esse estilo, corre poucos perigos ao aderir a essa moda; mas se a moda, por si própria, não reflecte a necessária elegância que deveria reflectir, é muito fácil cair-se na vulgaridade.

domingo, 20 de septiembre de 2009

La monarquía representativa

Los últimos movimientos políticos de tendencia superadora se fundan en lo que se ha llamado una nueva problemática que, si en mucho es hija de este siglo, no sorprende, sobre todo a los que conocen la historia, por su novedad.

Es innegable que por todas partes se tiende a superar la vieja división de derechas e izquierdas. Se trata de un proceso largo, lento, con todo el lastre que se quiera, pero innegable. Tan innegable que la división clásica entre derechas e izquierdas en la mayoría de los países poco a poco parece convertirse en una categoría meramente histórica, derivada de los problemas de un momento y llamada a ser superada al ritmo que se vaya acentuando la problemática social.

En España ha de señalarse no sólo en el campo tradicionalista, sino incluso en los políticos de la vieja escuela y de aquellas Cortes totalmente dominadas por una interpretación individualista de la sociedad y del Estado, observaciones como las que hizo Cánovas, en 1899: «El Estado del porvenir ha de estar influido, antes que por nada, por el hecho novísimo de que sobre los antiguos problemas políticos, claramente preponderará el problema social». Y citamos a Cánovas por citar no a un teórico, sino a un estadista.

Hoy las características de esta problemática social no ofrecen dudas. Relega a segundo plano, por hastío unas veces y otras por ineludible necesidad las divisiones meramente partidistas y hace surgir a la superficie un nuevo tipo de política más concreta, [6] más administrativa y técnica. Existe un fuerte lazo social que sustenta los problemas planteados y que empuja a laborar en común por encima de las divergencias de los partidos.

Una concepción política de este tipo, que es la que tiende a imperar, más o menos acusadamente en todos los países occidentales, ofrece de modo fundamental una gran ventaja y un gran inconveniente. Ventaja fundamental es la acentuación de su política de realidades y no la de los ideólogos. Inconveniente: no ver en la política algo superior a lo meramente administrativo o técnico, desvirtuando la misión creadora y rectora del poder, que sobre todo, es cosa del espíritu.

Pero aunque algunos lectores se extrañen, planteadas las cosas así, estamos en el mejor camino para hablar de la monarquía social y representativa, la llamada monarquía tradicional, con la particularidad de que a estas alturas podemos hablar de ella no como suele hacerse en la mayoría de los casos desde los principios, sino desde la realidad. Desde esa realidad que va, más que de la que viene de vuelta. Desde la evolución de la misma sociedad, más que desde el pensamiento.

En el verdadero y auténtico orden social postulado por la Monarquía representativa, todo es representación identificada con la esencia misma de la sociedad. El fenómeno es tan complejo, que se apodera de toda la vida social y en gran parte la explica. Los hombres no lo pueden hacer todo por sí mismos. Unos obran por otros. Los padres por los hijos. Los maestros por los discípulos. Los jefes por sus oficiales. Es algo tan instintivo que exige reflexionar. Organización y representación son dos caras de un mismo fenómeno. Por algo la tendencia de los Estados modernos es la de ser más administrativos que gobernantes.

Pero, si bien organizarse y administrarse es algo común a todo ser normal, el gobernar un país fue siempre tarea para pocos. Mientras se diga que los representantes están para representar, todo es claro. Nada hay más simple. La oscuridad empieza al decir que los representantes están para gobernar. No es extraño, pues, que haya algunas perplejidades ante los problemas que plantea la estructuración y realización de esa [7] Monarquía Social y Representativa, sobre la que aún existen tantos equívocos. Si bien está en franca disconformidad con todo régimen totalitario, no quiere decir, de ningún modo, regreso o reincidencia, definiríamos mejor, en formas parlamentarias de ingrato recuerdo; las cuales, originadas por un mandato amorfo e inorgánico tienen por otra parte viciado, un ejercicio de minorías mandatarias, por el más radical sometimiento y esclavitud a lo que se llamaba disciplina de los partidos. La Monarquía Social y Representativa atiende fundamentalmente el derecho de los pueblos a estar correctamente representados ante el poder político, aunque esa representación política no tenga necesariamente que estar elegida mediante el sufragio universal e inorgánico.

Una de las mayores paradojas del mundo político moderno consiste en que el sufragio universal desvirtuó al principio de representación. Y una de las tareas fundamentales de la nueva Monarquía es vigorizar el verdadero sentido de la representación, ahora, precisamente ahora, cuando los países clásicos de la libertad parlamentaria se ven forzados a revisar las debilidades de su sistema institucional y atraviesan por reacciones similares a las de los países totalitarios.

En la Monarquía social y representativa, la participación del pueblo no constituye la autoridad, pero es indispensable como factor asistente de la misma. El poder político no se origina por decisión popular, sino que tiene por sí mismo entidad propia y necesaria. No se puede mandar, si no existe en el ánimo de los hombres un fondo de adhesión espiritual, una manifestación de opinión. El poder será popular, por lo tanto, no en el sentido de que sea el pueblo quien se sienta originario y creador del poder, sino cuando, una actitud superior –que en última instancia, como siempre, viene de arriba– se redondea con la adhesión de todos. El poder siempre es engendrado de modo bilateral y no como cualidad inherente de un modo exclusivo al depositario. Mandar y obedecer recíprocamente se compenetran. La relación entre poder y pueblo, en el fondo, será una relación diferencial, si bien mucho más estrecha que la propugnada por los mismos sistemas democráticos. Porque todo poder requiere confianza, [8] y si la autoridad viene de arriba, la confianza en política, como decía el abate Sieyes, viene de abajo. El poder precisa el asentimiento del pueblo más que su colaboración. Sin autoridad no existe obediencia y sin confianza no es posible la representación.

Reflexión ésta de acuciante actualidad, cuando la Política española ha llegado a un momento clave desde la trayectoria iniciada con el alzamiento de 1936 y cuando se trata de estructurar definitivamente al país creando las instituciones propias de un reino que garantice la continuidad y la vigencia ineludible del espíritu condensado en aquella fecha.

Sabemos que en los últimos años por las confusiones de nuestro lenguaje al uso se ha venido cometiendo un error importante al hablar de la Monarquía. Se habla de ella, únicamente como de una forma política, y se ignora sus raíces psicológicas, su misión en el orden social, no sólo como elemento de estructura jurídica para ejercer determinadas funciones de autoridad, sino también como factor de convivencia, por razón del respeto que inspira. A esta confusión contribuyó la falta de sistemática de la monarquía constitucional y parlamentaria, de tal modo que del 14 de abril de 1931, se ha dicho que fue la fecha en que la República se quitó la corona.

Pero así como en la órbita de los fenómenos químicos, existen unos cuerpos llamados catalizadores que con su mera presencia aceleran o frenan determinados procesos, en el orden social, existen catalizadores de sentido positivo o negativo.

En España la República viene a ser como un catalizador del desorden, el sectarismo, la subversión de valores morales, la proliferación de focos demagógicos y anárquicos, la chabacanería. Ante su presencia, se ha podido experimentar cómo las mejores voluntades fallan y la convivencia se hace imposible.

La Monarquía, por el contrario, con todas sus Instituciones –desde la Corona, hasta la encarnación de autoridad o representación en las de menor extensión o responsabilidad–, patentiza un auténtico foco de polarización ante cuya sola presencia se posibilita el respeto, sin el cual no hay convivencia, ni disciplina social, ni eficacia en los proyectos colectivos.

Es inevitable que existan todavía equívocos entre la gran [9] masa; pero, pocos movimientos políticos habrán en el mundo que puedan ofrecer lo que el pensamiento tradicional español. Él vio caer a uno y otro lado, perderse en el olvido, en el siglo y cuarto que lleva de existencia, tanto fuerzas de izquierdas como de derecha que se presentaron con alardes de portavoces de su tiempo y del futuro. La corriente minoritaria que en el transcurso de la Monarquía liberal y la República propugnaron ese sistema tradicional, se ve ahora reforzada con el apoyo de las promociones que en 1936 se hallaron ante una realidad en cuya génesis no tenía responsabilidad y con el testimonio valioso de algunos de los más destacados intelectuales europeos y norteamericanos de nuestros días.

¿Por qué es tan malo el sistema político actual, el de la democracia liberal?

La democracia liberal hace depositario de la soberanía al pueblo representado en el parlamento. Esta representación se hace a través de estructuras de poder llamadas partidos políticos, implantados en la sociedad pero no emanados de forma natural de ella. Los partidos tienen como objetivo obtener cuotas de poder, y para alcanzarlas deben crear una división artificial entre los españoles para que, rechazándose unos a otros, cada uno apoye a su partido y le ayude. Se siembra el odio que actualmente padecemos, en nombre de ideologías que se justifican por si mismas y que no reconocen un sistema de valores superior, pudiendo ser, como vemos cada día, enormemente perversas y dañinas para la legislación. La estatalización de la sociedad se torna inevitable. Asimismo, los representantes en el parlamento, al tener un período de cuatro años inamovible, pueden votar en el mismo sin tener en cuenta en absoluto los intereses de aquellos que les han elegido. Como ocurre en la actualidad, los representantes del pueblo se pliegan a lo que les ordenan sus direcciones políticas, antes que buscar el bien de sus representados.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Catolicismo e hispanidad

Toda la obra aqui expuesta proviene de:

http://hispanidad.tripod.com/goma.htm

Esta es la síntesis de mi discurso. Ni podía ser otra, por mi carácter de obispo católico que ha venido a estas Américas para presenciar esta función de catolicismo, el congreso eucarístico, una de las más fastuosas que habrán presenciado los siglos cristianos, culminación del espíritu que la vieja España infundió en estas tierras americanas, ni por la misma naturaleza de las cosas; porque si no puede olvidarse la historia sin que sucumban los pueblos desmemoriados de ella, la historia de nuestra vieja hispanidad es esencialmente católica, y ni hoy ni nunca podrá hacerse hispanidad verdadera de espaldas al catolicismo.

¡Que esto es hacer oficio de paleontólogo, como ha dicho alguien, y empeñarse en vivificar estos grandes pueblos de América enseñándole un fósil como lo es el sistema católico! ¡Que España ha dejado de ser católica, que se ha borrado de su constitución hasta el nombre de Dios y que un español no tiene derecho a invocar el catolicismo para hacer obra de hispanidad!

Un fósil el catolicismo, cuando el espíritu moderno, en medio de las tinieblas y el miedo que nos invaden, sólo está iluminado por el lado por donde mira a Jesucristo; cuando públicamente ha podido decirse: "O la Iglesia o los bárbaros"; cuando este japonés que escribe de historia y de conflictos sociales y de razas, profetiza el choque tremendo del Asia con Europas, y sólo ve flotar sobre las ruinas más grandes de la historia la cruz refulgente a cuya luz se reconstruirá la civilización nueva; cuando los espíritus más leales y abiertos y que más han profundizado en las ideologías que pretenden gobernar el mundo queman los dioses que han adorado y se postran ante Jesucristo, luz y verdad y camino del mundo; cuando el anuncio, hoy hecho glorioso, de que en Buenos Aires, la ciudad nueva que en pocos años ha alcanzado las más altas cimas del progreso, iba a levantarse la Hostia Consagrada, que es el corazón del catolicismo, porque en ella está Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, se ha conmovido el mundo, y han venido acá multitudes de toda la tierra para aclamarle Rey inmortal de todos los siglos. ¡Ved el fósil con que quisiera yo vivificar estas Américas, en cuyas entrañas mi madre España depositó, hace cuatro siglos, esta partícula de Jesucristo, de donde derivó toda su actual grandeza!

¡Que España ha dejado de ser católica! En la constitución, sí; en su corazón, no; y en la entraña llevan los pueblos su verdadera constitución. Yo respeto las leyes de mi país; pero yo os digo que hay leyes que son expresión y fuerza normativa, a la vez, de las esencias espirituales de un pueblo; y que hay otras, elaboradas en un momento pasional colectivo, sacadas con el forceps de mayorías artificiosas manejado por el odio que más ciega, que es el de la religión, que se impone a un pueblo con la intención malsana de deformarlo.

Id a España, americanos, y veréis como nuestro catolicismo, si ha padecido mucho de la riada que ha pretendido barrerlo, pero ha ahondado sus raíces; veréis una reacción que se ha impuesto a nuestros adversarios; veréis que las fuerzas católicas organizan su acción en forma que podrá ser avasalladora; veréis surgir, por doquier, la escuela cristiana frente a la laica, así hecha y declarada a contrapelo por el Estado; veréis el fenómeno que denunciaba Unamuno en metáfora pintoresca, cuando decía que los ateos españoles que, quien más quien menos, llevan sobre su pecho un crucifijo; veréis el hecho real, ocurrido en mi diócesis de Toledo, de veinticuatro socialistas que mueren al estrellarse en un barranco el autocar en que regresaban de un mitin ácrata, y sobre el rudo pecho se les encuentra a todos el escapulario de la Virgen o la imagen de Cristo; y veréis más: veréis cómo los hombres de nuestra revolución mueren también como españoles: abrazados con el crucifijo, es decir, con el fundador del catolicismo que combatieron.

Esto es el catolicismo, hoy; y éste es el catolicismo de España. El catolicismo es, en el hecho dogmático, el sostén del mundo, porque no hay más fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo; en el hecho histórico, y por lo que a la hispanidad toca, el pensamiento católico es la savia de España. Por él rechazamos el arrianismo, antítesis del pensamiento redentor que informa la historia universal, y absorbidos sus restos, catolizándolos en los concilios de Toledo, haciendo posible la unidad nacional. Por él vencimos a la hidra del mahometismo, en tierra y mar, y salvamos al catolicismo de Europa. El pensamiento católico es el que pulsa la lira de nuestros vates inmortales, el que profundiza en los misterios de la teología y el que arranca de la cantera de la revelación las verdades que serán como el armazón de nuestras instituciones de carácter social y político. Nuestra historia no se concibe sin el catolicismo: porque hombres y gestas, arte y letras, hasta el perfil de nuestra tierra, mil veces quebrado por la Santa Cruz, que da sombra a toda España, todo está como sumergido en el pensamiento radiante de Jesucristo, luz del mundo, que, lo decimos con orgullo, porque es patrimonio de raza y de historia, ha brillado sobre España con matices y fulgores que no ha visto nación alguna de la tierra.

Y con todo este bagaje espiritual, cuando, jadeante todavía España por el cansancio secular de las luchas con la morisma, pudimos rehacer la patria rota en la tranquilidad apacible que da el triunfo, abordamos en las costas de esta América, no par uncir el Nuevo Mundo al carro de nuestros triunfos, que eso lo hubiese hecho un pueblo calculador y egoísta, sino para darle nuestra fe y hacerle vivir al unísono de nuestro sobrenaturalismo cristiano. Así quedamos definitivamente unidos, España y América, en lo más substancial de la vida, que es la religión.

Y esta es, americanos y españoles, la ruta que la Providencia nos señala en la historia: la unión espiritual en la religión del Crucificado. Un poeta americano nos describe el momento en que los indígenas de América se postraban por vez primera "ante el Dios silencioso que tiene los brazos abiertos": es el primer beso de estos pueblos aborígenes a Cristo Redentor; beso rudo que da el indígena "a la sombra de un añoso fresno", "al Dios misterioso y extraño que visita la selva", hablando con el poeta. Hoy, lo habéis visto en el estupor de vuestras almas, es el mismo Dios de los brazos abiertos, vivo en la Hostia, que en esta urbe inmensa, en medio de esplendores no igualados, ha recibido, no el beso rudo, sino el tributo de alma y vida de uno de los pueblos más gloriosos de la tierra. Es que este Dios, que acá trajera España, ha obrado el milagro de esta gloriosa transformación del Nuevo Mundo.

Ni hay otro camino. "Toda tentativa de unión latina que lleve en sí el odio o el desprecio del espíritu católico está condenada al mismo natural fracaso"; son palabras de Maurras, que no tiene la suerte de creer en la verdad del catolicismo. Y fracasará porque la religión lo mueve todo y lo religa todo; y un credo que no sea el nuestro, el de Jesús y la Virgen, el de la Eucaristía y el papa, el de la misa y los santos, el que ha creado en el mundo la abnegación y la caridad y la pureza; todo otro credo, digo, no haría más que crear en lo más profundo de la raza hispanoamericana esta repulsión instintiva que disgrega las almas en lo que tienen de más vivo y que hace imposible toda obra de colaboración y concordia.

¿Me diréis que hay otros hombres y otras ideas que pueden servir de base a la hispanidad y amasar los pueblos de la raza en una gran unidad para la defensa y la conquista? ¿Cuáles? ¿La democracia? Ved que en la vieja Europa sólo asoman, sobre el mar que ha sepultado las democracias, las altas cumbres de las dictaduras. ¿El socialismo? Ha degenerado en una burguesía a lo Sardanápalo, porque será siempre una triste verdad que humanum paucis vivit genus: son los vivos los que medran cuando no estorba Dios en las conciencias. ¿El estatismo? Pulveriza a los pueblos bajo el rodaje de la burocracia sin alma. ¿El laicismo? Nadie es capaz de fundar un pueblo sin Dios; menos una alianza de pueblos. ¿La hoz y el martillo del comunismo? Ahí está la Rusia soviética.

Catolicismo, que es el denominador común de los pueblos de raza latina: romanismo, papismo, que es la forma concreta, por derecho divino e histórico, del catolicismo, y que el positivista Comte consideraba como la fuerza única capaz de unificar los pueblos dispersos de Europa. Una confederación de naciones, ya que no en el plano político, porque no están los tiempos para ello, de todas las fuerzas vivas de la raza para hacer prevalecer los derechos de Jesucristo en todos los órdenes sobre las naciones que constituyen la hispanidad. Defensa del pensamiento de Jesucristo, que es nuestro dogma, contra todo ataque, venga en nombre de la razón o de otra religión. Difusión del pensamiento de Jesucristo, del viejo y del nuevo, si así podemos hablar, de las verdades cristalizadas ya en siglos pasados y de la verdad nueva que dictan los oráculos de la Iglesia a medida que el nuevo vivir crea nuevos problemas de orden doctrinal y moral. La misma moral, la moral católica, que ha formado los pueblos más perfectos y más grandes de la historia; porque las naciones lo son, ha dicho Le Play, a medida que se cumplen los preceptos del Decálogo. Los derechos y prestigio de la Iglesia, el amor profundo a la Iglesia y a su cabeza visible, el papa, signo de catolicidad verdadera, porque la Iglesia es el único baluarte en que hallarán refugio y defensa los verdaderos derechos del hombre y de la sociedad. El matrimonio, la familia, la autoridad, la escuela, la propiedad, la misma libertad, no tienen hoy más garantía que la del catolicismo, porque sólo él tiene la luz, la ley y la gracia, triple fuerza divina capaz de conservar las esencias de estas profundas cosas humanas.

Organícense para ello los ejércitos de la Acción Católica según las direcciones pontificias, y vayan con denuedo a la reconquista de cuanto hemos perdido, recatolizándolo todo, desde el a b c de la escuela de párvulos hasta las instituciones y constituciones que gobiernan los pueblos.

Esto será hacer catolicismo, es verdad, pero hay una relación de igualdad entre catolicismo e hispanidad; sólo que la hispanidad dice catolicismo matizado por la historia que ha fundido en el mismo troquel y ha atado a análogos destinos a España y a las naciones americanas.

Esto, por lo mismo, será hacer hispanidad, porque por esta acción resurgirá lo que España plantó en América, y todo americano podrá decir, con el ecuatoriano Montalvo: "¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir animoso, el obrar a lo justo, en nosotros son de España, gotas purpurinas son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mi padre y sigo sus costumbres, ¿cómo haría para aborrecerla?"

Esto será hacer hispanidad, porque será poner sobre todas las cosas de América aquel Dios que acá trajeron los españoles, en cuyo nombre pudo Rubén Darío escribir este cartel de desafío al extranjero que osara desnaturalizar esta tierra bendita: "Tened cuidado: ¡Vive la América española! Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!"

Esto será hacer hispanidad, porque cuando acá reviva el catolicismo, volverán a cuajar a su derredor todas sus virtudes de la raza: "el valor, la justicia, la hidalguía"; y "los mil cachorros sueltos del león español", "las ínclitas razas ubérrimas, sangre de España fecunda", de que hablaba el mismo poeta, sentirán el hervor de la juventud remozada que los empuje a las conquistas que el porvenir tiene reservadas a la raza hispana.

Esto será hacer hispanidad, porque será hacer unidad, y no hay nada, es palabra profunda de San Agustín, que aglutine tan fuerte y profundamente como la religión.

¡Americanos! En este llamamiento a la unidad hispana no veáis ningún conato de penetración espiritual de España en vuestras repúblicas; menos aún la bandera de una confederación política imposible. Unidad espiritual en el catolicismo universal, pero definida en sus límites, como una familia en la ciudad, como una región en la unión nacional, por las características que nos ha impuesto la historia, sin prepotencias ni predominios, para la defensa e incremento de los valores e intereses que nos son comunes.

Seamos fuertes en esta unidad de hispanidad. Podemos serlo más, aún siéndolo igual que en otros tiempos, porque hoy la naturaleza parece haber huido de las naciones. Ninguna de ellas confía en sí misma; todas ellas recelan de todas. Los colosos fundaron su fuerza en la economía, y los pies de barro se deshacen al pasar el agua de los tiempos. Deudas espantosas, millones de obreros parados, el peso de los Estados gravitando sobre los pueblos oprimidos, y, sobre tanto mal, el fantasma de guerras futuras que se presienten y la realidad de las formidables organizaciones nihilistas, sin más espíritu que el negativo de destruir y en la impotencia de edificar.

El espíritu, el espíritu que ha sido siempre el nervio del mundo; y la hispanidad tiene uno, el mismo espíritu de Dios, que informó a la madre en sus conquistas y a las razas aborígenes de América al ser incorporadas a Dios y a la patria. La patria se ha partido en muchas; no debe dolernos. El espíritu es el que vivifica. El es el que puede hacer de la multiplicidad de naciones la unidad de hispanidad.

La Hostia divina, el signo y el máximo factor de la unidad, ha sido espléndidamente glorificada en esta América. Un día, y con ello termino, una mujer toledana, "La loca del Sacramento", fundaba la cofradía del Santísimo, y no habían pasado cincuenta años del descubrimiento de América cuando esta cofradía, antes de la fundación de la Minerva, en 1540, estaba difundida en las regiones de Méjico y el Perú. Otro día Antonio de Ribera coge de los campos castellanos un retoño de oliva y lo lleva a Lima y lo planta y cuida con mimo, ocurre la procesión del Corpus, y Ribera toma la mitad del tallo para adornar las andas del Santísimo; un caballero lo recoge y lo planta en su huerta, y de allí proceden los inmensos olivares de la región. Es un símbolo: el símbolo de que la devoción al Sacramento ha sido un factor de la unidad espiritual de España y América. Que este magno acontecimiento del congreso eucarístico de Buenos Aires sea como el refrendo del espíritu católico de hispanidad, el vínculo de nuestra unidad y el signo que indique las orientaciones y destinos de nuestra raza.

Pan copioso debéis pedirle a Dios y a nuestro mutuo esfuerzo, y con él toda la bendición de la tierra.

Hace pocas semanas que la Unión Iberoamericana circulaba en España una comunicación en que se quejaba de la decadencia del comercio español con las Américas, de la competencia ruinosa de otras naciones, de los errores cometidos por los exportadores nacionales, de lo difícil que será recobrar para España lo que por su culpa se perdió, e invitaba a las entidades del comercio español a una conferencia para el presente otoño. Señores: Si cupiese en los ámbitos de mi jurisdicción, yo diría a la Unión Iberoamericana: os envio mi bendición de obispo español y quisiera que ella fuese prenda de todas las bendiciones del cielo, para España y para América, en orden a la conquista legítima de los bienes de la tierra. y ojalá que al conjuro de esta bendición surgieran de nuestros arsenales las escuadras pacíficas de los transatlánticos y de los zepelines que, en su ir y venir de un mundo a otro, ataran las naciones de la hispanidad con el hilo de oro de la abundancia, y, al par que vaciaran en los puertos de ambos mundos los tesoros de sus entrañas, estrecharan cada día más los lazos espirituales que unen los pueblos de la raza. Que también en los banquetes, en que se refocilan los cuerpos, se comunican los espíritus y se fundan amistades duraderas.

Yo querría hablaros de las características de esta colaboración de España y América en la obra de hispanidad: del espíritu de continuidad histórica, porque la historia es la luz que ilumina el porvenir de los pueblos, y si rechazan sus lecciones, dejarán de influir en lo futuro, pues, como dice Menéndez y Pelayo, ni un solo pensamiento original son capaces de producir los que han olvidado su historia; de este otro espíritu de disciplina, sin el que no se concibe una sociedad bien organizada ni el progreso de un pueblo; porque la disciplina de reyes, hidalgos y misioneros, cualquiera que sean las fábulas sobre nuestra colonización, supo imprimir el sello intelectual y moral de sus almas bien formadas, y de este otro espíritu de perseverancia tenaz, sin el que sucumben y fracasan las empresas mejor concebidas y empezadas, y que, en una elocuente parrafada, negaba nuestro Costa al genio español.

Pero prefiero hablaros, para terminar, de lo que es todo esto junto, historia, disciplina de cuerpo y alma, perseverancia secular, que es la razón capital de la intervención de España en América y, por lo mismo, la razón de la historia hispanoamericana, y que no podemos repudiar si queremos hacer hispanidad verdadera. Es el catolicismo, confesado y abrazado a todas las esencias doctrinales de orden moral y práctico.

Destruido el prejuicio de las falsas historias, hay que revalorizar el espíritu netamente español en las Américas.

Lo digo con pena, pero no diré más de lo que está en el fondo de vuestro pensamiento en estos momentos: España está despreciada en el mundo, y es inútil pedir paso libre a la hispanidad si España no puede llenar honrosamente su misión. El gran Menéndez y Pelayo, que tanto trabajó en la restauración de los valores patrios y que no ha tenido aún sucesor de la envergadura de él, se lamentaba, en el congreso de apologética, de Vich, en 1911, de que España contemplara estúpidamente la disipación de su patrimonio tradicional. Más que disiparlo, lo que ha hecho España es dejarlo abandonado; que el ser y el valer de una gran nación no se aventa en unos lustros de incomprensión de sus hijos. Dios nos ha deparado coyunturas históricas, hasta en lo que va de siglo XX, en que cualquier nación hubiese podido dar un aletazo por encima del peñascal que cayó sobre Europa y que arruinó al mundo, y las hemos desaprovechado. Más aún: cuando los pueblos europeos empiezan a resurgir de sus ruinas, nosotros hemos cometido la locura de entrar en el mar agitado de una revolución que pudo ser una esperanza, pero que de hecho ha sido la vorágine en que pueden hundirse los valores más sustantivos de nuestra historia: el sentido religioso, el de justicia que sobre él se asienta, la cultura integral, desde la que se ocupa en las altas especulaciones de la filosofía hasta las ciencias aplicadas que dan a los pueblos lustre y provecho; el culto a la autoridad por los de abajo y el sentido de paternidad por los de arriba; la hidalguía, la fidelidad, todo aquello, en fin, que constituyó el patrimonio espiritual de España en los siglos pasados.

Todo esto debemos revalorizarlo, no sólo sacando de los viejos arcones de nuestra historia los altísimos ejemplos que podemos ofrecer al mundo, sino trabajando con inteligente abnegación sobre nuestro espíritu nacional para desentumecerlo y devolverle el uso de su fuerza y de sus aptitudes y virtudes históricas, sin dejar de incorporarnos todo lo legítimo de las corrientes que de fuera nos lleguen. Los tiempos son propicios para ello, a pesar de la dispersión de nuestras energías al salir de la corriente de nuestra historia, y a pesar de que nuestro esfuerzo mental se prodiga estérilmente en el complicado juego de la vida moderna, en los escarceos de la baja política, en la hoja diaria voraz y en los temas múltiples y triviales que plantea la curiosidad insana del espíritu.

Y son propicios los tiempos porque, como ha anotado Maeztu, "el sentido de cultura de los pueblos modernos coincide con la corriente histórica de España; los legajos de Sevilla y de Simancas y las piedras de Santiago, Burgos y Toledo, no son tumbas de una España muerta, sino fuentes de vida; el mundo, que nos había condenado, nos da ahora la razón", y es de creer que España, que se ha deshispanizado en estos dos últimos siglos, volverá a entrar en el viejo solar de sus glorias, después que, nuevo hijo pródigo, ha corrido esas Europas viviendo precariamente los manjares que no se hicieron para ella.

Cuique Suum. Europa empieza a hacernos justicia: ayudemos a Europa a hacérnosla. Felipe II ya no es el "Demonio meridiano", sino el rey prudente y el político sagaz. El Escorial ya no es una mole inerte, esfuerzo de un arte impotente para inmortalizar un nombre y una fecha, sino que es un monumento en que Herrera aprisionó de nuevo la serenidad y armonía del genio griego. América ya no es el viejo patrimonio de ladrones, aventureros y mataindios, sino una obra de conquista y civilización cual no la hizo ni concibió pueblo alguno de la historia. Así, paulatinamente, se revalorizará el arte, la teología, el derecho, la política, todo lo que constituye el patrimonio de la cultura patria; e injertando en el viejo tronco de nuestras tradiciones lo nuevo que puedan asimilarse ofreceremos al mundo la España viva y gloriosa de siempre, inaccesible a esta corriente de trivialidad, de extranjerismo, de fatuidad revolucionaria que nos atosiga.

Vosotros, americanos de sangre española, debéis ayudarnos en este trabajo ímprobo. Vuestras son las ejecutorias de la grandeza de España, porque son de vuestra madre. Las fuerzas de conquista del mundo moderno están, con las de España, alineadas ante esta América para el ataque, llámense monroísmo, estatismo, protestantismo, socialismo o simple mercantilismo fenicio. Escoged entre la madre que os llevó en sus pechos durante siglos o los arribistas de todo cuño que miran a su provecho. Rubén Darío, apuntando a uno de los ejércitos permanentes que os asedian, arrancaba a su estro sonoro esta estrofa, colmada de espanto y de esperanza en España:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

Aquí está España, que quiere rehabilitarse ante vosotros y que os pide, en nombre de la vieja común historia, que unáis otra vez a ella vuestros destinos.

Libres de los prejuicios de la leyenda negra y rehechos nuestros valores espirituales, unámonos en la obra solidaria de la cultura, entendida la palabra en su sentido más amplio y profundo. Cultura es cultivo: como estamos obligados a cultivar la tierra para que nos dé su sustento de cada día, así tenemos la obligación moral de cultivar la vida humana personal y socialmente, para lograr su máximo rendimiento y esplendor. Los pueblos sin cultura sucumben, porque son absorbidos o anulados en su personalidad histórica por los más cultos. La infiltración de la cultura de un pueblo en otro es el preludio de su conquista moral, especie de anexión de espíritus que importa como una servidumbre, que es desdoro para quien la presta.

Cierto que la cultura es patrimonio circulante, a cuya formación contribuyen y de que participan, a su vez, todos los pueblos. Pero hay pueblos parásitos que viven de la cultura ajena y pueblos fabricantes y exportadores de su cultura específica. Estos son los que imponen al mundo la ley de su pensamiento, en el orden especulativo, y acaban por imponer las ventajas de sus inventos científicos y los productos de sus fábricas.

No seamos parásitos ni importadores de cultura extranjera. Tenemos alma y genio que no ceden a los de ningún pueblo. Tenemos un fondo de cultura tradicional que el mundo nos envidia. Tenemos una lengua, vehículo de las almas e instrumento de cultura, que dentro de poco será la más hablada de la tierra y en la que se vacían, como en un solo troquel, el pensamiento y el corazón de veinte naciones que aprendieron a hablarla en el regazo de una misma madre. Y, sobre todo, tenemos la misma formación espiritual, porque son idénticos los principios cristianos que informan el concepto y el régimen de la vida.

¿Cómo fomentar esta obra solidaria de cultura? Españolizando en América y americanizando en España. Cuando dos se aman, piensan igual y sus corazones laten al unísono. Amémonos, americanos, y transfundámonos mutuamente nuestro espíritu; nos será más fácil entendernos que con otros porque tenemos el paso a nivel de una misma tradición y de una misma historia. La depuración de la lengua, el intercambio de libros y periódicos, la voz de España que se oiga en los círculos y ateneos de América y la voz de los americanos que resuene en España, para repetirnos nuestras viejas historias y proyectar, acá y allá, las luces nuevas del espíritu. Contactos de maestros y juventudes en colegios y universidades, con las debidas reservas para que no se deforme el criterio de nuestra cultura tradicional; coordinación de esfuerzos acá y allá, entre los enamorados del ideal hispanoamericano, para abrir nuevas rutas a nuestra actividad cultural y canalizar las energías hoy desperdigadas. Un gran centro de cultura hispanoamericana en España, en comunicación con otros análogos en las naciones de habla española en América, podría ser el foco que recogiera e irradiara la luz homogénea del pensamiento de aquende los mares.

Y todo ello sin recelos, hermanos de América, sin recelos por nuestra aparente inferioridad; que todavía le queda cerebro y médula al genio español, que iluminó al mundo hace tres siglos; y menos por la autonomía de vuestro pensamiento y vuestra cultura propia, porque España no aspira al predominio, sino a una convivencia y a una colaboración en que prospere y se abrillante el genio de la raza, que es el mismo para todos.

Si no desdijese de mis hábitos episcopales y de esta cruz pectoral, que recuerda lo espiritual y sobrenatural de mi misión, yo os diría, americanos, sin que nadie pueda recelar de propagandas ajenas a mi oficio: "Unámonos hasta para el fomento de nuestros intereses económicos." ¿Por qué no? El hombre no vive de sólo pan, cierto; pero no vive sin pan, y tiene derecho a su conquista, hasta donde pueda convenirle para vivir prósperamente. La decadencia económica va casi siempre acompañada del decaimiento espiritual; la prosperidad colectiva, mientras se conservan en los pueblos las virtudes morales, es estímulo social del progreso.

Ni es ajeno al oficio sacerdotal el del buen patriota que quiere para su pueblo la bendición de Dios de pinguedine terrae. ¿No fueron los misioneros los que trajeron de España acá aperos y semillas y abrieron escuelas de artes y oficios? No había en América más que una espiga de trigo que tenían en su jardín los dominicos de la Española; cuando el obispo Quevedo se queja a Las Casas de que no hay pan, contesta indignado el celoso misionero: "¿Qué son estos granos del huerto de los frailes?" Y en América hubo pan; al mísero cazabe sustituyó el pan candeal, el de los pueblos civilizados; este pan de Melquisedec y del tabernáculo mosaico y de los altares cristianos en que Dios ha querido fundar el sacrificio, que es la salvación del mundo.


Formas más eficaces de hacer raza y trabajar por la hispanidad

Perdonadme que reitere la palabra y el concepto de hispanidad, porque todos los valores espirituales de la América latina son originariamente españoles; porque estos valores han sido sostenidos durante tres siglos por la acción política y administrativa de España, y más aún por la acción misionera de España; y porque si los siglos pasados señalan a los pueblos sus caminos, faltaríamos a nuestra misión histórica si no hiciéramos hispanidad.

Cierto que otras naciones europeas han aportado a la América latina, sobre todo en el último siglo, su caudal de sangre, de esfuerzo, de civilización peculiar. Pero todas ellas no han dejado más que un sedimento superficial en la gran masa de la población americana; algo más denso en las modernas ciudades cosmopolitas. Pero las capas profundas de la civilización secular de estas Américas las pusimos nosotros, con la erección de sus más famosas ciudades, y que se construyeron al estilo español, con los obispados y misiones, que irradiaron la vida espiritual de la metrópoli hasta el corazón de las selvas vírgenes; con esos cabildos o municipios, a los que se concedieron iguales privilegios que a los de Castilla y León, institución de derecho político que no ha sido igualada en ningún país de Europa y que difundieron aquí la cultura en el mismo nivel que en el mundo viejo; con las encomiendas y reducciones, sobre todo las asombrosas reducciones del Plata, que llevaron a estos pueblos a ser tan felices como pueda haberlo sido pueblo alguno de la tierra, pudiendo parangonarse las instituciones de derecho civil y político de estos países con las conquistas de la moderna democracia, sin los peligros de la atomización de la autoridad. Sobre estos pilares se levantó la civilización americana, que, o dejará de ser lo que es, o deberá seguir por los caminos de la hispanidad.

Lo primero que hay que hacer para que España y América se encuentren y abracen en el punto vivo que les es común, que es su propia alma, es destruir la leyenda negra de una conquista inhumana y de una dominación cruel de España en América. Lo pide la verdad histórica; lo exigen las últimas investigaciones de la crítica, hecha sobre documentos auténticos del archivo de Indias por historiadores que tal vez fueron a bucear allí para sacar testimonios contra España; lo reclama la justicia, porque la leyenda negra es un estigma que no sólo deshonra a España, sino que puede perjudicarla en sus intereses vitales -iguales, a lo menos, a los de todo el mundo- sobre estas tierras que descubrió y civilizó y de las que tal vez se la quiera desplazar.

Valen, en este punto, todos los recursos que no se apoyen en una falsedad o en una injusticia. Las naciones no están obligadas a la ley del Evangelio que nos manda ofrecer la mejilla sana cuando se nos ha herido la otra. Verdad contra mentira; la vindicación legítima contra la calumnia villana; el sol entero de nuestra gloria en América para disipar los puntos negros de nuestra cuestión.

No hace mucho que en un libro publicado en una nación hermana para promover la más grande obra de civilización, que es la acción misional católica, se nos marcaba a los españoles, al fuego, con esta afirmación tremenda: "Acaso jamás llevó nadie el nombre de cristiano y de católico más indignamente que los conquistadores de la península Ibérica, que fueron los usurpadores y perseguidores despiadados, hasta exterminarlos, de los pobres indios. La mancha de sus nefandas empresas no se lavará nunca." ¿Que no se lavará? ¿Que no la ha lavado toda esta literatura abrumadora de historia, de política, de psicología, con que hombres como Humboldt, Pereyra, André, Bayle y otros cien han pulverizado las mentiras de los adversarios del hombre español que, al decir de Nuix, coinciden todos en su animadversión contra el catolicismo? Este libro era denunciado por un eximio prelado español al jesuita y gran americanista padre Bayle, y al disparo desafortunado de pobre arcabuz ha respondido el insigne escritor con el libro que acaba de salir de prensas, España de Indias, en que dispone, en serie, todas las baterías de la verdadera historia, logrando no sólo restaurar la vieja justicia, sino que, valiéndome de sus mismas palabras, anula los nuevos ataques con las nuevas defensas.

Vale, contra las negras imputaciones, hasta el recurso del "Más eres tú". Porque no basta descubrir en la historia de nuestra gestión en América el garbanzo negro, hablando en vulgar, de unos hechos que somos los primeros en condenar, sino que hay que atender a la naturaleza de la conquista, en que no pocas veces nos tocó la peor parte; al principio general de que no hay guerra sin sangre, como no hay parto sin dolor; al principio más profundo de derecho, sostenido por nuestro gran Vitoria, que es lícito guerrear contra el que se opone al precepto divino de predicar el Evangelio a toda criatura, y, sobre todo, hay que comparar nuestra acción colonizadora con la de otros estados y de otras razas.

¡Que España llevó a las Américas la violencia y el fanatismo, e Inglaterra exportó acá la libertad! ¡Que nuestras colonias americanas vivieron entecas y pobres y las inglesas son vigorosas, hasta aventajar a la madre que las dió a luz! La historia tiene sus revueltas, y hay que esperar que diga la última palabra en cuanto al éxito definitivo de las civilizaciones del norte y del sur de América. Cuanto a procedimientos, que es lo que aquí interesa, nos remitimos a la historia de los pieles rojas y a la trama de La Cabaña del Tío Tom, al Memorial, del padre Vermeersch, que con mejor juicio que nuestro Las Casas, denuncia los abusos del Congo Belga, y a los que nos cuentan las historias de Virginia, California y el Canadá. Y, como trabajo de síntesis, nos remitimos al capítulo XIV de la obra del padre Bayle, titulado: El tejado de vidrio. Todos los tenemos quebradizo, con la ventaja, por nuestra parte, de que no es nuestro el adagio inglés que dice que "no hay indio bueno sino el indio muerto", y que nosotros encontramos una América idólatra y bárbara y se la entregamos, entre dolores de alumbramiento, a la civilización y a Dios.

Esto, sin acrimonia. Y haciendo en nombre de España y de la verdad un llamamiento a la fraternidad hispanoamericana, pido a los hermanos de América que eliminen, sin piedad, de la circulación literaria todo lo que denigre sin razón a mi patria; que depuren los textos de historia de sus centros de enseñanza; que borren de sus himnos nacionales -ya sé que lo ha hecho la República Argentina- todo concepto de tiranía que la vieja metrópoli ejerciera en estas tierras y que no tiene razón de ser sino en momentos de exaltación patriótica, que ya debieron pasar con el logro de la independencia política. A los españoles, les digo que aprendan de los mismos extranjeros, que están ya de vuelta y han desmentido la fábula de nuestra barbarie. Y a los extranjeros que puedan oírme, que si dan crédito a las exageraciones del obispo de Chiapa, no repudien los testigos de descargo, ni cierren los ojos a esta luz de civilización que al conjuro de España se levantó y brilla hoy radiante en esta tierra bendita de América. Y, a lo menos, que paguen con admiración nuestra paciencia, porque ningún país del mundo hubiese consentido, como España, vivir cuatro siglos abrumada por la calumnia .

12 de Octubre, el día de la raza. ¿De qué raza? ¿Qué es la raza?

Y sigamos removiendo obstáculos a la gran obra. Se ha llamado a este día, 12 de Octubre, el día de la raza. ¿De qué raza? ¿Qué es la raza?

Yo no sé lo que ha puesto Dios en el fondo del organismo humano y del alma humana y en el fondo, tal vez más misterioso, en que cuerpo y alma se unen en unión sustancial para formar el ser humano, que el hombre, nacido de un tronco, se diversifica socialmente; en el cuerpo, por determinados caracteres anatómicos; en el alma, por distintas tendencias espirituales, y en la historia, por corrientes de civilizaciones inconfundibles. Religión, lengua, literatura, arte, instintos, hasta el mismo concepto de la vida, es decir, cuanto puede llamarse proyección social del humano espíritu, todo imprime y recibe a su vez el sello de la raza. Dejemos a filósofos y antropólogos que definan y expliquen el misterio. Nosotros no podemos hacer más que definir el concepto de raza tal como lo entendemos al adoptarlo para esta fiesta, o tal como se requiere para expresar el concepto de hispanidad.

La raza, dice Maeztu, no se define ni por el color de la piel ni por la estatura ni por los caracteres anatómicos del cuerpo. Ni se contiene en unos límites geográficos ni en un nivel determinado sobre el mar. La raza no es la nación, que expresa una comunidad regida por una forma de gobierno y por unas leyes; ni es la patria, que dice una especie de paternidad, de sangre, de lugar, de instituciones, de historia. La raza, decimos apuntando al ídolo del racismo moderno, no es un tipo biológico definido por la soberbia propia y por el desdén a las otras razas, depurado por la selección y la higiene, con destinos trascendentales sobre todas las demás razas.

La raza, la hispanidad, es algo espiritual que transciende sobre las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos de nación y patria. Si la noción de catolicidad pudiese reducirse en su ámbito y aplicarse sin peligro a una institución histórica que no fuera el catolicismo, diríamos que la hispanidad importa cierta catolicidad dentro de los grandes límites de una agrupación de naciones y de razas. Es algo espiritual, de orden divino y humano a la vez, porque comprende el factor religioso, el catolicismo en nuestro caso, por el que entroncamos en el catolicismo católico, si así puede decirse, y los otros factores meramente humanos, la tradición, la cultura, el temperamento colectivo, la historia, calificados y matizados por el elemento religioso como factor principal; de donde resulta una civilización específica, con un origen, una forma histórica y unas tendencias que la clasifican dentro de la historia universal.

Entendida así la hispanidad, diríamos que es la proyección de la fisonomía de España fuera de sí y sobre los pueblos que integran la hispanidad. Es el temperamento español, no el temperamento fisiológico, sino el moral e histórico, que se ha transfundido a otras razas y a otras naciones y a otras tierras y las ha marcado con el sello del alma española, de la vida y la acción española. Es el genio de España que ha incubado el genio de otras tierras y razas, y, sin desnaturalizarlo, lo ha elevado y depurado y lo ha hecho semejante a sí. Así entendemos la raza y la hispanidad.

En el cielo, dice el Apocalipsis, gentes de toda nación y toda raza bendicen a Dios con este himno: "Nos redimiste, Señor, con tu sangre, de toda nación, y has hecho de todos un solo reino." Alejando toda profanidad en la aplicación, ¿por qué todas las gentes de hispanoamérica no podrían bendecir a la madre España y decirla: "Señora, nos sacaste un día de la idolatría y la barbarie y nos imprimiste una semejanza tuya, que aún perdura después de más de cuatro siglos? Somos la hispanidad, Señora, porque si no formamos un reino único de orden político, pero tenemos idéntico espíritu, y ese espíritu es el que nos une y nos señala una ruta a seguir en la historia."

Así queda definido el problema de la hispanidad en su fórmula espiritual, y queda al mismo tiempo resuelta la dificultad que podría ofrecerse por la enorme diferencia de tipos biológicos, de cultura, de lengua, que nos ofrecen estas Américas, hasta reduciéndolas al tipo latino o hispano.

Y así definida la hispanidad, yo digo que es una tentación y un deber, para los españoles y americanos, acometer la hispanización de la América latina. Tentación, en el buen sentido, porque todo ser apetece su engrandecimiento, y América y España se brindan mutuamente, más que otros países del mundo, muchos horizontes hacia donde expansionarse. Deber, porque lo hemos contraído ante nuestra propia historia, que nos impone la obligación moral de la continuidad, so pena de errar la ruta de nuestros destinos. Hemos hecho lo más; nos queda por hacer lo menos. Hemos conquistado y colonizado y convivido en español; hemos de reconquistar nuestro propio espíritu, que va desvaneciéndose en América.

Bryce, que habla de España peor que un mal español, nos señala así nuestra posición ante América: "El primer movimiento -dice- de quien esté preocupado, como lo está hoy todo el mundo, por el desenvolvimiento de los recursos naturales, es un sentimiento de contrariedad al ver que ninguna de las razas continentales de Europa, poderosas por su número y su habilidad, ha puesto las manos en la masa de América; pero tal vez sea bueno esperar y ver las nuevas condiciones del siglo que viene. Los pueblos latinoamericanos pueden ser algo diferente de lo que en la actualidad aparecen a los ojos de Europa y de Norteamérica. ¿Se dará tiempo a las sociedades iberoamericanas para que hagan esta experiencia, antes de que alguna de las razas occidentales, poderosas por su número o habilidad, les imponga la ley?" ¿Dictó estas palabras, decimos nosotros, el miedo a Monroe, o son un estímulo para que las razas poderosas y fuertes se resuelvan a anular nuestra influencia en América? He aquí expuesto, en toda su crudeza, los términos del problema: o trabajamos por la hispanidad o somos suplantados por otros pueblos, otras razas, más fuertes y menos perezosas.

Reparos que a España pueden hacerse en sus campañas por la hispanidad

¡Difícil cometido sostener la bandera de España en pro de la hispanidad! No somos ya lo que fuimos; en nuestra misma casa parecen haber sufrido grave derrota los principios fundamentales de la hispanidad. Empeñarse hoy un español en hacer raza podría parecer invitación a desvalorizar los grandes factores de la vida de un pueblo: tradición, historia, patriotismo verdadero, y, sobre todo, este algo divino sin lo que ningún pueblo vive vida digna, la religión; este algo soberanamente divino, Jesucristo y su Evangelio, que han hecho de Europa lo que ni soñar pudieron Grecia o Roma y que ha merecido el repudio oficial en España. Ya podéis suponer que le sangra el corazón a un obispo español que, lejos de su patria, tiene que hacer esta confesión tremenda.

Y por la parte de América se nos ofrece a primera vista un amasijo formidable de naciones, de razas, de tendencias diversas que se traducen en rivalidades y recelos, de lenguas y civilizaciones distintas, que hacen de esta bellísima tierra, que corre de las Antillas a Magallanes, una Babel más complicada que la del Senaar. Yo no sé quien ha hablado de los "Estados desunidos de la América del Sur"; y en un periódico español se ha escrito que el nombre de América es algo serio y sustancial para el mundo moderno, pero que debe referirse a los Estados Unidos, pues todo lo demás, dice, "es un revoltillo de españoles, portugueses, indios, negros y loros."

Las objeciones son formidables, pero denuncian algo accidental en España y América, no un defecto medular que, acá y allá, haga inútil todo esfuerzo de hispanización.

Cuanto a España, confesamos un hecho: la desviación, hace ya dos siglos, de nuestra trayectoria racial. Desde que, con el último de los Austrias, nuestro espíritu nacional polarizó en sentido centrífugo, haciendo rumbo a París toda tendencia espiritual -filosofía y política, leyes y costumbres-, hemos ido perdiendo paulatinamente las esencias del alma española, y hemos abrumado con baratijas forasteras el traje señoril de la matrona España.

Confesemos todavía otro hecho, que no es más que la culminación explosiva de este espíritu extranjerizante: me refiero a nuestra revolución, de la que yo no quiero decir mal, porque no cabe hablar mal de la casa propia en la ajena, y menos cuando la pobre madre, por culpa de los hijos, se halla en trance de dolencia grave. Yo no creo que ningún español deje de querer bien a su patria, aunque haya cariños que puedan matarla. Yo prefiero creer que muchos de mis hermanos de patria andan equivocados, antes de creer en la existencia de malos patriotas: es más verosímil, porque es más humano, un desviado mental que un parricida.

Pero España resurgirá. No aludo a ningún mesianismo ni a ningún espasmo de orden político o social. Resurgirá porque las fuerzas latentes de su espíritu, los valores que cien generaciones cristianas han depositado en el fondo del alma nacional vencerán la resistencia de esta costra de escorias que la oprimen, y saldrá otra vez a la superficie de la vida social el oro puro de nuestra alma añeja, la del catolicismo a machamartillo, la del sentido de jerarquía, más arraigado en España que en ninguna otra nación del mundo, la de los nobles ideales, la que ha cristalizado en obras e instituciones que nos pusieron a la cabeza de Europa.

Cuanto a América, no es un amasijo. Lo fuera si sus elementos estuvieran destrabados. Si así fuera, perecería en el caos de luchas fratricidas, o sería aventada, en frase de la Escritura, como el polvo del camino. Pero América, con toda la complejidad de sus nacionalismos, de sus razas, de sus aspiraciones, de las facetas múltiples de su espíritu, se asienta en el subsuelo uniforme de la espiritualidad que hace cuatro siglos la inoculó la madre España.

Y ahí tenéis, anticipándome a la prueba positiva de mi tesis, el factor esencial de la unidad hispanoamericana: el espiritualismo español, este profundo espíritu católico que, porque es católico, puede ser universal, pero que, matizado por el temperamento y la historia, por el cielo y el suelo, por el genio de la ciencia y del arte, constituye un hecho diferencial dentro de la unidad de la catolicidad, y que se ha transfundido a veinte naciones de América. Vosotros conocéis el fenómeno geológico de estas formaciones rocosas que emergen en la tierra firme de países separados por el mar, con iguales caracteres químicos y morfológicos, y que se dan la mano y se solidarizan por debajo de las aguas del océano. Esto ocurre con vuestra patria y la mía; Las aguas de cien revoluciones y evoluciones han cubierto las bajas superficies, y hemos quedado, en la apariencia, separados; pero allá, en España, y acá, en América, asoman los picachos de esta cordillera secular que nos unifica: es la cordillera de nuestra espiritualidad idéntica; son los picachos, las altas cumbres de los principios cristianos, coloreados por el sol de una misma historia y que a través de tierras y siglos, nos consienten darnos el abrazo de fraternidad hispana.

Yo no hablaría con la lealtad que os he prometido si no resolviera otra objeción. ¿Por qué, diréis, nos habla España de unificación en la hispanidad, cuando los hijos de España desgarran su propia unidad? Aludo, claro, al fenómeno de los regionalismos más o menos separatistas que se han agudizado con nuestro cambio de régimen político y que pudieran dañar el mismo corazón de la hispanidad.

Pero éste es pleito doméstico; pleito que tiene su natural razón de ser en lo que se ha llamado hecho diferencial, no de las razas hispanas, que no hay más que una, producto de veinte siglos de historia en que se han fundido todas las diferencias étnicas, de sangre y de espíritu, de los pueblos invasores, sino de cultura, de temperamento, de atavismos históricos; pero que se han agudizado por desaciertos políticos pasados y presentes y tal vez por la acción clandestina de fuerzas internacionales ocultas, que tratan, para sus fines, de balcanizar a España, rompiendo a la vez el molde político y religioso en que se vació nuestra unidad nacional.

Pero esto pasará. Pasará por el desengaño o el cansancio de los inquietos, o porque el buen sentido de los pueblos y la prudencia de los gobernantes haya encontrado el punto de equilibrio que consienta el libre juego de la vida regional dentro de la unidad de la gran patria. Yo creo que, salvando algunas cabezas alocadas por esta fiebre chauvinista, no hay español que no sepa que España no puede partirse en piezas sin que éstas, tarde o temprano, entren en la órbita de atracción de otro mundo político, de otro Estado, y a esto no se avendrá jamás ningún buen español.

Y siempre quedará en el fondo de nuestra patria, el primer factor de hispanidad, que si ha podido ser el alma política de Castilla acrecida en su fuerza por el alma de todas las regiones que han colaborado con ella, pero en lo más sustantivo es este espíritu católico, más amplio y más profundo que toda forma política, que ha unificado en forma específica nuestra vida social y que será el molde perdurable de la hispanidad.

Ni es obstáculo a la unificación espiritual de los pueblos hispanoamericanos el hecho histórico de la lucha por la independencia de estas repúblicas, que hubiese podido dejar un sedimento, cuando no de odios, de resquemores, hijos de pasadas querellas. El fin del imperio español en América -lo ha demostrado André en un libro así rotulado- no se debió al ansia de libertad de unos pueblos esclavizados por la metrópoli, sino a una serie de factores históricos e ideológicos que hicieron desprenderse, casi por propia gravedad y sin violencias, a las hijas mayores del seno de la madre, como caen del árbol por su propio peso los frutos maduros de otoño.

Porque lo que sostuvo nuestro inmenso imperio colonial en su unidad política fueron los principios espirituales que en su origen informaron a las colonias y a la metrópoli, es decir, la religión y la autoridad de los monarcas. El siglo XVIII fue fatal para estos principio: el ateísmo de la Enciclopedia y la revolución demagógica entraron en América de matute con los cargamentos españoles; la vieja hispanidad se tornó poco a poco francófila; Madrid fue suplantado por Versalles; el Evangelio, por la Enciclopedia; el viejo respeto a la autoridad del rey, por el prurito de tantear nuevas formas democráticas de gobierno.

De aquí la guerra civil entre los mismos americanos, que se dividieron entre los hechos y las ideas de Europa, especialmente ante la terrible explosión revolucionaria de la convención y ante la invasión napoleónica de España, que quedó sin rey y determinó un movimiento instintivo de justo temor y de concentración en sí mismas en las hoy repúblicas sudamericanas.

Y se guerreó acá, no contra España, ni contra la religión, ni en pro de los principios revolucionarios de Francia o de los Derechos del hombre, sino por un rey o por otro, por una u otra forma política de gobierno, siempre, o casi siempre, para salvaguardar la personalidad y la independencia política de estas naciones. Recordad que en Quito empieza la guerra un obispo al grito de "¡Viva el Rey!"; que en Méjico se lucha contra el parlamentarismo liberal, dueño de España; y que cuando en 1816 el congreso de Tucumán proclamó la independencia argentina, de los 29 votantes, 15 eran curas y frailes, y que el voto de un fraile decidió el empate a favor de la república.

Y al par de estas causas generales que determinaron la independencia, otras que derivaron, como el lodo de los polvos, de aquella conmoción de los espíritus: el parlamentarismo de las cortes de Cádiz, en que cien veces quedaron defraudados y humillados los diputados por América; la codicia de los exricos, o de los que querían serlo por vez primera, que acá vinieron a llenar sus bolsillos sin vaciar sus pensamientos y su alma para ir tejiendo la historia de la maternidad de España, que empezaba a salir de su vieja trayectoria para formar este ángulo abierto, que se agranda hace ya más de un siglo; la expulsión insensata de los jesuitas, vínculo de unión con la patria, institución venerada por los indígenas, que sufrieron como propio el golpe de la Compañía y aprendieron a pagar el agravio con el rencor; la derogación de la ley de Indias, que concedía nobleza al criollo, no por la sangre de sus abuelos, sino por las proezas de los conquistadores, rompiendo así, a pretexto de la pureza de la sangre azul de la aristocracia española, un nexo que sabiamente habían creado los antiguos monarcas; la expansión del comercio, que, especialmente en Buenos Aires, aspiraba a negociar sin trabas con todo el mundo y la francmasonería, en fin, que trabajó con denuedo por la independencia de estos pueblos para descatolizarlos más fácilmente.

Pero no hay que mirar al pasado, sino al porvenir. Canceladas quedan, con sus penas y hasta con sus glorias, las culpas de acá y de allá, y hoy la madre España, ufana de la opulencia de sus hijas, henchido el corazón del amor con que las engendrara e hiciera fuertes, tiende a ellas sus brazos para atraerlas, con todo el respeto que le merece su gloriosa independencia política y social, y fundirlas en el viejo crisol de la pura hispanidad. Los hijos no tienen motivo para recelar de la madre.

La obra de España, obra del catolicismo.

Yo debiera demostraros ahora que la obra de España fue, antes que todo, obra de catolicismo. No es necesario. Aquí ésta el hecho, colosal. Al siglo de empezada la conquista, América era virtualmente cristiana. La cruz señoreaba, con el pendón de Castilla, las vastísimas regiones que se extienden de Méjico a la Patagonia; cesaban los sacrificios humanos y las supersticiones horrendas; templos magníficos cobijaban bajo sus bóvedas a aquellos pueblos, antes bárbaros y germinaban en nuevos y dilatados países las virtudes del Evangelio. Jesucristo había triplicado su reino en la tierra.

Porque España fue un Estado misionero antes que conquistador. Si utilizó la espada fue para que, sin violencia, pasara triunfante la cruz. La tónica de la conquista la daba Isabel la Católica cuando a la hora de su muerte dictaba al escribano real estas palabras: "Nuestra principal intención fue de procurar atraer a los pueblos dellas (de las Indias) e los convertir a nuestra sancta fe cathólica." La daba Carlos V cuando, al despedir a los prelados de Panamá y Cartagena les decía: "Mirad que os he echado a aquellas ánimas a cuestas; parad mientes que deis cuenta dellas a Dios, y me descarguéis a mí." La dieron todos los monarcas en frases que suscribía el más ardoroso misionero de nuestra fe. La daban las leyes de Indias, cuyo pensamiento oscila entre estas dos grandes preocupaciones: la enseñanza del cristianismo y la defensa de los aborígenes.

España mandó a América lo más selecto de sus misioneros. Franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, acá enviaron hombres de talla y de fama europea. Los nombres de fray Juan de Gaona, una de las primeras glorias de la iglesia americana; de fray Francisco de Bustamante, uno de los grandes predicadores de su tiempo; fray Alonso de Veracruz, teólogo eminente; todos ellos eran de alto abolengo, o por la sangre o por las letras, y dejaban una Europa que les hubiera levantado sobre las alas de la fama.

Los mismos conquistadores se distinguieron tanto por su genio militar como por su alma de apóstoles. Pizarro, que funda la ciudad de Cuzco "en acrecentamiento de nuestra sancta fe cathólica"; Balboa, que al descubrir el Pacífico, que no habían visto ojos de hombre blanco, desde las alturas andinas, hinca sus rodillas y bendice a Jesucristo y a su Madre y espera para Dios la conquista de aquellas tierras y mares; Menéndez de Avilés, el conquistador de la Florida, que promete emplear todo lo que fuere y tuviere "para meter el Evangelio en aquellas tierras", y otros cien, no hicieron más que seguir el espíritu de Colón al desembarcar, por vez primera, en San Salvador: "Yo -dice el Almirante-, porque nos tuviera mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se convertía a nuestra santa fe con amor que no por fuerza, les di unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio, que se ponían al pescuezo."

La misma nomenclatura de ciudades y comarcas, con la que se formaría un extenso santoral; las sumas enormes que el erario español costaron las misiones y que el padre Bayle hace montar, en tres siglos, a seiscientos millones de pesetas; esta devoción profunda de América a la madre de Dios, en especial bajo la advocación de Guadalupe, trasplantada de la diócesis de Toledo a las Américas por los conquistadores extremeños; y -¿qué más?- esta tenacidad con que la América española, desde Méjico, la mártir, hasta el cabo de Hornos, sostiene la vieja fe contra la tiranía y las sectas, por encima del huracán del laicismo racionalista, ¿qué otra cosa es más que argumento invicto de que la forma sustancial de la obra de España en América fue la fe católica? Arrancadla de España y América, y no digo que nos quedamos sin la llave de nuestra historia, acá y allá, sino que nos falta hasta el secreto del descubrimiento del Nuevo Mundo, que arrancó de los ignotos mares España, misionera antes que conquistadora, en el pensamiento político del Estado.

Y faltará el secreto de la raza, de la hispanidad, que o es palabra vacía o es la síntesis de todos los valores espirituales que, con el catolicismo, forman el patrimonio de los pueblos hispanoamericanos.

América es obra nuestra; esta obra es esencialmente de catolicismo. Luego hay relación de igualdad entre raza o hispanidad y catolicismo. Vamos a señalar las orientaciones viables en el sentido de formación del espíritu de hispanidad. Pero antes respondamos a algunos.

América es la obra clásica de España

América es ayer; pero ayer es, para la historia, el lapso de cuatro siglos y medio que nos separan de su descubrimiento. Y no obstante la emoción histórica de este momento en que un continente vastísimo surge de entre mares inmensos, cabeza y pies adentrados en los polos opuestos de la tierra, poblado por razas desconocidas, con sus mil lenguas y sus dioses incontables, con climas que corren desde la zona tórrida a los hielos polares; esta emoción, digo, y el ideal que de ella pudo nacer, ya no hace vibrar el alma del mundo. Es que el mundo, egoísta, ha preferido echarse sobre las Américas con ansia de mercader -iba a decir con hambre de Sancho- y no a sopesar y encauzar, con alma hidalga, los valores espirituales del magno acontecimiento.

Este es el fondo único de todos los problemas del americanismo: el concepto materialista o espiritualista de la vida y de la historia. Tal vez la humanidad hubiese cantado con mejor plectro el hecho inmortal, si no hubiera sido España, la entonces envidiada y temida, hoy la cenicienta de Europa, la que arrancó al Atlántico sus seculares secretos. Quizá hubiera sido mayor la gloria, para las Américas y para la historia, si no se hubiese torcido el movimiento inicial de la conquista, espiritualista ante todo.

Y, no obstante, el hecho está ahí, el más trascendental de la historia; y ésta pide una interpretación y una aplicación legítima del hecho. Porque "la mayor cosa después de la creación del mundo -le decía Gomara a Carlos V- sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias". Colón, descubriendo las de Occidente, y Vasco de Gama, las de Oriente, son los dos brazos que tendió Iberia sobre el mar, con los que ciñó toda la redondez del globo. "El mundo es mío, pudo decir el hombre, con todas sus tierras, sus tesoros y sus misterios; y este mundo que Dios crió y redimió, yo lo he de devolver a Dios." Este fue el hecho y éste debió ser el ideal. La grandeza del hecho la cantaba Camoens, cuando decía:

Del Tajo a China el portugués impera,
De un polo al otro el castellano boga,
Y ambos extremos de la terrestre esfera
Dependen de Sevilla o de Lisboa.

El ideal lo proclamaba la gran Isabel la Católica en su lecho de muerte, cuando dictaba al escribano real testamento. "Atraer los pueblos de Indias y convertirlos a la santa fe católica." Nuestro gran Lope pondrá más tarde este doble ideal en boca del conquistador de Méjico:

Al rey, infinitas tierras,
A Dios, infinitas almas.

Dejemos a los hermanos de Portugal sus legítimas glorias. A España le corresponde la mayor y la mejor, porque Colón fue el adelantado de los mares, a quien siguió la pléyade de navegantes a él posteriores, y porque les arrancó el más rico de los mundos. Y esta gloria de Colón es la gloria de España, porque España y Colón están como consustanciados en el momento inicial del hallazgo de las Américas, y porque, cuando el genio del gran navegante terminó su misión de descubridor, España siguió, un siglo tras otro, la obra de la conquista material y moral del Nuevo Mundo.

¡Excelsos destinos los de España en la historia, señores! Dios quiso probarla con el hierro y el fuego de la invasión sarracena; ocho siglos fue el baluarte cuya resistencia salvó la cristiandad de Europa; y Dios premió el esfuerzo gigante dando a nuestro pueblo un alma recia, fortalecida en la lucha, fundida en el troquel de un ideal único, con el temple que da al espíritu el sobrenaturalismo cristiano profesado como ley de la vida y de la historia patria. El mismo año en que terminaba en Granada la reconquista del solar patrio, daba España el gran salto transoceánico y empalmaba la más heroica de las reconquistas con la conquista más trascendental de la historia.

Ningún pueblo mejor preparado que el español. La convivencia con árabes y judíos había llevado las ciencias geodésicas y náutica a un esplendor extraordinario, hasta el punto de que las naciones del norte de Europa mandaban sus navegantes a España para aprender en instituciones como el colegio de cómitres y la universidad de los mareantes, de Sevilla. Libre España de la pesadilla del sarraceno, sabia en el arte de correr mares, situada en la punta occidental de Europa, con una reina que encarnaba todas las virtudes de la raza: fe, valor, espíritu de proselitismo cristiano, recibe la visita de Colón, desahuciado en Génova y Portugal. Y España, que podía haber dedicado su esfuerzo a restrañar sus heridas y a reconstruir su rota hacienda y reorganizar los cuadros de sus instituciones civiles y políticas, oye a Colón, cree en sus ensueños, que otra cosa no eran cuando emprendió su primera ruta, fleta sus famosas carabelas y envía sus hombres a que rasguen, con su pecho de bronce, las tinieblas del Atlántico. Y hoy se cumplen cuatrocientos cuarenta y dos años desde que las proas de las naves españolas besaban, en nombre de España, esta tierra virgen de América. Tendido quedaba el puente entre ambos continentes.

América es obra de España por derecho de invención. Colón, sin España, es genio sin alas. Sólo España pudo incubar y dar vida al pensamiento del gran navegante, que luchó con nosotros en Granada; a quien ampararon los Medinaceli, a quien alentó, en la Rábida, el padre Marchena, a quien dispensó eficaz protección mi insigne predecesor el gran cardenal Mendoza, que halló un corazón como el de Isabel y hombres bravos para saltar de Palos a San Salvador. Sin España no hubiese pasado de sueño de poeta o de remembranza de una vieja tradición la palabra de Séneca: "Algunos siglos más, y el océano abrirá sus barreras: una vasta comarca será descubierta, un nuevo mundo aparecerá al otro lado de los mares, y Tule no será el límite del universo."

Al descubrimiento sigue la conquista. Cuando se funda -ha dicho alguien- no se sabe lo que se funda. Cuando España, el día del Pilar de 1492, aborda en las playas de San Salvador, no sabe que tiene a uno y otro lado de sus naves diez mil kilómetros de costa y un continente con 40.000.000 de kilómetros cuadrados. Ignora que lo pueblan millones de seres humanos, partidos en cien castas, con una manigua de idiomas más distintos entre sí que los más diversos idiomas de Europa. No sabe que la antropofágia, la sodomía, los sacrificios humanos, son las grandes lacras de aztecas y pieles rojas, caribes y guaraníes, quechuas, araucanos y diaguitas. No importa: España es pródiga, no cicatera; tiene el ideal a la altura de su pensamiento cristiano; no mide sus empresas por sus ventajas, y se lanzará, con toda su alma, a la conquista del nuevo mundo.

Imposible hablar de la conquista y colonización de América. Una epopeya de tres siglos no cabe en una frase; y la obra de España en América es más que una epopeya: es una creación inmensa, en la que no se sabe qué admirar más, si el genio militar de unos capitanes que, como Cortés, conquistan con un puñado de irregulares un imperio como Europa, o el espíritu de abnegación con que Pizarro, el porquerizo extremeño, vencido por la calentura, traza con su puñal una línea y les dice a sus soldados que quieren disuadirle de la conquista: "De esta raya para arriba está la comodidad y el Panamá; para abajo, están las hambres y los sufrimientos, pero al fin, el Perú"; o el valor invicto de aquellos pocos españoles que sojuzgan a los indios del Plata, "altos como jayanes -dice la historia-, tan ligeros que, yendo a pie, cogen un venado, que comen carne humana y viven ciento cincuenta años", fundando la ciudad de Santa María del Buen Aire, hoy la Buenos Aires excelsa; o el celo de obispos y misioneros que abren la dura alma de aquellos salvajes e inoculan en ella la santa suavidad del Evangelio; o el genio de la agricultura, que aclimata en estas tierras las plantas alimenticias de Europa, que llevarán la regeneración fisiológica a aquellas razas y que hoy son la mayor riqueza del mundo; o el afán de cultura que sembró de escuelas y universidades estos países y que hacía llenar de libros las bodegas de nuestros buques; o aquel profundo espíritu, saturado de humanidad y caridad cristiana, que con el consejo de Indias, año tras año, elaboró ese código inmortal de las llamadas leyes de Indias, de las que puede decirse que nunca, en ninguna legislación, rayó tan alto el sentido de justicia, ni se hermanó tan bellamente con el de la utilidad social del pueblo conquistado.

Se ha acusado a España de codicia en la obra de la conquista: Auri rabida sitis -decía en frase exagerada Pedro Mártir- a cultura hispanos avertit. España, no; muchos españoles, sí, vinieron a las Américas tras el cebo del oro; como acá vinieron muchos extranjeros mezclados con las expediciones españolas; como muchos otros, piratas, para quienes era mucho más cómodo desvalijar los galeones que regresaban a España con el botín. Pero el oro vino más tarde; antes tuvieron que pasar los españoles por la dura prueba de la miseria y del clima tropical que los diezmaba.

¡Que los españoles fueron crueles! Muchos lo fueron, sin duda; pero ved que la dureza del soldado, lejos de su patria y ante ingentes masas de indígenas, había de suplir el número y las armas de que carecía. Y ved que la primera sangre derramada sobre aquella tierra virgen es la de los treinta y nueve españoles de la Santa María, primeros colonos de América, sacrificados por los indios en la Española.

La obra de España en América está hoy por encima de las exageraciones domésticas de Las Casas y de las cicaterías de la envidia extranjera. Es inútil, ni cabe en un discurso, reducir a estadísticas lo que acá se hizo, en poco más de un siglo, en todos los órdenes de la civilización. Al esfuerzo español, surgieron, como por ensalmo, las ciudades, desde Méjico a Tierra del Fuego, con la típica plaza española y el templo, rematado en cruz, que dominaba los poblados. Fundáronse universidades, que llegaron a ser famosas, en Méjico y Perú, en Santa Fe de Bogotá, en Lima y en Córdoba de Tucumán, que atraía a la juventud del Rió de la Plata. Con la ciencia florecían las artes; la arquitectura reproduce la forma meridional de nuestras construcciones, pero recibe la impresión del genio de la raza nueva; y el gótico, el mudéjar, el plateresco y el barroco de Castilla, León y Extremadura, logran un aire indígena al transplantarse a las florecientes ciudades del Nuevo Mundo. La pintura y la escultura florecen en Méjico y Quito, formando escuela; trabajan los pintores españoles para las iglesias de América, y particulares opulentos legan sus colecciones de cuadros a las ciudades americanas. Fomentan la expansión de la cultura la sabia administración de virreyes y obispos, las audiencias, castillo roquero de la justicia cristiana, los cabildos y encomiendas, que forman paulatinamente un pueblo que es un trasunto del pueblo colonizador.

Porque ésta es la característica de la obra de España en América: darse toda y darlo todo, haciendo sacrificios inmensos que tal vez trunquen en los siglos futuros su propia historia para que los pueblos aborígenes se den todos y lo den todo a España; resultando de este sacrificio mutuo una España nueva, con la misma alma de la vieja España, pero con distinto sello y matiz en cada una de las grandes demarcaciones territoriales. Yo no sé si os habéis fijado en esas rollizas matronas que nos legó el arte del Renacimiento y que representan la virtud de la caridad; al aire los senos opulentos, de los que cuelgan mofletudos rorros, mientras otros, a los pies de la madre o asomando por encima de sus hombros, aguardan su turno para chupar el dulce néctar. Es España, que hizo más que ninguna madre, porque engendró y nutrió, para la civilización y para Dios, a veinte naciones mellizas, que no la dejaron ni las dejó hasta que ellas lograron vida opulenta y ella quedó exangüe.

Porque la obra de España ha sido, más que de plasmación, como el artista lo hace con su obra, de verdadera fusión, para que ni España pudiese ya vivir en lo futuro sin sus Américas ni las naciones americanas pudiesen, aun queriendo, arrancar la huella profunda que la madre les dejó al besarlas, porque fue un beso de tres siglos, con el que transfundió su propia alma.

Fusión de sangre, porque España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados: cohibir el embarque de españolas solteras para que el español casara con mujeres indígenas, naciendo así la raza criolla, en la que, como Garcilaso de la Vega, tipo representativo del nuevo pueblo que surgía en estos países vírgenes, la robustez del alma española levantaba a su nivel a la débil raza india. Y el español, que en su propio solar negó a judíos y árabes la púrpura brillante de su sangre, no tuvo empacho en amasarla con la sangre india, para que la vida nueva de América fuera, con toda la fuerza de la palabra, vida hispanoamericana. Ved la distancia que separa a España de los sajones y a los indios de Sudamérica de los pieles rojas.

Fusión de lengua en esta labor pacientísima con que los misioneros ponían en el alma y en los labios de los indígenas el habla castellana, y absorbían, al mismo tiempo -sobre todo de labios de los niños de las doctrinas-, el abstruso vocabulario de cerca de doscientas, no lenguas, sino ramas de lenguas que se hablaban en el vastísimo continente. Gramáticas, diccionarios, doctrinas, confesonarios y sermonarios, elaborados con amor de madre y paciencia benedictina, fueron la llave que franqueó a los españoles el secreto de las razas aborígenes y que permitió a éstas entrar en el alma de la madre España. Y paulatinamente se hizo el milagro de una Babel a la inversa, trocándose un pueblo de mil lenguas en una tierra que, valiéndome de la frase bíblica, no tenía más que un labio y una lengua, en la que se entendieron todos. Era la lengua ubérrima, dulce, clara y fuerte de Castilla.

Con la fusión de lengua vino la fusión, mejor, la transfusión de la religión. Porque el español, hasta el aventurero, llevaba a Jesucristo en el fondo de su alma y en la médula de su vida, y era por naturaleza un apóstol de su fe. Se ha dicho que el conquistador español, mostrando al indio con la izquierda un crucifijo y blandiendo en su diestra una espada le decía: "Cree o muere." ¡Mentira! Eso puede denunciar un abuso, no un sistema. La palabra cálida de los misioneros, su celo encendido y sus trazas divinas, su amor inexhausto a los pobres indios fueron, con la gracia, los que arrancaron al alma india de sus supersticiones horribles y la pusieron a los pies del Dios crucificado.

Y a todo esto siguió la transfusión del ideal: el ideal personal del hombre libre, que no se ha hecho para ser sacrificado ante ningún hombre, ni siquiera ante ningún dios, sino que se vale de su libertad para hacer de sí mismo un dios, por la imitación del hombre-Dios. Y el ideal social, que consiste en armonizarlo todo alrededor de Dios, el super omnia Deus, para producir en el mundo el orden y el bienestar y ayudar al hombre a la conquista de Dios.

Esto es la suma de la civilización, y esto es lo que hizo España en estas Indias. Hizo más que Roma al conquistar su vasto imperio, porque Roma hizo pueblos esclavos, y España les dio la verdadera libertad. Roma dividió el mundo en romanos y bárbaros; España hizo surgir un mundo de hombres a quienes nuestros reyes llamaron hijos y hermanos. Roma levantó un panteón para honrar a los ídolos del imperio; España hizo del panteón horrible de esta América un templo al único Dios verdadero. Si Roma fue el pueblo de las construcciones ingentes, obra de romanos hicieron los españoles y rutas y puentes que, al decir de un inglés hablando de las rutas andinas, compiten con las modernas de San Gotardo; y si Roma pudo concentrar en sus códigos la luz del derecho natural, España dictó este cuerpo de las seis mil leyes de Indias, monumento de justicia cristiana en que compite la grandeza del genio con el corazón inmenso del legislador.

Tal es la América que hizo España; una extensión de su propio ser, lograda con el esfuerzo más grande que ha conocido la historia: Nueva España, Nueva Granada, Nueva Extremadura, Nueva Andalucía, Nuevo Toledo, son la réplica, aquende el Atlántico, de la España vieja, su verdadera madre. Y a tal punto llegó el amor de esta madre, que, como dice un historiador francés, todo su afán fue modificar sus leyes con el designio de hacer a sus nuevos vasallos más felices que a los propios españoles.